José María Sanz, más conocido como Loquillo, acaba de publicar “Barcelona ciudad”, que es la segunda parte de sus memorias. Después de haber narrado sus orígenes e infancia en un primer volumen (2003), ahora le hinca el diente a su etapa adolescente, donde cuenta cómo acabó dedicándose al rock después de unos primeros escarceos en el mundo del baloncesto. Desde sus casi 50 años de edad, Loquillo se siente lo suficientemente libre como para hablar sin tapujos de todo y de todos.

 

¿Por qué ha escrito este libro?

Es mi segunda novela. La primera fue la historia de mi niñez con la búsqueda del pasado miliciano de mi padre. En esta pasamos a la Transición: la historia de un grupo de adolescentes en la Barcelona de los años 70. Es una Barcelona que se va apagando en beneficio de un Madrid que emerge. De una cultura libertaria a una cultura nacionalista. Es un libro adolescente y no intento ser pedante. He intentado que tuviera sentido del humor porque todas las historias del rock que se escriben siempre son sobre drogas y muertos. Y nosotros no teníamos dinero ni para comprarnos drogas.

 

¿Todo lo que cuenta es verdad?

En el rock, si tienes que decidir entre la verdad y la leyenda, eliges la leyenda. Yo he intentado obedecer todos los cánones del rock en ese sentido. 

 

¿Echa de menos aquella época?

No. Me limito a contar que por aquel entonces había una Barcelona que ya no existe y que durante 30 años ha permanecido subterránea porque a partir de los años 80 se convirtió en una isla rodeada por un montón de convergentes que querían su honra. Y eso hizo que Barcelona se convirtiera en un desierto. En Madrid viven de la movida desde hace años y se sienten orgullosos de ella, pero Barcelona tiene miedo de revisitar su historia reciente. He intentado plasmar la historia de una juventud que vivió entre Franco y el Sida. Me siento muy afortunado de haber vivido esa época, disfrutamos la libertad como nadie. Aquella Barcelona fue un adelanto de lo que después fue la movida madrileña. A partir de los 80 ya llegó la Generalitat y ahí se acabó la fiesta.

 

Por lo que veo, cree que Barcelona ha sufrido un proceso de paletización durante todos estos años…

Barcelona ha vivido de espaldas a su pasado y en lucha constante con una cosa que había alrededor que era el nacionalismo convergente y excluyente, que quería Barcelona como fuera. Eso fue ahogando Barcelona poco a poco. Lo que nosotros llamamos la cultureta ha tenido mucho poder en Cataluña y ha querido obviar todas las manifestaciones culturales que no tenían que ver con la que ellos creen que es la única, la que hace país. Por eso Cataluña ha perdido el tren de la modernidad, porque mucha gente se ha tenido que ir fuera. Por ejemplo, el epicentro del teatro está ahora en Madrid: Flotats, Boadella, Lluís Pascual, Mario Gas… Cualquiera que ha chocado con la cultureta se ha tenido que ir.

 

¿El nacionalismo ha secuestrado Cataluña?

Es algo más que nacionalismo. Yo hablo de esa clase social que se cree mejor que los demás. En el fondo, es clasismo. Pero hay dos Cataluñas, la real y la que se ha inventado la clase política. La ciudadanía es de otra manera. Y la prueba es que el Estatut no fue votado por el 51% de los catalanes. La pregunta debería ser: ¿qué habéis hecho para que a más de la mitad de Cataluña le importe un pepino el Estatut? Si a los catalanes se les pregunta que preferirían, si la aprobación del Estatut o que el Barcelona ganase la Copa de Europa, la respuesta daría una buena idea de cómo está el patio. La clase política vive en el país de las albóndigas. El problema nunca es Cataluña. El problema siempre son los otros, ya sean los castellanos, los andaluces, los aragoneses… Los catalanes nunca tienen la culpa de nada.

 

¿Cataluña tiene solución?

Hay que decir claro y alto que la emigración fue la que levantó Cataluña en los años 60. Ahora está llegando otra emigración de fuera de España, pero esa emigración va a convertir de nuevo a Barcelona en un centro clave de cultura porque va a seguir fusionándose. En el momento en que esa ciudadanía pueda votar, las cosas cambiarán. Hay mucha gente aterrorizada por ese cambio. Es un poco surrealista que alguien quiera definir la identidad de un pueblo mediterráneo: todos somos hijos de mil leches.

 

¿Qué le parecen los referendos de independencia?

A mí me parece mucho más loable eso que que tiren piedras. Y de paso hay gente que el domingo sale a pasear. No debe molestar a nadie que se hagan referendos.

 

En el libro es muy crítico con el recientemente fallecido Juan Antonio Samaranch…

Samaranch ha sido una persona en continuo movimiento. No quiero molestar a su familia en un momento como este, pero hay que leer el Washington Post para conocer la historia. Los periódicos de aquí no han tenido mucha memoria histórica. Yo firmé un manifiesto para que este señor no fuera presidente del Comité Olímpico Internacional (COI). Lo único que pido es que no se cambie el nombre del estadio olímpico de Barcelona: sería una vergüenza que se sustituyese el nombre de Lluís Companys por el de Juan Antonio Samaranch. Hay una gran diferencia entre uno y otro.

 

Cuenta que brindó con champán el día de la muerte de Franco. ¿Es literal o forma parte de la cuota de leyenda que recoge el libro?

Es literal. Pero lo vivimos con gran tristeza por todos los años de silencio, de humillación… se brindó porque había que brindar, pero con mucha tristeza por lo que se había sufrido. Fue un gran día.

 

35 años después, ¿se ha logrado todo lo que imaginábais entonces que pasaría o estamos todavía lejos?

Estamos lejos. Vamos hacia atrás. La clase política no es consciente del nivel bajo que tiene. A mí se me exige que cada disco que hago sea mejor, si no no lleno los sitios. ¿Por qué a ellos no se les exige nada? Tenemos una clase política que es incapaz de pactar cuando hay una crisis como la que hay. No se dan cuenta de que están perdiendo el pulso de la calle. Van a hacer buenos a los políticos de la Transición: al menos más nivel intelectual tenían.

 

¿Qué opina sobre lo que está pasando en torno al procesamiento del juez Baltasar Garzón?

Yo de lo de Garzón no voy a hablar, pero todo el mundo tiene derecho a enterrar a sus muertos. Incluso los ciudadanos de izquierdas que vieron cómo la propia izquierda fusilaba a los suyos, y eso no se dice. Yo me sigo preguntando dónde está enterrado Nin. Eso no se cuenta. El espectáculo de estos días es patético, otra vez las dos Españas. Yo pensaba que estábamos en la tercera, yo al menos la reivindico. Basta ya, déjenme en paz. Que cada uno entierre a su muertos y dejen ya el tema.

 

¿Le gustan los artistas metidos a políticos?

Si los artistas se creen políticos y creen que pueden cambiar la política de un país, vamos muy mal. Yo sigo respetando a la clase política porque creo en el sistema democrático. Los artistas deberían dedicarse a hacer mejores discos y mejores películas y no a intentar ocupar el sitio de los representantes del pueblo. Una cosa son las opiniones individuales y otra ponerse en un lobby para presionar sobre una cosa u otra. Me da mucho miedo eso. Y esta locura de ciertos personajes de no respetar en absoluto la libertad de prensa: cuando algo no les gusta lo tildan de fascismo. Me recuerdan a la intelectualidad de los años 30, que o bien era profascista o era procomunista, y yo de las dos cosas salgo corriendo.

 

Quizás es que falta cultura democrática.

Se está perdiendo el concepto de la democracia. ¿La enseñan en el cole? No puedo entender cómo hay esta falta de respeto al sistema democrático. Ha costado muchas vidas conseguirlo, yo sí que tengo memoria. Hay cosas que no se pueden poner en duda. No se pueden lanzar cierto tipo de soflamas a la ligera. Yo siento un gran respeto por los medios de comunicación y no me niego a ir a ningún medio. ¿Por qué razón si le doy una entrevista al Público unos me llaman comunista y cuando voy a la radio de Federico Jiménez Losantos otros me llaman fascista? Alucino. Como a mí no me subvenciona una gran empresa o el Gobierno catalán, tengo que ir vendiendo lo que hago y voy a todos los sitios que puedo.

 

¿Alguna idea para evitar ese sectarismo, sobre todo en lo cultural?

Es necesario un pacto de Estado por la cultura para que nadie se meta ahí. No debe haber cultura de derechas y de izquierdas. Ahora mismo parece que los cojonudos son los de izquierdas, aunque digan que Fidel Castro es cojonudo. Los que no pensamos así, somos todos unos fachas. Esa es la idea que se está extendiendo. Si no firmas un manifiesto, no eres de los nuestros. Si hubiera un pacto por la cultura no se jugaría con eso. La gente se piensa que ser republicano es ser del Partido Comunista, que es algo que me pone bastante nervioso. ¿Azaña qué era?

 

¿Se ha sentido alguna vez vetado?

La palabra no creo que sea vetado, pero pongo varios ejemplos. Produje en 2004 el documental más visto ese año en España: “Mujeres en pie de guerra”. Cuando fui a pedir dinero para que me ayudaran a hacer el proyecto, en el Gobierno catalán me dijeron que no podían darme nada porque estaba hecho en castellano. Y la mayoría de las mujeres que aparecen en el documental son catalanas. Después fui al Ministerio de Cultura y me dijeron que, como yo era catalán, tenía que pedir el dinero al Gobierno catalán. Ahora he intentado pedir subvenciones para hacer un disco sobre la poesía de Luis Alberto de Cuenca: y me han dicho que no porque no es un poeta catalán. El mundo al revés. También he hecho un documental que se llama “Vindicación” y que es sobre feminismo, y el Ministerio de Cultura lo ha catalogado como de cero interés. Y en Cataluña tampoco me dan nada porque no es en catalán. Yo estoy en contra de las subvenciones, pero si dan una gran cantidad de dinero para hacer bodrios como “La historia del golf en España”, me apunto a ver si me cae algo.

 

¿España desprecia su cultura?

Sin duda. Nos debería dar vergüenza que, por ejemplo, no suene en las radios el disco de Serrat sobre Miguel Hernández. Cuando yo saqué dos discos de poesía me dijeron que eso no interesaba en una radio fórmula. Es decir, que lo mejor es que el público sea imbécil. Francia exige que la cultura nacional sea respetada y suene, y la anglosajona que pague. Por eso en la real academia francesa se sienta Jacques Brel. Aquí debería estar Serrat. El otro día me encontré con Manolo Escobar y un poco más y me pongo de rodillas: fue un hombre que hizo feliz a mucha gente en una etapa en la que todo eran lloros. No tenemos el concepto de leyenda de artistas populares. No nos sentimos orgullosos de nuestra propia cultura. Zapatero siempre dice que escuchaba a Paco Ibáñez, cuando por edad debería haber escuchado más a Alaska y los Pegamoides. De la misma manera que los del PP escuchaban a Nacha Pop. Eso es lo normal, pero hay unos tópicos absurdos.

 

¿En qué proyectos musicales anda metido en estos momentos?

Estoy haciendo una gira con motivo de mis 30 años en la música y estoy grabando un disco dedicado a la poesía de Luis Alberto de Cuenca. También me gustaría muchísimo que el año que viene Jaime Urrutia, Enrique Bunbury, Andrés Calamaro y yo compartiéramos escenario. Nosotros cuatro nos hemos puesto de acuerdo, pero ahora falta la infraestructura.

 

Creo que el cine le interesa cada vez más.

Sí, yo hago discos para poder pagarme mis películas. Espero alguna vez poder pasar de producir documentales a producir películas, lo haré encantado, pero no haré historias de tonadilleras. Creo en un cine de barrio, de gente, de problemas reales. En España falta cine político por un tubo, falta cine arriesgado, faltan cojones. ¿Hacer cine para adormecer a la peña? A nadie se le ha ocurrido hacer todavía la batalla del Ebro, los americanos ya lo hubieran hecho.

 

¿Hubiera sido buen jugador de baloncesto si se hubiera cuidado un poco más?

Estoy convencidísimo. Con 16 años ya entrenaba con un equipo de primera división. Lo que ocurre es que el rock entró en mi vida y a esas edades uno tiene que elegir la pasión frente a la disciplina, y me dejé llevar por la pasión.

 

¿Se deben prohibir los toros en Cataluña?

La gente sabe que los toros van a perecer en Barcelona en diez años, para qué coño montar un cirio. Quien quiera ir que vaya y cuando ya no vaya nadie, pues se acabará. Es tan sencillo como eso. Yo siempre soy partidario de dejar hacer.