Al presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, nunca le ha gustado dormir fuera de casa. Una de sus costumbres más estrictas es cenar en familia junto a su esposa y sus dos hijas, lo que obliga a sus más estrechos colaboradores a hacer todo tipo de piruetas para que, en caso de tener un viaje internacional, el avión presidencial esté de regreso antes de la medianoche. Esa costumbre se aplicó a rajatabla en la primera legislatura (2004-2008), durante la cual Zapatero llegó incluso a batir un triste récord: encadenar cien días seguidos sin salir de España. Sin embargo, con su reelección en marzo de 2008, y como suele suceder tradicionalmente en la democracia española, el presidente se ha contagiado de un extraño virus viajero, no se sabe si por propia convicción o para escapar de la crisis económica en la que está inmerso el país.

Durante 2009 Zapatero ha potenciado su agenda internacional, ha conseguido consolidar la presencia de España en las reuniones del G-20 y ha pisado por vez primera la Casa Blanca gracias al relevo presidencial en Estados Unidos. Y todo indica que en 2010 se va a consolidar esa tendencia gracias a que a España le corresponde pilotar la Unión Europea durante los primeros seis meses del año.

Sin embargo, esta no va a ser una presidencia europea al uso, como las tres anteriores de las que ha dispuesto España. Desde el pasado 1 de diciembre la UE cuenta con nuevas reglas de funcionamiento (el Tratado de Lisboa) que implican la creación de dos nuevas figuras: un presidente estable del Consejo Europeo (la institución que agrupa a los jefes de Gobierno de los 27) y un ministro de Asuntos Exteriores. La visibilidad de Zapatero como líder de la UE se verá, pues, reducida, si bien el perfil elegido para esos cargos ha sido tan bajo (los desconocidos Herman Van Rompuy y Catherine Ashton) que el presidente español necesitará poco esfuerzo suplementario para robarles protagonismo.

La presidencia española de la UE brindará al Gobierno una oportunidad magnífica para el lucimiento gracias a la decena de cumbres que se celebrarán durante el semestre. Habrá dos citas de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE y, además, reuniones al más alto nivel con Estados Unidos, los países de América Latina, los Estados de la cuenca mediterránea, México, Marruecos, Rusia y Japón.

Aparte de esas citas, los objetivos de la presidencia española serán dos: poner en marcha el nuevo tratado y renovar la estrategia de Lisboa, que fue un compendio de buenas intenciones suscrito por los líderes europeos en marzo del año 2000 con el propósito de convertir a la UE en “la zona más dinámica y competitiva del mundo en 2010”. Cumplido ese plazo, es evidente que el objetivo no se ha conseguido, sobre todo teniendo en cuenta la terrible crisis económica de los últimos meses. De ahí que buena parte del rediseño de Lisboa y de la agenda de la presidencia vaya a centrarse en “recuperar la estabilidad financiera, el crecimiento económico y la creación de empleo”, como subraya el programa elaborado desde el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Zapatero quiere utilizar la plataforma de la presidencia europea para trasladar al ámbito comunitario su modelo de economía sostenible. El problema para el líder socialista es que su voz adolece en Europa de la credibilidad necesaria para impulsar ese tipo de reformas: España es el único gran país de la Eurozona que sigue en recesión y el segundo Estado con mayor tasa de paro de todo el continente. Pese a ello, el Gobierno se esforzará para que durante su presidencia la UE pueda poner en marcha lo que se ha venido en llamar el Sistema Europeo de Vigilancia Financiera, compuesto por una serie de órganos y normas cuya finalidad será mejorar la supervisión bancaria y evitar que se repitan los problemas que han dado origen a esta última crisis.

Respecto a la aplicación del Tratado de Lisboa, el semestre español será fundamental para diseñar el papel que finalmente ocuparán Van Rompuy y Ashton y para poner en marcha la parte más ambiciosa que contiene el nuevo texto: el servicio europeo de acción exterior, una especie de cuerpo diplomático común que estará bajo las órdenes de la nueva ministra de Exteriores.

Además, y como en presidencias anteriores, España pondrá especial empeño en los asuntos relacionados con las carteras de Interior y Justicia. Nuestro país siempre ha estado en la vanguardia a la hora de proponer iniciativas europeas para luchar contra el terrorismo y la inmigración ilegal, y en esta ocasión también se preparan algunas sorpresas.

Aparte de estos asuntos, Zapatero se presentará en Bruselas con dos prioridades particulares muy ligadas a su actuación de gobierno de estos últimos años: aprovechar el semestre para normalizar las relaciones entre la Unión Europea y Cuba y trasladar a todas las instituciones europeas las políticas de igualdad puestas en marcha en España. En este último caso, el Ejecutivo quiere crear un observatorio europeo contra la violencia de género.

Así pues, Zapatero pasará buena parte de 2010 refugiado en la política internacional, lo que le permitirá esquivar en parte los problemas de casa. Y por si las fotos con Obama y los demás líderes mundiales no fueran suficientes para dejar en segundo plano la triste situación económica del país, el Gobierno trabaja ya en diversos proyectos de ley que durante el primer semestre permitirán desviar la atención gracias a la enorme controversia que provocan en ciertos sectores de la población. Entre esas nuevas leyes se encontrarán las de libertad religiosa, para intentar equiparar el resto de confesiones religiosas con el catolicismo, y la ley antitabaco, para extender la prohibición de fumar a todos los locales de ocio.

Para cuando haya terminado la presidencia europea, y Zapatero pueda volver a la vieja costumbre de cenar con sus hijas, quizás la economía española haya empezado a levantar cabeza y eso le permita encarar con renovado optimismo el último trayecto de la legislatura.