Barack Hussein Obama está a punto de convertirse en presidente de los Estados Unidos. Hace apenas un año, cuando despuntaba 2008, en la revista Tiempo le dedicamos una portada aprovechando una entrevista exclusiva que teníamos con él. Por entonces casi nadie daba un duro por ese candidato negro que luchaba con cuatro compañeros más por hacerse con la candidatura del Partido Demócrata.

Hoy, un año después, ya sabemos que, una vez más, en Estados Unidos todo es posible. Aquel país nunca deja de sorprender al mundo, es capaz de lo mejor y de lo peor. Es capaz, como por arte de magia, de pasar de George Bush a Barack Obama sin que por medio haya habido una revolución social.

Es indudable que Obama traerá aire fresco a la política estadounidense y... también a la mundial. Es joven, negro y, para colmo, nunca ha desempeñado ningún cargo público de gestión. Por tales motivos, y por su gran carisma, su elección ha despertado inusitadas esperanzas, dentro y fuera de Estados Unidos. En este sentido, conviene ser prudentes. Habrá que juzgarle por sus hechos y, de antemano, tiene todas las papeletas para salir malparado porque la capacidad de decepción suele ser directamente proporcional a las esperanzas depositadas en un político.

De momento, aunque todavía no ha tomado posesión, hay que reprocharle dos cosas: los escándalos en los que andan envueltos algunos de sus colaboradores y la tibieza con que ha reaccionado ante lo que estaba sucediendo en Gaza. Esperemos que una vez en la Casa Blanca enderece el rumbo.