Los socialistas madrileños andan a tortazos. No es nada nuevo, pero también es la realidad. Mejor dicho, los socialistas madrileños andan a tortazos con los mandamases del socialismo español. Bueno, más o menos, porque en esto de la política casi todo es opinable y nada es como parece. El pasteleo es infinito y también interminable. Los expertos en historia argumentarán que no se trata de nada nuevo. Incluso algunos repetirán aquello tan manido de que la historia siempre se repite. Digan lo que digan, no es cierto. La historia, a pesar de las coincidencias, no está escrita. Es cierto que los socialistas madrileños andan a la greña entre sí y con los del resto de España desde los tiempos de la República y de la Guerra Civil. Pero eso no significa nada. Además, tanto entonces como ahora se trata de peleas y broncas personales. Al final, los socialistas madrileños son el mejor ejemplo, una de las representaciones más fieles de la sociedad española. Los problemas y las disputas se originan por personalismos. Todo se reduce a una especie de “quítate tú para dejarme el sitio a mí” y poco más. La bronca actual, cinco minutos antes de las vacaciones, se reduce a que Tomás Gómez, secretario general del Partido Socialista Madrileño (PSM) y antes alcalde de Parla, pretende ser el candidato de los socialistas a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Quiere disputarle el puesto a Esperanza Aguirre. El problema es que los mandamases del PSOE español piensan que Gómez, según las encuestas que manejan, no tiene ninguna posibilidad de arrebatarle la presidencia a Esperanza Aguirre. Por eso quieren moverle la silla. Por eso y por otros asuntos, pero la batalla está servida, mientras Zapatero, que tendrá que entrar en ella aunque no quiere, por el momento ve los toros desde la barrera.

El problema de los socialistas españoles, no ya el de los madrileños, es que hasta ahora las victorias del PSOE se cimentaban en los éxitos del partido en Cataluña y Andalucía. A partir de ahora, eso ya no está tan claro. En Cataluña todos los líos del Estatuto –e incluso la polémica sobre los toros- pasará factura y en Andalucía lo que ocurre es que tras casi tres decenios de Gobierno un cierto cansancio es inevitable. Ante esa tesitura, los socialistas necesitan exprimir otros caladeros de votos, y en los últimos tiempos el de Madrid ha estado bastante seco. Ahora, el objetivo de los jefes del PSOE es desbancar a Esperanza Aguirre de su poltrona. Saben que nunca le ganarán las elecciones, pero les vale que no obtenga mayoría absoluta. En ese caso, los socialistas, como ya lo intentó en su día Rafael Simancas, buscarán todo tipo de alianzas –incluidos los excomunistas de Izquierda Unida- para sumar más escaños que la líder del PP madrileño. Y es ahí donde algunos en el PSOE creen que falla la figura de Tomás Gómez. Él acaba de lanzar todo un órdago. Quiere ser el adversario de Esperanza Aguirre en las próximas elecciones autonómicas. Desde luego tiene la legitimidad de ser el secretario general de los socialistas madrileños. Si alguien pretende quitarlo de en medio tiene dos opciones, concurrir a unas primarias contra él o que el partido –léase Zapatero- le convenza de que deje su lugar a otro candidato o candidata con más opciones, por lo menos teóricas. Tomás Gómez, acertado o equivocado, está decidido a dar la batalla. La pelota, y él lo sabe, quedará sobre todo en el tejado del líder de los socialistas españoles, es decir, en el tejado de Zapatero. Sí el presidente del Gobierno se lo pide, Tomás Gómez, sin duda,  entenderá sus razones y no peleará. A cambio, la vida es así, sin duda recibirá alguna otra prebenda en forma de cargo, claro está. No es tan evidente qué es lo mejor para el PSOE y para los socialistas madrileños. Zapatero, es cierto, ganó a la primera. Felipe González, sin embargo, venció a la tercera, tras dos derrotas ante Adolfo Suárez. José María Aznar también tuvo que apechugar con otras dos victorias de González antes de ganar. Es lógico que el PSOE y los socialistas madrileños intenten ganar ahora por todos los medios, pero también es cierto que los candidatos y los proyectos necesitan un tiempo de maduración. Lo único que lo es de recibo es que los socialistas madrileños vuelvan a ventilar sus asuntos otra vez a tortazos, aunque sean más o menos dialécticos. Mientras tanto, el PP, que tampoco las tiene todas consigo disfruta con el espectáculo.

Los banqueros españoles y los de medio mundo, sobre todo los europeos, siguen al borde de un ataque de nervios. Mejor dicho, viven en la  histeria del día a día. “Ya se sabe que los banqueros son mala gente”, dijo un día Carlos Solchaga cuando era ministro de Economía en uno de los Gobiernos de Felipe González. Nunca quedó claro si hablaba en serio o en broma. Tampoco nadie quiso saber mucho más. Quizá sólo fue un arrebato de sinceridad pasajera de un ministro, denostado de forma injusta en su tiempo y ahora añorado por muchos. Los banqueros, en  cualquier caso, tienen un problema, o muchos problemas. Lo dramático es que los apuros de los bancos y de los banqueros afectan al resto de la sociedad. Algunos piensan que es injusto. A pesar de todo es inevitable.

Los Gobiernos europeos decidieron hace unos meses examinar a los bancos. Siempre ha habido una policía bancaria –los reguladores y los supervisores-, pero hace años que los banqueros aprendieron a burlarse de ella. En España lo hicieron menos, porque “chauvinismos” aparte, la policía bancaria española era una de las mejores y más exigentes del mundo. Todo venía de la época de Mariano Rubio como Gobernador del Banco de España y Carlos Solchaga ministro de Economía. Quizá lo de que “los banqueros son mala gente” no quedó sólo en una frase.  A pesar de todo, la policía bancaria española también ha tenido años de relajo, sobre todo en el terreno de las Cajas de Ahorros. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, nunca ha sido un personaje con el talante, exigente por decirlo de una manera amable, de Mariano Rubio. Los banqueros, y sobre todo los responsables de las cajas, lo han toreado con cierta habilidad.

Los exámenes a los bancos, impulsados por las autoridades europeas, es lo que se ha conocido como “stress test” o “pruebas de resistencia”. En resumen, consisten en determinar qué les ocurriría a bancos y cajas de ahorros si las cosas bien mal dadas. La “prueba de resistencia” también podría hacerse con una familia y quizá sería más comprensible. Consistiría en determinar cuanto tiempo y en qué condiciones podría subsistir una familia si, por ejemplo, uno o varios de sus miembros se quedan en paro, si sus propiedades –inmuebles, pero también acciones o bonos del Tesoro- bajan de precio, si sus deudores no les pagan y si, por todos esos factores, no pueden pagar sus créditos. Ese ejercicio, aplicado a bancos y cajas es lo que se ha denominado “stress test” y cuyos resultados se publicaron la semana pasada.

Las famosas “pruebas de resistencia” de bancos y cajas han determinado, según las versiones oficiales, que las entidades financieras europeas están sanas. Eso sí, hay siete que si todo se tuerce, tendrían problemas. Y de esas siete, cinco son españolas, cajas de ahorros, para más detalles. En realidad son más, pero al haberse agrupado a la fuerza, son cinco: dos catalanas, una castellana, una andaluza y otra interregional. Sólo otras dos entidades europeas están en las mismas circunstancias. Hay dos explicaciones que lo justifican, aunque ahora sirven de poco. Muchos de los grandes bancos europeos, quebrados en su momento, recibieron multimillonarias ayudas de sus Gobiernos, algo que no ocurrió en España, porque nadie lo necesitaba o porque nadie lo pidió. Por otra parte, las condiciones de las “pruebas de resistencia” a bancos y cajas españolas han sido más duras y aplicadas a más entidades que en cualquier otro lugar de Europa. La gran duda es si, en este asunto, las autoridades españolas, también atacadas de los nervios, han ido más lejos que nadie. Es posible. Hay bancos italianos, franceses, alemanes y también británicos que si se les examinara con el rasero aplicado en España tendrían problemas. Sin embargo, el titular es claro: siete entidades europeas no superan el “stress test” y cinco son españolas. Es probable que cuando se separe la paja del grano bancos y cajas españoles salgan beneficiados, pero la primera impresión puede ser contraproducente.

Por último, más allá de estas pruebas de resistencia, el análisis detallado de los datos arroja un escenario preocupante. Si la crisis sigue, la mayoría de bancos y cajas de ahorros europeos entrarán en pérdidas. Así de simple. En España tan sólo se salvarían el Santander y el BBVA y alguna caja, como la BBK, rozaría los números negros. No es inevitable, pero es probable, no es una hipótesis disparatada, sobre todo si como parece la morosidad –es decir, que los bancos y cajas no consiguen cobrar una parte de los créditos que han concedido- sigue en aumento durante por lo menos un año más, como pronostica uno de los grandes banqueros españoles. En resumen, un verdadero lío. Más allá de la propaganda oficial, los “stress test” han salido bien, pero “Houston, tenemos un problema, y un problema grave”. Lo más preocupante son las Cajas de Ahorros. Era un secreto a voces, y la policía bancaria lo sabía hacía años, pero los grandes jefes –el Gobierno y el Banco de España- prefirieron esperar antes que actuar. Ahora, no es tarde, pero todo es  más difícil y todavía puede complicarse. ¿Por qué ha ocurrido todo esto? Quizá habría que volver sobre las palabras de Solchaga. Desde luego, los banqueros, pero sobre todo los responsables de las Cajas de Ahorros –y más las más  politizadas- no han actuado bien. Unas veces por incapacidad y otras por motivos menos claros. Lo ocurrido en España no es una excepción en el mundo, pero eso tampoco sirve de consuelo. Ni tan siquiera a banqueros y responsables de cajas que, digan lo que digan las autoridades, siguen al borde de un ataque de nervios.

Zapatero ha decidido volver a reinventarse. Acaba de celebrar sus diez años al frente del PSOE. Dentro de unos días festejará su propio medio siglo. El presidente resiste y ahora rescata su versión más optimista. El optimismo antropológico es la forma natural de ser de Zapatero. Ha pasado por momentos muy complicados y, sin duda, en lo peor de la crisis, estuvo abatido. Casi todos los que han tratado con el presidente en las últimas semanas aseguran que lo encuentran más relajado y, sobre todo, bastante animado. La víspera de la final del Mundial no tenía ninguna duda de la victoria de España. También estaba convencido de que Contador ganaría el Tour y festejaba haber podido aprobar la reforma de las Cajas de Ahorros por “decreto ley”, sin largos y engorrosos trámites.

El jueves pasado, 22 de julio, Zapatero en los festejos de sus diez años al frente del PSOE, retomó con fuerza su optimismo: “Estamos mejor de lo que parece y lo vais a vivir” fue su mensaje. Era una especie de cita de sí mismo, porque cuando en 2000 se convirtió en el líder de un PSOE entonces desorientado y hundido afirmó ante una audiencia atónita: “no estamos tan mal”. Diez años después y tras seis como presidente del Gobierno, Zapatero ha tenido que hacer de tripas corazón varias veces en los últimos meses y adoptar medidas que siempre descartó. Tampoco nunca imaginó que estaría al frente de un país con más de cuatro millones de parados y sumido en la mayor crisis económica del último siglo. La crisis, aunque parece que ha amainado, sigue. El presidente, sin embargo, aunque no la da por zanjada, cree que el país está en el camino de salida.

Zapatero calcula que todas las medidas –algunas impopulares- que ha tenido que tomar y otras –sobre todo de cara a la galería- que adoptará a la vuelta del verano, empezarán a dar sus verdaderos frutos en el último trimestre de 2011. Para el presidente, eso significa que el paro empezaría bajar de verdad a finales del próximo año, porque este otoño –es inevitable- volverá a subir. El presidente hace tiempo que descartó la posibilidad de adelantar las elecciones.  Mejor dicho, nunca contempló esa posibilidad. Ahora sus planes prevén verdaderos brotes verdes para los meses finales de 2011. Con ese impulso, Zapatero convocaría las elecciones para principios de la primavera y sí, se presentaría otra vez. Está convencido de que puede ganar y quiere ganar. Sería la última, porque el presidente, cuando decida anunciar su candidatura –o cuando alguien organice que el partido le exija presentarse- también explicará que encabezará el cartel electoral del PSOE, pero que no volverá a hacerlo. Por lo menos, eso es lo que se podía escuchar en algunos de los corrillos de los asistentes al acto organizado por los socialistas para celebrar los diez años de liderazgo de Zapatero. A los más críticos, les pareció un exceso exaltación de la figura del líder. Con sorna, no exenta de crueldad, incluso uno resumía el festejo en un resultado futbolístico, aunque algo exagerado: Zapatero, 10 (por los años de liderazgo); España, 4 (por los 4 millones de parados).  Casi todos, sin embargo, también concluían que, a pesar de todo, Zapatero puede volver a ganarle las elecciones a Rajoy. Tienen más dudas si el PP presentara otro candidato. En resumen, Zapatero se reinventa, optimista, como siempre. Interpreta su propia versión de la célebre máxima de Lampedusa, el autor de El Gatopardo: “si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Y ahí se incluyen el sistema financiero, el mercado laboral, las pensiones, todo.

Los controladotes aéreos, una vez más, vuelven a tener rehenes a millones de personas. Los trabajadores por cuenta ajena quizá más privilegiados y mejor pagados de Europa están estresados, es decir, de los nervios. De golpe, muchos de ellos y de ellas enferman, sobre todo por ansiedad, y dejan de hacer su trabajo sin previo aviso. Presentan sus certificados médicos y las bajas correspondientes. Todo, en principio, de acuerdo con las normas. Lo que nadie se cree, y los ciudadanos afectados por los retrasos de los aviones mucho menos, es que una tercera parte de los controladores de un turno determinado en cualquier aeropuerto estén indispuestos de repente y al mismo tiempo. Huele mal, muy mal. Hace unos meses, el ministro de Fomento José Blanco anunció y puso en marcha, de forma moderada y gradual, una normativa que reducía algunos de los privilegios de los controladores. Sobre todo, se reducía bastante el dinero que percibían por sus horas extraordinarias de trabajo. A pesar de todo, muchos controladores conservan salarios superiores a los 300.000 euros anuales, sí, 300.000 euros anuales. El chollo era tan grande que muchos jóvenes, sobre todo algunos que habían realizado estudios relacionados con la aeronáutica y sabían inglés, decían sin rodeos que querían hacer las oposiciones de controlador porque se trataba de un empleo, con poco trabajo, muchas vacaciones y sueldos espectaculares. Los controladores, en teoría, encajaron hace unos meses con poco ruido la bajada del importe de sus retribuciones por horas extraordinarias. Acostumbrados a porfiar con todos los Gobiernos de la democracia, y ganar casi siempre, aparentaron aceptar los cambios que impulsaba José Blanco. Es evidente que no se resignaron y que preparaban algo. Tenía que llegar y ha llegado, como siempre, cuando más duele, en plena temporada estival y de vacaciones. Su objetivo, como tantas veces, es crear tal malestar social que el Gobierno de turno tenga que avenirse a pactar con ellos. Ahora es posible que se trate del último pulso de los controladores españoles al Gobierno de turno. José Blanco ha puesto los medios para que, en el futuro, nunca más puedan volver a tener rehén a toda una sociedad. Si Blanco y el Gobierno resisten, ganarán y el problema pasará a la historia. En otro contexto y hace treinta años, es lo que hizo Ronald Reagan. Ante una huelga salvaje de controladores, los despidió a todos. Nunca volvió a plantearse el problema. Incluso, con el tiempo, volvió a contratar a algunos de los despedidos, pero con otras condiciones, claro.

Los controladores españoles se quejan de estrés, de soportar mucha tensión. Quizá también tenga razón el ministro cuando sugiere que convendría que los controladores se sometieran otra vez a las pruebas de idoneidad para saber si están capacitados para soportar las tensiones de su trabajo. Hasta ahora, con horas extraordinarias cobradas a precio de oro, no parecían haber tenido problemas. Los controladores, nadie lo duda, tienen mucha responsabilidad. Una parte de la seguridad aérea está en sus manos, como ocurre desde hace décadas. Durante años ha habido casos aislados, pero nunca una epidemia de estrés. En su trabajo tienen que soportar mucha tensión que hace que su actividad profesional sea dura y sacrificada. Bien mirado, la profesión de minero, por ejemplo, también es estresante y dura, además de arriesgada, como demuestra la historia. También otras muchas, desde la de ama de casa de familia numerosa con pocos recursos, a la del oficinista mileurista con jefe déspota, sin olvidar otras muchas: guardia de circulación, asistente técnico sanitario de urgencias o conductor de autobús de servicio público urbano, por citar unas cuantas. Lo sorprendente es que mientras entre los controladores parece haberse declarado una epidemia de estrés, nunca ha habido una similar en ninguno de los otros colectivos citados. ¿O es que la mina no estresa? Una vez más, los controladores contra todos. Quizá sea la última vez. Ya han abusado durante bastantes años.

Ferrán Adriá, el genio de la cocina, popularizó la deconstrucción de algunos platos tradicionales. El más famoso fue la tortilla de patata. La innovación de Ferrán Adriá consistió en servir por separado y en capas, en una copa estrella y alta, todos los ingredientes que componen la tortilla de patatas. Las patatas, por supuesto; la cebolla –no es el momento de entrar en la pelea de “con” o “sin”-, el huevo y el aceite. Para probarlo se introducía una cucharilla hasta el fondo de la copa y se cogían capas de todo. El resultado, en la boca, debía ser el mismo que el de una tortilla de patata. La fórmula fue original y tuvo éxito, aunque existen dudas de si el sabor de la receta tradicional y el de la Adriá es el mismo.

José Montilla,  presidente de la Generalitat, está nervioso. Tiene todas las papeletas para perder las próximas elecciones catalanas y salir por la puerta de atrás de la política. A la desesperada, protagoniza un peculiar proceso de deconstrucción política del socialismo catalán. Montilla, en primer lugar, lo ha convertido, sobre todo en nacionalismo, por delante incluso del socialismo. Bueno, Pascual Maragall fue el que inició ese camino, pero Montilla lo ha sublimado. En segundo lugar, practica casi de forma permanente un peligroso juego consistente en enfrentarse o aparentar que se enfrenta con el resto del socialismo español, el del PSOE liderado por José Luis Rodríguez Zapatero. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña ha sido la puntilla definitiva para el “molt honorable”. La sentencia no le gusta, sobre todo por un motivo. Está convencido de que le quita votos, en un momento en el que los socialistas catalanes, CiU el partido de Más,  y Esquerra Republicana, compiten para ver quien es más nacionalista. Montilla, además, en unas ocasiones sugiere insumisión ante la sentencia y, en otras, impulsa un pacto con Zapatero para recuperar lo que él llama “el  potencial de autogobierno catalán”.

El sábado pasado, 17 de julio, Montilla, en un artículo publicado en el diario El País, mostraba su faceta más radical. También la más ambigua y confusa. “Hay que recuperar el espíritu constitucional primigenio y restablecer el respeto a las distintas identidades”, afirmaba sin que, por supuesto, quedara claro qué pretendía decir. Añadía además, que “hemos retrocedido con respecto al espíritu que hizo posible la Constitución de 1978”, para luego reivindicar “la propuesta federal como la vía más apropiada para desarrollar nuestro futuro común con generosidad”. No precisaba, sin embargo, si federalismo para todos o asimétrico como propuso en su día Maragall. Y ya se sabe lo que dio Guerra: “o es federalismo o es asimétrico”. Es obvio, es federalismo asimétrico no es federalismo. Y con el artículo de Montilla en la prensa, esa misma mañana de sábado, en el Comité Federal del PSOE, el socialista catalán Dani Fernández proponía fórmulas más moderadas para salir del teórico atolladero de la sentencia del Constitucional. Algún barón socialista se quejaba: “lo que hemos oído a Dani Fernández no es lo que escribe Montilla, que es mucho más reivindicativo”.

En Cataluña, tras el fallo de Tribunal Constitucional, la legislatura ha concluido. Podría haber elecciones cuando antes, pero Montilla, que está convencido de que ahora las perdería, estirará los plazos hasta el final, hasta noviembre. Confía quizá, es humano, en un golpe de suerte que lo cambie todo y que le conceda alguna oportunidad. Ahora, los nacionalistas de Artur Más, que son de derechas, pero les gusta coquetear con el socialismo, rozan la mayoría absoluta. El objetivo de Montilla, al alargar su propia agonía política es intentar evitarlo. Para lograrlo tiene que conseguir que la deconstrucción de su política y su mensaje tengan el mismo sabor que el original, y para algunos el problema de Montilla es que no está claro si el original es más socialista que nacionalista o más nacionalista que socialista. Por último, Zapatero también se juega mucho en el envite, porque gana en España y está en la Moncloa gracias a los votos y escaños que consigue en Cataluña. Por eso todo este barullo.  

Me rajé. Tengo que reconocer. A la vuelta de Sudáfrica, con el subidón de la victoria, mis planes incluían acudir al Congreso de los Diputados para asistir al Debate sobre el Estado de la Nación, con José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy de actores estelares. El catalán Durán i Lleida tenía –y tiene- el principal papel de actor secundario, en el que sólo puede hacerle sombra el vasco Josu Erkoreka. Todos los demás, digan lo que digan, son teloneros. El primero, Gaspar Llamazares, político antiguo en horas bajas, pero infinitamente moderno en comparación con su sucesor al frente de Izquierda Unida, Cayo Lara. ¡Qué espectáculos ofrecerá si, tras las próximas elecciones, obtiene un acta de diputado! En resumen, el cansancio y la galbana, mea culpa, me alejaron del Congreso. No del debate. Lo seguí por televisión. Es lo mismo, aunque se pierde el ambiente que, aunque te lo cuenten, no es lo mismo. Es algo muy similar a haber visto la final Holanda-España en Johannesburgo o en la televisión.

El miércoles 14 de julio, cuando Zapatero y Rajoy, se midieron con discursos y palabras en el Congreso, España todavía permanecía en la nube de la resaca del éxito en el Mundial. El triunfo de la selección no borró los problemas del país, pero los aparcó durante un instante de horas o incluso de días. Zapatero y Rajoy nos devolvieron a la realidad, mejor dicho, a una doble realidad. A la realidad de la crisis y a la realidad de “la insoportable levedad” de los políticos hispanos. El Debate sobre el Estado de la Nación es una especie de aquelarre de verborrea política, en la jerigonza muchas veces incompresible de los políticos, que se celebra una vez al año más o menos por estas fechas, pero sobre todo cuando le conviene al Gobierno de turno. Zapatero, perdido en una crisis en la que no son descartables los cinco millones de parados, quería aprovechar el debate para marcar el punto de inflexión más bajo de sus penas políticas. Pretendía que fuera un punto y seguido a partir del cual construir su recuperación política. Rajoy, el jefe de la oposición, aspiraba a todo lo contrario, a medio enterrar –en términos políticos, claro- a su adversario. Los demás, los teloneros, a sacar tajada, ahora o dentro de unos meses, con la venta de su apoyo o con la escenificación de sus quejas con el objetivo de sacar más votos en la próxima ocasión. No puede ser objetivo. La objetividad absoluta es una quimera. Intento ser imparcial, pero eso es también un empeño casi imposible. Nada ni nadie me condiciona. Eso es lo que yo creo, pero incluso así, siempre habrá algo –aunque no me de cuenta- que influya en mis percepciones y muchos más en mis opiniones. A pesar de todo, estoy decidido a mojarme. El morbo reside en averiguar quien ganó el Debate, Zapatero y Rajoy. Los incondicionales de uno y otro lo tienen claro. Los prosocialistas creen que el presidente venció, incluso con contundencia. Los partidarios de Rajoy, están convencidos de que el jefe de PP hizo una gran faena. Yo soy mucho más escéptico. Me parece que estuvieron más cerca de un empate que de cualquier otra cosa, con todos los teloneros de fondo, algunas de cuyas intervenciones no merecen ni una mínima reseña. Mucho más claro tengo que Zapatero y Rajoy, y no digamos todos los demás, estuvieron –y a lo mejor siguen- muy alejados de la realidad, de los problemas y las inquietudes diarias de los ciudadanos, y que sus apelaciones y discursos al paro, a la crisis  e incluso a las pensiones son argumentos electorales más que proyectos o propuesta. Y de lo que no me cabe ninguna duda, incluso después de hablar con muchos de los que rodean a los protagonistas, es decir, diputados, asesores y pelotas, que el Debate sobre el Estado de la Nación volvió a ser, una vez más, un ejercicio inútil de dialéctica parlamentaria. Y además, un mal ejercicio, porque ni tan siquiera son buenos en la tribuna de oradores. Sí, como decía ayer, es una pena.

Sí, yo estuve allí, en la final del Mundial de Sudáfrica. Un día para la historia en España, el 11 de julio de 2010. Estuve en el Soccer City de Johannesburgo, de Joburg, como dicen los sudafricanos, porque Johannesburgo es muy largo. Participé, como espectador, en la gran fiesta del fútbol y que, a unos diez mil kilómetros de España, quizá fue algo más que fútbol. Aquel día, millones de españoles de una nueva generación, mandaron al desván del olvido los complejos y prejuicios atormentados de sus mayores. Visto desde la grada, al ritmo atronador de las vuvuzelas, que también tiene su encanto, fue un partido emotivo, intenso y sobre todo interminable. Los 116 minutos que pasaron hasta que Andrés Iniesta metió el gol que dio el triunfo al futbol español frente la brutalidad holandesa, como diría el Times de Londres, fueron lo más parecido a la eternidad, en Joburg y sin duda en las casas, en los bares y en las plazas y calles de una España, joven, que paseaba con orgullo su bandera y que había conseguido que el estribillo popular “¡español, español, soy español, español, español”, fuera cantado incluso por decenas de miles de sudafricanos. Es muy probable que ignoraran el significado exacto, pero también habían asumido la esencia.  En Joburg, capital económica de un país con once lenguas oficiales, pero con el inglés como instrumento vehicular que todos aceptan y nadie discute, por universal y por práctico, Anasagasti y Carod Rovira lo hubieran pasado muy mal.

Sí, yo estuve allí, muy cerca de donde empezó el gran cambio sudafricano, personalizado por Nelson Mandela, que antes del Holanda-España salió al campo y recibió la mayor ovación unánime de la gélida noche austral. Mandela protagonizó la política del rugby, la política de reconciliación entre la Sudáfrica dominadora blanca y la Sudáfrica dominada negra. El gran símbolo fue el rubgy y que como presidente del país acudiera a la final del mundial de ese deporte de 1995 ataviado con la camiseta del capitán del equipo sudafricano, el blanco Matt Damon. Mandela acababa de ganar las elecciones con dos tercios de los votos, pero optó por dar la mano al adversario derrotado. Aquel día, ganaron los Springbooks, el equipo de rugby sudafricano, y también el país entero

Sí, yo estuve en el Soccer City, en Soweto, el antiguo bastión de la resistencia y del poder negro en la Sudáfrica racista. El estadio, un monumento moderno al deporte, es naranja por dentro, porque los asientos son naranja, el color de holanda. El domingo 11 de enero, las gradas también eran naranjas. Los holandeses eran multitud y los españoles una minoría, vistosa con sus banderas y camisetas, pero  que apenas conseguía hacerse oír, por sobre las vuvuzelas que todos tocaban. Interminable, hasta que en el minuto 116, Andrés Iniesta, el genio de la noche de un equipo de artistas-obreros del balón, logró el gol del triunfo de un equipo y también de un país que, feliz y sin complejos, se lanzó a la calle para festejar la victoria al grito, hace unos años impensable, de “soy español, español, español, español”.

Hoy, miércoles, 14 de julio, también estaré en el Congreso de los Diputados en Madrid, en el debate sobre el Estado de la Nación, y que puede sintetizarse en un partido entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. No es lo mismo, por casi todo. En el Congreso no hay vuvuzelas que animen el ambiente, y quizá debería haberlas. Tal vez lograrían acortar el abismo existente entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición y la España ahora feliz de la calle, de las oficinas y de las fábricas que a pesar del jolgorio tampoco puede olvidar sus problemas del día a día. Porque la España que disfrutó con la victoria de la selección de Del Bosque, que lloró de alegría con el gol de Iniesta y que celebró el beso de Iker a Sara hace mucho que dejó de estar presente en los discursos, engolados y enmarañados, de Zapatero y Rajoy. Yo estuve en Joburg, en la final, y estaré en el Congreso de los Diputados. No es lo mismo. Es una pena.

Viernes 9 de julio, antevíspera del gran día, el domingo del España-Holanda. La final del Mundial de Fútbol. El Consejo de Ministros, presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, estaba reunido en el Palacio de la Moncloa. Los ministros escuchaban atentos a la vicepresidenta Elena Salgado. La responsable de la economía española desgranaba los detalles de una verdadera revolución, el decreto-ley que modifica la naturaleza jurídica de las Cajas de Ahorros. En cristiano, el Gobierno estaba a punto de aprobar el pistoletazo de salida para la privatización de las Cajas de Ahorros. Una decisión histórica y trascendental.

Justo entonces, alrededor del mediodía, el ministro de Industria, Miguel Sebastián, recibió un mensaje SMS en su teléfono móvil. Lo abrió, lo leyó y sonriente interrumpió. “Me comunican –dijo festivo- que el pulpo Paul predice la victoria de España”. Los ministros casi aplauden, pero se contuvieron. Sonrieron y volvieron a lo suyo, el decreto-ley sobre las Cajas de Ahorros, que irá por la vía de urgencia, sin posteriores debates para introducir enmiendas como ocurre con la reforma laboral. Por una vez, socialistas y populares están de acuerdo y también es evidente que la situación de las cajas de ahorros no permite perder tiempo.

Casi a la misma hora, el Tribunal Constitucional había públicos los ochocientos ochenta y un folios de la sentencia sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que a pesar de todo permitirá cientos de interpretaciones, argumentos para todos los gustos políticos y minutas sabrosas para los expertos jurídicos. Ocurría también ese viernes antevíspera del gran día, de la gran ilusión y la víspera de la manifestación convocada en Barcelona en defensa del Estatuto. Todo, sí, muy solemne, incluso revolucionario, como lo de las cajas de ahorros. Sin embargo, para la historia también quedará que aquel día un pulpo de origen británico llamado Paul, que vive en el Sea Life de Oberhausen (Alemania) predijo en directo y ante las cámaras de Televisión la victoria de España en el Mundial, y que esa profecía interrumpió por unos instantes el Consejo de Ministros del Gobierno español. No le hacía falta, porque estaba seguro desde mucho antes, pero José Luis Rodríguez Zapatero salió de aquella reunión del Gobierno todavía más convencido de España, por primera vez en la historia, será campeona del mundo de fútbol.  

España ya es finalista del Mundial de Sudáfrica. Ha sido, hasta ahora, el éxito de la España más moderna, más madura, más constante. Adiós a los mitos inútiles de la furia, el coraje y la improvisación. La España de Del Bosque, Casillas, Pujol, Iniesta y todos es un equipo del siglo XXI, muy diferente a todos aquellos que le precedieron cuyos argumentos se reducían a una épica que siempre terminaba en tragicomedia en el mejor de los casos. En Durban ante Alemania venció la España del Tiki-taka, una España de obreros, por muy brillantes que sean, del balón. Tienen calidad, fuerza e imaginación, pero sobre todo son laboriosos y constantes. Brasil, durante muchos años fue un equipo que convertía el fútbol en realismo mágico, como hubiera hecho García Márquez. Casi siempre ganaban o se quedaban muy cerca. Hasta que llegó un tal Dunga, un entrenador italianizado, que quiso convertir el realismo mágico en neorrealismo italiano. Por supuesto, fracasó en Sudáfrica.

El fútbol, decían hace años, era un juego-deporte que inventaron los británicos y en el que casi siempre ganan los alemanes. Era una definición, exagerada, pero no exenta de precisión. Desde que España ganó la Eurocopa de 2008 a Alemania en Viena, España se ha convertido en ese trasunto alemán que es quien ahora gana. Si vence a Holanda en la final será la confirmación. Quizá todo no se quede en el fútbol. En los años –cercanos- del auge económico, muchos en Europa y en América, decían que los españoles eran los alemanes del sur. Lo afirmaban porque las empresas, los bancos y también los trabajadores demostraban una y otra vez su eficacia y seriedad. Las cosas han cambiado algo por culpa de la crisis y la administración de los problemas, pero no se ha olvidado. España tiene graves problemas económicos, con cuatro millones de parados, pero también los bancos españoles están mucho mejor que los del resto de Europa y del mundo y muchas empresas españolas están en la vanguardia de la globalización. Es la consecuencia, que tarda en florecer, del Tiki-taka aplicado a casi todo y el mejor ejemplo es el fútbol. Las gestas imposibles son muy heroicas, pero también por eso imposibles. El Tiki-taka quizá sea menos vistoso, que no menos brillante, pero es mucho más efectivo, porque su secreto hay que buscarlo en el trabajo permanente, la constancia y la laboriosidad, interpretada eso sí, por obreros del balón muy brillantes y con capacidad técnica excepcional. La imaginación hay que dejarla para las celebraciones.

El fútbol español, por fin, hace historia en Sudáfrica. Hay ilusión, por lo menos hasta el miércoles, poco más que el tiempo de vida de este post, que quizá sea algo largo y duro, pero la realidad es como es. La crisis no se olvida, pero se aparca unos instantes. En medio de los éxitos futbolísticos, Hacienda publica los datos de la campaña de la renta de 2008. Las conclusiones son tremendas. España puede ser una potencia del balón, pero si los datos del fisco son ciertos, se trata sobre todo de un país de pobres o de defraudadores. Una de dos. No otra explicación posible. En 2008, los españoles presentamos 19,38 millones de declaraciones del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, el famoso IRPF. En total pagamos 63.585 millones al erario público. Hasta aquí todo más o menos normal. Las sorpresas llegan cuando se comprueba que el 98% de los contribuyentes declaran ganar menos de 60.000 euros al año. Todavía más llamativo es que el 81% afirma, ante Hacienda, que ingresa menos de 30.000 euros al año. De todos ellos, casi 13 millones son más o menos mileuristas y uno de cada tres españoles, es decir, unos siete millones, jura y firma ante el erario público que no llega a los 900 euros al mes. Nadie puede extrañ*** que, en esas circunstancias, sólo 8.000 españoles admitan ganar más de 600.000 euros al año. Es evidente que se trata de un país de pobres –en términos europeos, porque en África 900 euros pueden ser una fortuna- o de defraudadores.

Las cifras de Hacienda, como ocurre todos los años cuando se publican, sorprenden y mucho. No es ningún secreto que cada día hay más mileuristas y similares. Salarios bajos y contratos precarios están demasiado extendidos. Por eso, el que pueda haber 13 millones de españoles que pugnen por superar la barrera del mileurismo no llama la atención. Quizá no entren en la definición de pobres, pero desde luego no son ricos. Tampoco lo son quiénes ganan entre 2.000 y 2.500 euros al mes. Están en una posición mucho más desahogada que los anteriores, pero también muy lejos de vivir en la abundancia. Más datos: sólo el 4% de los españoles confiesa ante Hacienda que gana más de 60.000 euros al año y apenas el 0,5% -sí, el 0,5%- más de 150.000 euros al año. En total, no llegan a 90.000. Comparados con los mileuristas, son bastante ricos, incluso muy ricos, pero cuando se ponen al lado de los que ganan más de 600.000 euros, empalidecen. Y hay otros que todavía ganan más.

El gran misterio es que aunque la inmensa mayoría de los españoles, según Hacienda, gana poco o muy poco, en 2008 –el año de esos datos- nada menos que 2,2 millones de fincas, rústicas y urbanas, cambiaron de manos en España. Por ejemplo, 550.000 viviendas fueron objeto de compra-venta, y eso antes de que estallara lo duro de la crisis y empezaran a caer los precios en el sector inmobiliario. Y algo parecido había ocurrido, corregido y aumentado, los años anteriores. Es cierto que los bancos españoles financiaron, a veces sin pedir muchas garantías, infinidad de operaciones inmobiliarias, a promotores y particulares. También es evidente que, en España, la solidaridad familiar actúa como red de seguridad y como fuente de financiación alternativa y barata. Por último tampoco se puede olvidar el ahorro como origen de los fondos utilizados para el boom inmobiliario. A pesar de todo, es difícil explicar la burbuja inmobiliaria si los datos de Hacienda son ciertos, aunque sólo sea en líneas generales. La conclusión, por dura y dolorosa que sea, parece evidente. En España ha habido –y quizá haya- ingentes cantidades de dinero que eluden al fisco. Hacienda controla, hasta el último euro, a los asalariados y a casi todos los trabajadores dependientes. Nadie que viva de una nómina puede escapar al control del gran hermano fiscal. Sin embargo,  también hay cientos de miles de españoles que pueden obtener rentas, o una parte de sus rentas, al margen de los circuitos que controla el fisco. No es ningún secreto. Es difícil controlarlo, pero no imposible. El Gobierno amenaza con nuevos impuestos a los ricos de la nómina. Nadie se lo discutirá, pero es más opinable que existan circuitos paralelos que viven casi al margen del fisco y que si contribuyeran España también tendría menos problemas económicos y, sin ir más lejos, las pensiones estarían más garantizadas y también los servicios públicos. Ahora, sin embargo, nos tenemos que conformar con ser un país de pobres o de defraudadores.

El presidente Zapatero era, en sus tiempos de oposición, jugador de ajedrez y lector de Borges. Quizá ya no tenga tiempo para ninguna de las dos cosas. También es probable que hace tiempo concluyera la lectura de las obras del argentino y que, ahora, las repase de vez en cuando. Es más complicado que pueda dedicarse al ajedrez. Requiere mucha calma y mucha concentración y, sobre todo, nada de prisas. Zapatero, sin embargo, retiene muchas cosas de su antigua ambición. En los últimos tiempos ha rectificado con frecuencia y, sobre la marcha, que es algo que nunca haría un buen jugador de ajedrez. Hasta Felipe González le ha afeado su volubilidad. A pesar de todo, el presidente siempre ha intentado diseñar, a medio y largo plazo, como un jugador de ajedrez sus estrategias. Uno de los problemas es que en los últimos tiempos no ha conseguido aplicar casi nunca esos métodos, pero no los ha olvidado, ni aparcado en el desván.

La sentencia sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña parece haberle dado la oportunidad a Zapatero de recuperar el gambito, una jugada defensiva en el ajedrez, pero cuyo objetivo último es preparar el posterior ataque y la victoria definitiva. Ahora, el gambito de Zapatero, que siempre es una estrategia de paciencia, consiste en convencer a todos de que la sentencia también es buena para todos, catalanes y no catalanes, y al mismo tiempo sentar las bases de su estrategia futura. Su oferta, más o menos concreta, de impulsar una futura reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial para recuperar por esa vía algunos de los recortes impuestos por el Tribunal Constitucional, que todavía preside María Emilia Casas, al Estatuto de Autonomía. En definitiva, se trataría de utilizar una especie de puerta de atrás, discutible, pero también legal. Para Zapatero –y ese sería su gambito- tendría la ventaja de que esa Ley Orgánica, que requiere mayoría absoluta, tendría que ser aprobada en el Congreso de los Diputados, casi con toda probabilidad con la oposición del PP de Mariano Rajoy. Los socialistas y, sobre todo, los socialistas catalanes tendrían así otra oportunidad para volver sus críticas contra los populares y volver a desgastarlos. Y en el peor de los casos, Zapatero hace su oferta y despeja hacia delante. La tramitación parlamentaria, que puede ser larga, ya no depende sólo de él. Todo muy maquiavélico, muy propio de un jugador de ajedrez.

Ahora casi todo es histórico. Mejor dicho, casi todo es excesivo, hasta los calificativos. España ganó a Portugal en Sudáfrica, en el fútbol, que dicen que es lo importante. En política, al mismo tiempo, José Montilla, andaluz de Iznájar, transmutado en catalán de pro, fue quien perdió. La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña es un bofetón en toda regla en la cara política del todavía presidente de la Generalitat de Cataluña. Montilla no quería que hubiera habido sentencia de Tribunal hasta después de las elecciones catalanas previstas para el próximo otoño. Temía una sentencia como la que ha habido que, por otra parte, era inevitable. Los juristas, de izquierdas y de derechas, autonomistas e independentistas, lo tenían muy claro. El Estatuto puede ser legítimo y haber sido votado en referéndum, pero también tenía –tiene- unas cuantas partes inconstitucionales. El que haya tenido más o menos votos no cambia nada. Casi todo es posible, incluso cambiar la Constitución. Nadie lo descarta. Lo que resulta más complicado es hacer constitucional algo que no lo es. No es un problema insoluble, pero las soluciones hay que buscarlas por otros caminos. El problema de Montilla, sin embargo, es otro. Teme perder las próximas elecciones. Desde el más rancio socialismo se convirtió al nacionalismo catalán, un maridaje –como se dice ahora- complicado, casi imposible. El socialismo auténtico siempre huyó de nacionalismos más o menos excluyentes que, sin embargo, también tienen su legitimidad. Montilla quería poder y, por eso, vendió su alma socialista al nacionalismo. Ahora, esa postura le pasa factura, por mucho que intente hablar en catalán, a ser posible con un papel –guión- delante. La sentencia del Tribunal Constitucional es un torpedo contra la línea de flotación del presidente de la Generalitat. Ese es su problema

 

España gana a Portugal y en Cataluña celebran, no sin imaginación, que un equipo lleno de jugadores del Barça gane a otro –Portugal- con jugadores del Madrid. Esa es la realidad, le guste a Montilla o no. Los socialistas de Zapatero, teóricos compañeros de Montilla, y los populares de Rajoy han respirado, por fin, con la sentencia del Tribunal Constitucional. Es una forma, aunque complicada, de pasar página a un asunto envenenado, un asunto de políticos y muy alejado de la gente, de la calle, del día a día. Los catalanes, que no son uno de los pocos pueblos del mundo –si no el único- que celebran con éxito una derrota, en forma de “diada” cada 11 de septiembre, ahora incorporarán a su imaginario colectivo y como referente mítico el recorte del Estatuto. “Era lo que queríamos ser y no nos dejaron”, dirán durante los próximos decenios. Para Artur Más, de CiU, y para Joan Puigcercós, de Esquerra, será un argumento. Para José Montilla, andaluz y socialista catalán, será su fracaso, mientras Villa marcaba goles y España ganaba. En resumen, España gana, Montilla pierde. Así de sencillo, y de complicado…

Un dicho gitano afirma que "pleitos tengas y los ganes". No habla de las deudas, que hay que pagarlas. España tiene que pagar en el mes de julio la friolera de 24.663 millones de euros. En cristiano, esa es la cantidad de préstamos -por distintos conceptos- que vencen. En resumen, hay que apoquinar esa cantidad. Como España no la tiene -mejor dicho, no la tiene toda, porque si tiene una hucha de unos 10.000 millones- tiene que volver a endeudarse. Es decir, pedir prestado ese dinero a los bancos -españoles y del resto del mundo- y a los ciudadanos. La fórmula es vender unos papelitos, llamados deuda pública en sus distintas modalidades -letras, bonos y obligaciones-, por los que ofrece un interés, que luego, claro, tiene que pagar, además de devolver la totalidad de lo pedido. El dinero que España obtiene de esa manera se lo gasta, sobre todo, por dos vías: 1) para pagar deudas -préstamos- anteriores, 2) para atender a sus necesidades diarias, el funcionamiento del Estado, el pago de los subsidios por desempleo, las mil y una subvenciones y -aunque hay caja aparte- también las pensiones.

La deuda pública española asciende a unos 600.000 millones de pesetas, según los datos obtenidos -elaboración propia- a partir de los registros del Banco de España. En 2004, cuando José Luis Rodríguez Zapatero accedió al poder, esa misma deuda era de 380.000 millones de pestas e iba en descenso, en relación con el PIB, desde 1999. Eso quiere decir, a grosso modo, que la deuda de Zapatero es de unos 220.000 euros, acumulada en 6 años. Significa acumular una deuda diaria de unos 100 millones de euros, o lo que es lo mismo, más de 16.000 millones de las antiguas pesetas. Sobran los comentarios. Zapatero ha demostrado que es fácil, muy fácil, aumentar la deuda. Deber cada día más es fácil, siempre y cuando, los deudores te lo permitan. Ese es el problema, los deudores de España empiezan a tener dudas de que les podamos pagar y nos convirtamos en morosos. Así de simple y así de sencillo. Ese es uno de los grandes problemas económicos de España. Otro, tan grande como el anterior es que si el Estado debe mucho, los particulares, empresas y familias, todavía deben más y claro, existen dudas de que esas deudas se vayan a pagar. La transposición de la filosofía gitana sería una bendición si hubiera segurida de que se cumpliría: "Deudas tengas y las pagues".

Todo estaba muy bien organizado. Por la parte de la política y por la del negocio. El PP había anunciado que Mariano Rajoy presentaría las grandes líneas de su proyecto económico el viernes, 25 de junio, en el hotel Ritz de Madrid. El líder del PP aprovechó el llamado Forum Europa, promovido por la empresa Nueva Economía Forum, que se dedica a organizar sobre todo desayunos de trabajo de políticos, empresarios y personajes de la sociedad. El auditorio, que a veces llega a ser de dos o tres centenares de personas con derecho a desayuno o almuerzo -invitados, of course-, está formado por más políticos, empresarios, financieros, notables de todo tipo y periodistas, bastantes periodistas. La sistencia o no a estos actos incluye una suerte de sutileza, complicada de percibir. Algunos acuden invitados por el ponente. Muchos -sobre todo cuando es un politico- porque es su jefe. Empresarios y financieros se dejan ver cuando comprenden que el político de turno espera verlos y piensan que su presencia a su lado no les perjudica. Todo muy sutil. El artífice de todo es José Luis Rodríguez, también conocido de forma cariñosa como "El Puma", por aquello de la coincidencia de nombre con el cantante venezolano de cabellera impresoinante y autor de aquello de "Boomerang".

El José Luis Rodríguez español, "El Puma", es un personaje hábil y muy trabajador, con la capacidad y la influencia necesaria para conseguir que al Foro que preside acuda casi todo el mundo, con independencia de adscripciones politicas o sociales, desde Mariano Rajoy a José Blanco, Patxi López o incluso el presidente de México. Hay unos patrocinadores que financian los gastos del acto -el desayuno o el almuerzo- y la infraestructura y, además, dejan un margen de beneficio, como es lógico. A cambio, obtienen una más que importante notoriedad, mayor cuanto más importante sea el protagonista de cada ocasión. En el caso de Rajoy o Blanco, por citar los ejemplos más cercano, bastante grande. En el desayuno de Mariano Rajoy, en el que hubo que habilitar varios salones del hotel Ritz y se sirvió como siempre, café o té, zumo de naranja, bollería y una especie de mini-sandwiches enrollados, los patrocinadores fueron las compañías Asisa, BT (British Telecom) y Red Eléctrica de España. El patrocinio, por supuesto, incluye que los responsables de esas empresas se sientan en la mesa presidencial, lo que les permite salir en casi todas la fotos, hablar con el invitado y, en algunos caso, incluso pronunciar unas palabras. Todo de acuerdo con un ritual establecido ya por la costumbre y que todos respetan.

Es la otra crónica de la presentación de los proyectos económicos de Mariano Rajoy. El líder de la oposición los expuso, como siempre, en la habitual jerga de la retórica politica que, en muchas ocasiones, enmaraña lo que pretende decir. Es algo deliberado, para poder explicar, en caso necesario, que nunca dijo lo que se le interpretó. Lo dijera como lo dijera Rajoy planteó la necesidad de reformar el sistema financiero. Bancos y cajas de ahorros tienen que reconocer, de una vez por todas, su verdadera situación, tengan pérdidas o beneficios. Además, aunque lo enmascara, plantea la privatización de las Cajas de Ahorros. También quiere que la Constituciòn prohíba el déficit público más allá de un cierto límite. Partidario de la reforma laboral, elude, sin embargo, concretar en qué casos se generalizaría el despido con 20 días de indemnización. Defiende la unidad del mercado español y critica el exceso de administraciones. Es decir, no le gusta el actual entramado autonómico, pero tampoco quiere decirlo así. No quiere ni oir hablar de gobiernos de coalición con Zapatero de presidente. No se fía, y en eso tiene menos pelos en la lengua. Por último, quiere lanzar el mensaje optimista de que España saldrá de la crisis y que él y el PP están dispuestos a gobernar en cualquier momento. Lo prometido, la otra crónica de un Rajoy en campaña, en el foro de "El Puma", el verdadero triunfador del desayuno del viernes 25 de junio y de tantos otros.

(Nota para los morbosos: Entre los asistentes, la plana mayor del PP: Dolores de Cospedal, Soraya Sáenz de Santamaría, Esperanza Aguirre, Alberto Ruíz Gallardón, Esteban González Pons, Pío García Escudero, Cristóbal Montoro, Baudilio Tomé (el inspirador de las palabras de Rajoy), Alvaro Nadal, Fátima Báñez. Empresarios y financieros: Alfredo Sáenz (Banco Santander), Angel Cano (BBVA), Florentino Pérez, José Manuel Entrecanales, Luis del Rivero, Rafael Villaseca, Rodrigo Rato -como presidente de Caja Madrid y como militante del PP-, José Luis Olivas, Juan Carlos Ureta, Luis Isasi, Fernando Bécker, etc, etc, etc, aunque otras veces hubo más notables)

El Tribunal Constitucional que preside María Emilia Casas parece que está a punto de dictar una sentencia sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Por lo menos, eso es lo que dicen los jerifaltes del PSOE y del PP. Para que todo se complique, también lo niegan los mandamases de los socialistas catalanes, con José Montilla, catalán de Iznájas (Córdoba) y presidente de la Generalitat a la cabeza. En resumen, todo es posible. En el Tribunal Constitucional, ahora mismo, hay once magistrados, aunque uno no cuenta para este asunto, porque está recusado.Es Pablo Pérez Tremps. De los diez restantes, cinco los nombró en su día el PP, cuatro el PSOE y uno CiU. Elisa Pérez Vela, elegida en su día por el PSOE, presentó varias veces una ponencia que declaraba varios articulos del Estatuto inconstitucionales, pero salvaba el resto. El pleno del Tribunal tumbó una y otra vez las propuestas de esta magistrada que, como el resto. cobra 138.114 euros brutos al año.

El fracaso de Pérez Vela hizo que la presidenta Casas -148.342 euros de salario bruto anual- encargara una ponencia al vicepresidente -salario similar- Guillermo Fernández Sánchez, que fue uno de los que llegó al alto tribunal de la mano y de los votos del PP. Hombre trabajador, se aplicó en la tarea y en pocas semanas tenía listo un proyecto de sentencia, que también declaraba un puñado de artículos inconstitucioales. El resto del Tribunal tenía que votar. El PP que lidera Rajoy y el PSOE que dirige Zapatero dicen que respetan la independencia judicial y la división de poderes. A pesar de eso, los responsables del PP sugirieron o comentaron a los miembros del Constitucional que llegaron con sus votos que deseaban una sentencia rápida. Es cierto que no les dijeron, de forma explícita, qué debian votar. En su día, el Gobierno del PSOE tampoco le dijo a los magistrados que le son más afines qué debían hacer. Ahí están, sin embargo, las imágenes en las que la vicepresidenta De la Vega recrimina a Maria Emilia Casas por cómo va el asunto del Estatuto.

Los magistrados del Constitucional que escucharon que el PP deseaba una sentencia más o menos rápida siguieron a lo suyo. Hay quienes dicen que la rivalidades en la carrera judicial tienen la culpa de todo. También que el magistrado Manuel Aragón Reyes, elegido por con los votos del PSOE, se haya desmarcado de forma sistemática de los deseos -nunca instrucciones- gubernamentales. Siempre quedará la duda. Lo cierto es que los magistrados más partidarios del PP al final no secundaron la propuesta de sentencia de Guillermo Jiménez y que Manuel Aragón, con su voto, impidió que saliera adelante lo que proponía Elisa Pérez Vela. También es cierto que la presidenta Casas, más bien de procedencia socialista, le dió varias oportunidades a Pérez Vela y sólo una a Jiménez. En cualquier caso, es evidente que son peleas politicas y peleas de jueces entre sí. El Estatuto de Autornomía de Cataluña puede ser Constitucional o no, aunque la bronca judicial indica que hay muchos puntos poco claros desde el punto de vista constitucional, haya sido votado en referendum o no. De lo que hay ninguna duda es de estado real de la Justicia española, que a veces parece una Justicia imposible, sobre todo cuando socialistas y populares y también el resto de partidos políticos intentan enredar todo lo posible, a su favor, claro está. .

Lo último de lo último es que en el PP quieren una sentencia cuanto antes y pasar la página del Estatuto catalán. Los socialistas, en el fondo, también desean algo parecido. Su problema es que Montilla y los socialistas catalanes -que presumen de autonomía en la familia socialista- esperan que no haya sentencia nunca, porque creen que cualquier dictamen del Constitucional les perjudican. Ellos, a pesar de todo, también saben que el Estatuto encaja con dificultad, o no encaja, en la Constitución. Una sentencia que declare algún artículo inconstitucional -y eso es inevitable- les pone entre la las urnas y la pared. Y, claro, no quieren beber ese cáliz.

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