De la liberación de Albert Vilalta y Roque Pascual en el duro desierto del Sáhara, me impresionó las bromas que tuvo el segundo con Omar el Saharaui cuando les informaron de su puesta en libertad. Las caras son el espejo del alma. Mientras Vilalta sonríe un tanto forzado y con su mirada pide a gritos que se acabe el infierno, Pascual se muestra locuaz ante la cámara que les graba. De inmediato me vino a la cabeza la foto que les hizo Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) unas pocas semanas después del rapto y que tantas veces se publicó en España hasta que se produjo la liberación: Vilalta fulmina con su mirada al fotógrafo mientras se encuentra postrado en una camilla recuperándose de los balazos que recibió. Pascual, por su parte, tiene una pose más participativa, aunque en su cara se notan los primeros rigores del desierto en forma de pérdida de peso. 

Los dos han pasado la peor experiencia de sus vidas y estos días me he preguntado varias veces qué actitud tendría yo en una situación similar. ¿Intentaría llevarme bien con los captores o, por el contrario, me enfrentaria a ellos con la indiferencia y el desdén? Difícil elección para un período tan largo como fueron sus nueve meses en el Sahel.

El otro síndrome de Estocolmo que he percibido estas últimas semanas es el de España con Marruecos. Siempre he sido partidario de llevarse bien con ellos, pero las provocaciones y actuaciones de Rabat en los últimos años me preocupan enormemente. Creo que la paciencia de Zapatero y Moratinos tiene que tener un límite. Eso sí, sin llegar al ardor guerrero que profesó Aznar en sus años de gobierno. En la mitad de una y otra política debe estar la virtud. 

No me negarán que hubiera sido de guasa que Barack Obama hubiese venido por primera vez a España como presidente de Estados Unidos para echarse en una tumbona bajo el sol marbellí. A principios de año, el mandatario estadounidense le provocó a José Luis Rodríguez Zapatero lo más parecido a un cólico nefrítico cuando canceló su visita a nuestro país en mayo para la cumbre UE-EEUU. Era el acontecimiento planetario del año y se quedó en un desplante de proporciones galácticas.

El motivo que arguyó en aquel momento era que tenía una agenda interna muy intensa y delicada como para salir al extranjero cada mes o dos meses, así que le dejó a Zapatero con un palmo de narices, descompuesto y sin novio para la esperada foto en la Moncloa.

Lo que no me cuadra de toda la historia de los Obama en Marbella es que él no vaya a venir finalmente. Tengo mis serias dudas y no me extrañaría que en el último momento, hiciera una pirueta mediática para plantarse en Marbella de improviso.

¿Por qué digo esto? O bien Michelle y su hija Sasha llegan a la ciudad malagueña a ultimísima hora del 4 de agosto, o no me creo que la esposa y la hija del presidente le vayan a dejar a este último sólito en la Casa Blanca el día en el que cumple 49 años.

No conozco ninguna familia en la que al padre se le abandone tras soplar las velas por la mañana, así que lo dicho: o Michelle y Sasha llegan a Marbella el 4 de agosto con noche ya cerrada o al día siguiente con las primeras luces de la mañana.

En todo caso, la promoción que van a hacer los Obama de Marbella, Andalucía y España como destino turístico va a ser impagable. Ninguna promoción oficial puede lograr el impacto de una visita tan glamurosa como ésta. Y si no, que se lo pregunten a Granada tras la famosa visita de Bill Clinton. O a Pamplona, que no sería la misma si Ernest Hemingway no la hubiera incluido en sus libros.

En fin, una poderosa visita que será recordada durante mucho tiempo. Por lo menos como la película 'Bienvenido, mister Marshall' de Luis García Berlanga, cuyo primer estribillo decía: ¡Americanos, os recibimos con alegría!

El debate sobre el estado de la nación acabó, según mi humilde parecer, en tablas. Ni Zapatero ni Rajoy se pueden haber ido a la cama satisfechos tras la batalla, pero el primero, al menos, se salvó de la quema.

Lo más sorprendente, a mi juicio, es que el presidente del Gobierno se sobrepuso a una intervención inicial plana, espesa y sin chicha con dos réplicas al líder de la oposición que sorprendieron a la bancada popular y que certificaron el dicho de que la mejor defensa es un buen ataque. Dicho ataque consistió en afear a Rajoy que el PP, durante los años de bonanza, no mimara a pensionistas y funcionarios como lo hizo el PSOE antes de esta crisis; o que el principal partido de la oposición se esconda cada vez que hay que posicionarse con alternativas sobre una medida antipática. 

Zapatero logró envalentonar a los suyos, algo por lo que no apostaba nadie después de escuchar la intervención inicial del presidente. Creo que Rajoy se dejó llevar por la euforia que vive el país y la debilidad inicial de Zapatero para responderle con unos buenos modales que, a la postre, le fueron insuficientes para vencer en el debate. Debía haber ido a la yugular con firmeza, sin exabruptos y con las cifras preocupantes en la mano, y al final se encontró que el que iba al ataque era su contrincante.

En fin, un empate que a los socialistas les viene como anillo al dedo y que a los populares deja mosqueados ante la llegada del verano. Y en política, cuando se deja pasar oportunidades acabas en el baúl de los recuerdos. 

Esta noche me ha costado dormir por la canícula madrileña y las emociones fuertes de la Selección. Con tanta vuelta de un lado al otro de la almohada, empecé a pensar que tenía que rebajar la euforia interna si quería conciliar el sueño. Hoy deambulo como muchos otros españoles y tras leer apasionadamente la prensa, me preocupa ese grado de euforia que veo en la gente y que tanto me costó en soltar.

Creo que el victimismo de Holanda es peligrosísimo. No paro de recordar los casos de Argentina o Alemania, dos escuadras que hincaron la rodilla cuando más envalentonados estaban.

Si fuera Vicente del Bosque, no pararía de recordar que todavía no se ha ganado nada. Y la nada supone un bofetón antológico, el olvido, el aparecer como los que perdieron cada vez que se rescate la final en resúmenes de televisión.

Me da miedo esa euforia y que los políticos empiecen a vender la piel del oso antes de cazarlo. A ver si conseguimos dormir un poco y animamos con la humildad y la boca pequeña que requieren este momento tan especial. 

Percibo una preocupante tendencia en el presidente del Gobierno. Le encuentro a la defensiva, tenso ante las cámaras, como obligado a pasar un vía crucis, sin la vitalidad desbordante de sus primeros años de gobierno. Y no tanto por el decaimiento físico que algunos airean a la primera oportunidad, sino por sus decisiones y comentarios políticos de estas últimas semanas.

Primero fue la obviedad -que ningún gobernante debe admitir en público- de que el Gobierno ha sido el que menos ha ayudado al prestigio de España en el exterior. Luego presentó una reforma laboral que peca de muchas imprecisiones para la negociación parlamentaria, cuando lo sensible del asunto aconsejaba mostrar ideas claras. A continuación, se echa para atrás en la subida de la luz en aras del consenso con el PP, algo que será bien agradecido por la ciudadanía pero que muestra signos de debilidad.

De ahí que en menos de 24 horas, el partido de Mariano Rajoy se ponga a la ofensiva con mensajes fuerza como cambios en la Constitución o la posibilidad de un gobierno de concentración... sin Zapatero, lo que indica que en Génova podrían aceptar otro socialista. ¿Quizás Solana como se viene hablando últimamente?

Zapatero debería explicar mejor las cosas y disipar incertidumbres, como le advierte Felipe González cada vez que puede, ya que muchos se están preguntando qué horizonte nos espera, qué otros sacrificios son necesarios, qué de sinceridad hay en las palabras del presidente. En definitiva, quo vadis Zapatero? 

Ha acabado la primera fase del Mundial de fútbol, pero no hablaré de España. Me quiero centrar en un dato muy curioso que nadie le ha prestado atención hasta ahora: ninguna selección ha remontado cuando le han metido un gol. A lo sumo, han empatado -caso de México o Italia, por ejemplo-, pero nunca han olisqueado la victoria. Es algo muy sintomático y me viene como anillo al dedo para preguntarme si Zapatero remontará el gol -o más bien los goles- que se está metiendo en su portería con tanto recorte social.

Cada día tengo más seguro que el presidente del Gobierno ha tomado el camino del medio que, a mi juicio, es el de la inmolación política. A base de medidas impopulares, de cambiar de discurso a mitad de legislatura, de explicar la realidad a los ciudadanos con pelos y señales, por dura que sea, se está cavando su propia tumba.

Si hace dos meses las personas de su entorno daban por seguro que se volvería a presentar a la reelección en 2012, ahora me cuesta encontrar a alguien que lo apoye con vehemencia. Queda mucho tiempo para los siguientes comicios, pero aún sí me cuesta imaginar un cártel electoral del PSOE con Zapatero pidiendo el voto -y la confianza- de los españoles. 

Las deliberaciones del Tribunal Constitucional sobre el Estatut catalán han entrado en su fase final tras casi tres años de ponencias, discusiones y sentencias fallidas. Así nos dio la impresión a mí y a otras dos periodistas en una amena conversación que tuvimos con la presidenta del alto tribunal, María Emilia Casas, el pasado 27 de mayo en la recepción de la Embajada de Georgia, que se celebró en un céntrico hotel madrileño.

Casas llegó al acto como siempre. Silenciosa, casi de puntillas y con ese punto de melancolía en sus ojos, pero nos sorprendió su firmeza a la hora de ver cercano el parto de los montes.

No voy a desvelar ninguna noticia que no se sepa, pues la agencia Europa Press se encargó -y muy bien- de dar publicidad a lo hablado con Casas, pero me quedo con su afirmación de que habrá sentencia antes del verano sí o sí, bien con su propuesta que va a presentar el 10 de junio a sus compañeros de tribunal o bien votando uno a uno cada artículo del texto catalán. No hubo un atisbo de duda en sus palabras, lo que nos dejó muy claro de que en esta ocasión saldrá una decisión. De ahí el consabido miedo de los socialistas catalanes a que la sentencia contamine la precampaña electoral en Cataluña. Ha llegado la hora de María Emilia Casas. 

Me encuentro entre los sufridores periodistas que se han tenido que leer a toda prisa cientos de páginas del sumario del caso Gürtel. En total, dos tomos. Cada uno con más de 400 páginas y todavía no me explico cómo no han rodado cabezas dentro del PP.

La cascada de pruebas incriminatorias me parecen de tal calibre que ni el mejor de los abogados podrá salvar a los principales imputados de la trama. El que no haya dimisiones o destituciones me parece muy preocupante, máxime cuando la responsabilidad política.

El PP, que llegó al poder en 1996 prometiendo tolerancia cero con la corrupción, debería de dar ejemplo, aunque fuese en beneficio de la joven democracia que tenemos. A este paso vamos a llegar pronto a la altura de los políticos italianos, que se atornillan en la poltrona incluso con condenas judiciales en su contra. Las sentencias allí les entran por un oído y les salen por el otro. Algo parecido a lo que se ha vivido en Génova tras el apabullante sumario del caso Gürtel.

Me incluyo entre los admiradores del actor Willy Toledo. Creo que su cruzada en favor de los manteros fue muy oportuna y su apoyo a la activista saharaui Aminatu Haidar me pareció excelente, pero sus palabras sobre el disidente cubano Orlando Zapata han sido un despropósito delirante. Ni en IU se atrevieron a tanto cuando este modesto albañil falleció tras una prolongada huelga de hambre.

Pero lo que más me ha dolido es su insistencia en que los medios de comunicación han tergiversado sus palabras, al quedarse únicamente en la afirmación de que Zapata era un "preso común" y que -según vino a decir- su obcecación le llevó a la muerte. En este país se está implantando la penosa costumbre de poner en el disparadero al periodista, al informador, cuando alguien quiere rectificar una metedura de pata y no se sabe cómo hacerlo. Grave error el de Willy Toledo. Quizás la próxima vez debería pararse a pensar lo que va a decir.

Desde el 23 de noviembre de 2009, tres días después del siempre tenso 20-N, se ha cerrado a la visita pública la basílica del Valle de los Caídos por obras de conservación. Sólo permanece abierto el recinto y el primer vestíbulo de la basílica, es decir el espacio de la entrada en la que se encuentran la tienda y la librería. Además, Patrimonio Nacional anuncia que por motivos de mantenimiento y conservación de los grupos escultóricos, la base de la Cruz está cerrada al público, así como el servicio del funicular, que está "suspendido hasta nuevo aviso".

Cada dia estoy más convencido de que ha empezado la cuenta atrás para el cierre/reconversión de la obra faraónica del dictador Franco. En noviembre escribí un artículo 'El ocaso del Valle de los Caídos', en el que explicaba que la decisión de digitalizar el registro de muertos se unía al progresivo deterioro del conjunto arquitectónico. Cuando hice el reportaje ya estaba cerrado el camino a la Cruz por culpa de desprendimientos, así como el acceso a la base de la Cruz por la caída de objetos de los cuatro Evangelistas, al triforio que circunda la cú*** de la basílica y al órgano mayor.

No llevará mucho tiempo para que el Gobierno se plantee qué hacer con el Valle. 

Visité Haití hace un año y medio acompañando al ministro de Exteriores en una gira iberoamericana. Aquellos recuerdos de Puerto Príncipe me asaltan cada día que pasa desde que la tierra engulló a miles de ciudadanos de este país, el más pobre del continente hermano pero con una gente sana y alegre como pocas.

Paseé por las calles de Puerto Príncipe. Ví el Palacio Presidencial de cerca y me alojé en el hotel Montana donde cientos de personas han encontrado la muerte hace unos días. Recuerdo el museo-monumento dedicado a los próceres de la patria (Haití fue 1802 el primer país del continente después de Estados Unidos en independizarse) y que me imagino que ha quedado sepultado bajo escombros. 

Entré en la hermosa catedral de la ciudad, abarrotada de gente como el día del terremoto, con su color rosado que la hacía tan diferente a otras que podemos ver en Europa. Y me emociono rememorando aquel paseo en busca de libros, sacerdotes o personas ligadas al vudú, que me permitió comprar una preciosa estatuilla en la que aparece un haitiano contorsionado, simbolizando las sucesivas reencarnaciones en las que creen aquellos que practican esta religión de origen africano. Por eso, espero y ansío con volver a ver a una Haití reencarnada, más fuerte si cabe, del cataclismo que han vivido sus habitantes. Volveré algún día allí.

He estado una vez en Cuba hace tres años y pude palpar las ansias de cambio y apertura entre los jóvenes. Para muchos de los que me encontré, el único obstáculo que impedía el que Cuba se abriese al mundo eran los hermanos Castro. Y sigue siendo así. Por eso me preocupa el giro que le quiere dar España a las relaciones entre Cuba y la Unión Europea. La posición común de los Veintisiete es el último texto declarativo a nivel europeo en el que se defiende con firmeza un futuro democrático para la isla. De ahí que el Gobierno va a tener que hilar fino, finísimo, para conseguir un texto que contente a todos: desde el ala dura del castrismo a los países de la órbita ex soviética que tan beligerantes son con el régimen cubano.

He de reconocer que la ministra de Defensa cuenta entre sus habilidades con la capacidad política para evitar los charcos más peligrosos que se encuentra en el camino. Al término de una semana de ataques de la insurgencia talibán contra las tropas españolas destinadas en Afganistán, en la que milagrosamente sólo ha habido bajas leves, Chacón ha desactivado la alarma social y la preocupación de los partidos sin desgaste alguno.

No ha convocado ruedas de prensa, dio su versión de los hechos en una entrevista a Antena 3 en horario de marujas y ha pedido comparecer en el Congreso para explicar la situación en la que viven las tropas. Es decir, ha ganado tiempo siguiendo a pies juntillas la premisa de que lo mejor para calmar las aguas es pedir una comparecencia en el Parlamento.

Por cierto, que lo de no enfrentarse a los periodistas cara a cara en una rueda de prensa se ha convertido en su mejor defensa para mantener sin mácula su estrella política. Desde que asumió su cargo hace un año y medio, apenas ha convocado a los periodistas a dos ruedas de prensa en su ministerio de la Castellana. 

Esta semana he visto con un poco de incredulidad las críticas que desde el PP se han lanzado contra el ministro Moratinos por su visita a Gibraltar. Creo que son infundadas, más propias de otra época. En diciembre de 2007 publiqué un reportaje  titulado 'Gibraltar empieza a ser español' en  el que hablaba de las intenciones del Gobierno socialista con la colonia británica.

Concluía de la siguiente forma mi texto: "Toda esta política de cooperación no supone que el contencioso quede resuelto para España. Todo lo contrario. El Gobierno mantiene que su reivindicación sobre la soberanía de Gibraltar es “irrenunciable”. Pero mientras llega el momento de la retrocesión –fijada en el famoso Tratado de Utrecht de 1714–, proseguirá la política de la zanahoria con la esperanza de que en un futuro no muy lejano a los gibraltareños no les importe que la Roca vuelva a ser española".

Sigo pensando que la política de la zanahoria es la mejor receta para que Gibraltar vuelva a ser español dentro de 50 o 100 años. Como decía el ministro hay que ganarse las mentes y los corazones de los llanitos, quienes desde el cierre de la Verja profesan un profundo recelo hacia España y en última instancia deberán aprobar en referéndum cualquier cambio de estatus. La generación actual está perdida, pero sus hijos pueden tener la clave. Por ello, la apertura de un Instituto Cervantes en la colonia, la concesión de becas universitarias a los jóvenes gibraltareños, el intercambio empresarial y, en definitiva, la puesta en marcha de medidas que favorezcan el entendimiento y comprensión mutua entre los gibraltareños y sus vecinos españoles, son el mejor camino para que los primeros, algún día, vean con suma naturalidad que les da lo mismo ser británicos que españoles. Y en el mejor de los casos, que les tira más lo español.

La mayoría de los gibraltareños tienen una segunda casa en el sur de España, toman cañas y pinchos en La Línea y ven las televisiones españolas, así que ya se ha avanzado mucho para que nos demos la mano algún día sin odios y resquemores. Cerrando verjas o esperando a que el contencioso caiga como fruta madura con una decisión unilateral de Londres no se conseguirá gran cosa.

El jefe de los servicios secretos estrenó su nueva condición en la embajada americana, que ayer celebró la fiesta conmemorativa del 4 de julio. Empezando por el encargado de negocios de la embajada, Arnold Chacón, todo el mundo se quiso hacer una fotografía con él.

Abrumado por los parabienes, Félix Sanz Roldán explicó a varios periodistas que no se esperaba el ofrecimiento de dirigir el CNI cuando él ya se encontraba "en la prórroga", tras haber alcanzado lo máximo como militar y estar trabajando en Moncloa los últimos meses antes de llegar a la jubilación. Ahora, si no se le tuercen las cosas, estará al frente de los servicios secretos hasta casi los 70 años. 

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