Es increíble cómo se desarrollan las relaciones internacionales en ciertos momentos políticos. En las dos últimas semanas hemos vivido dos conflictos de gran envergadura y complejidad: la intervención militar israelí en la Franja de Gaza y el corte del suministro de gas ruso al este de Europa por la crisis entre Moscú y Kiev. Los dos han tenido sus víctimas, sus daños colaterales, sus arduas negociaciones y, al final, lo que las ha parado ha sido la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. O más bien, habría que decir que ambas guerras empezaron deliberadamente en un momento concreto a sabiendas de que sus protagonistas tenían las manos libres durante unos días hasta la investidura de Obama.

Qué triste realidad, pues. Este comportamiento maquiavélico me hace recordar otros episodios cercanos en la Historia, en los que sus protagonistas se atrevieron a dar un paso adelante cuando sus vecinos estaban despistados en otros menesteres. El pasado verano, por ejemplo, Georgia intentó recuperar la soberanía de Osetia del Sur con un ataque relámpago que se inició en los prolegómenos de la apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín, aunque la aventura le salió mal debido al contraataque ruso. 

En abril de 2003, fue Fidel Castro quien se atrevió a dar un golpe certero a la oposición democrática de la isla. Aprovechando que George W. Bush había ordenado el inicio de la guerra de Irak, el comandante en jefe firmó la misma declaración contra los disidentes políticos. Con Washington mirando hacia Mesopotamia, la Revolución cubana encarceló a los 75 disidentes más molestos para el régimen. Más de 50 de ellos siguen cumpliendo largas penas de prisión. Quizás se tengan que encomendar ahora a Obama.