Una vez que hemos superado el 40 de mayo y nos empezamos a quitar el sayo, he recordado una conversación que tuvimos varios periodistas con ella a finales de abril al término del Consejo de Ministros en el que se aprobó el controvertido mini-trasvase de agua del Ebro a Barcelona.

Era época de contumaz sequía para los catalanes y el Ejecutivo se empeñó en hablar de 'conducción' para salvar la cara ante la Generalitat y no encrespar a los aragoneses. La vicepresidenta se defendía como podía de las preguntas rebuscadas que le hacíamos hasta que en un momento, levantó la mano, paró un segundo y dijo con una media sonrisa: "Además, ¡va a llover!". Varios colegas, entre ellos yo, soltamos una carcajada ante la ocurrencia de De la Vega, que claramente quería zanjar el asunto, perdernos de vista un rato e irse a comer.

Todos queríamos que cayera la ansiada lluvia, pero ninguno imaginamos que nos esperaba el mes de mayo más humedo de las últimas décadas. Pasado este tiempo, ahora deberíamos suplicarla que deshaga el embrujo porque en 40 días se han recuperado los embalses, algunos han tenido que soltar agua y el famoso mini-trasvase se ha evaporado como un azucarillo.