
Mi amigo Santi Etxauz y yo entrábamos, hay que admitir que algo inquietos, en un café del casco viejo de San Sebastián. Teníamos cita con un tipo llamado Jon Salaberría. Debo decir –es importante– que a las cuatro de la tarde hacía sol, algo poco frecuente en esa ciudad y en enero. Este Salaberría, a quien alguno de ustedes quizá recuerde, era por entonces (1996) dirigente de Jarrai, o sea una de las variedades de la mafia vasca aglutinada en torno a ETA. Nos había costado muchas semanas, mucha paciencia y mucha labia convencer a aquel tipo para que se dejase entrevistar por Tiempo, y Santi y yo estábamos, para qué negarlo, algo nerviosos. Él menos que yo, como es lógico, porque, al fin y al cabo, Santi vivía en Bilbao y estaba acostumbrado a lidiar con semejante tropa. Pero yo había viajado desde Madrid nada más que para la entrevista con aquel sujeto.
Que resultó ser, seamos claros, un pesado. Mejor dicho: un plomo integral, un pelmazo de los de tres aspirinas, un "martirio pilón" de hombre incapaz de contestar sencilla y claramente a lo que se le preguntaba. Parecía un procurador en Cortes de cuando Franco. Además, es que le daba igual lo que le preguntásemos: él había ido allí para soltarnos su rollo ideológico-patriótico-victimista-chulesco y para nada más, nuestras preguntas le importaban un rábano. Y aquel rollo era larguíiisimo, espeso y, esto sobre todo, insoportablemente tedioso. El tal Salaberría, que nos miraba por encima del hombro como si fuésemos tontos, venga a cantar las glorias del marxismo-leninismo aplicado a la sociedad vasca, y yo venga a cambiar cintas en el magnetófono, porque el muchacho no callaba ni debajo del agua. Qué cuatro horas, ¡qué cuatro horas!, madrecita de mi vida y de mi corazón y de mi alma.
Cuando logramos convencer al incansable patriota de que ya estaba bien, que ya valía, que muchas gracias, que muy amable, que ya teníamos toda la información necesaria, que usted siga bien, que muchos recuerdos a la familia y a monseñor Setién, habían cambiado dos cosas. La primera es que estaba descargando sobre el País Vasco una tromba de agua que ni los monzones en la India; era como si el cielo se hubiese apiadado de nosotros y hubiera decidido tratar a aquel coñazo de tío como a los teléfonos móviles, que se estropean cuando se les moja.
La segunda era que Santi y yo, además del agotamiento y del entumecimiento mental, teníamos un dolor de cabeza espantoso. Conducía él de vuelta a Bilbao, bajo el diluvio.
–¿Tienes aspirinas, gelocatil, nolotil, bristaciclina dental, lo que sea?
–Ahora compramos.
–Joé, tú. Y luego dicen que el que se enrolla es Fidel Castro.
–¿Fidel? ¡Un cartujo comparado con esta peña! ¡Que ya te lo había dicho yo, Luisín! ¡Que no hay quien les aguante! ¡Y tú venga a dejarle hablar!
–Coño, ¿qué iba a hacer? ¡Si no paraba ni para respirar! ¡Que este tío venía respirado de casa! En fin, yo estoy que no me tengo, ¿qué hacemos? ¿Picamos algo por ahí?
–¿Y por qué no nos vamos al fútbol?
–¿Al qué?
–Al fútbol, a San Mamés. Dentro de una hora juega el Bilbao contra el Madrid y tengo dos entradas fantásticas, justo debajo de la tribuna. ¿Te animas?
Dije que sí, claro, qué iba a decir. Con lo mosca que estaba Santi después de las cuatro horas de mitin independentista, no me alcanzó el valor para confesarle que yo no había ido a ver un partido de fútbol de Primera División en toda mi vida. Que a mí, el fútbol, la verdad… Pero me callé. El estadio estaba hasta arriba.
–¿Qué te parece? Tú aquí no habías estado nunca, ¿verdad?
–Pues… Nnno, no, este campo aún no lo conocía.
–Ah. Ja, ja. Ya verás qué paliza os vamos a dar.
Yo no me sentía víctima potencial de ninguna paliza porque ya digo que el fútbol, a mí, pues ni frío ni calor. Pero noté algo extraño. Yo sabía, por lo que había visto tantas veces en la tele, que un estadio grande de fútbol es un lugar ruidosísimo en el que todo el mundo canta, grita, vocea y dirige muy graves palabras a la madre del árbitro. Pero en San Mamés, aquella tarde del 24 de enero de 1996, había un silencio casi monástico.
“NENE, PÁSALA”
Mejor fuese decir un silencio fúnebre, como el que hay en los velatorios; un silencio bajo el cual sólo se oye el murmullo pesaroso de los deudos y algún quejido suelto, un ¡ay! de la viuda. La razón estaba clara. Yo no entendía un pimiento de fútbol, ni entiendo hoy ni entenderé nunca, pero tenía ojos en la cara y era evidente que el Real Madrid le estaba atizando al Athlétic una somanta despiadada. Los de rayas parecían jugadores de futbolín: allí quietos, mirando a los de blanco como si les hubiesen atado las piernas. Y los de blanco la estaban gozando como verderones. Aquella fue la primera vez que yo vi jugar al fútbol de modo casi idéntico a como jugó La Roja los dos últimos partidos del pasado Mundial: hacían con el balón unos triangulitos fascinantes que mareaban a los jugadores vascos. Los madridistas se les colaban por todas partes, como si aquello fuese una máquina de pinball o un episodio de Tom y Jerry, y los otros les miraban con cara de pasmo, como si dijesen: “Peroperopero… ¿éste pande va con esas prisas?”
Al cuarto de hora marcó Iván Zamorano el cero a uno (no me lo sé todo de memoria, lo he mirado en internet; qué rayos iba a saber yo quién era Iván Zamorano). Un rato después, zapatazo de Laudrup: cero a dos. El silencio era tan profundo que lo único que se oía, al menos desde donde nosotros estábamos, eran los comentarios de los propios jugadores del Madrid, que disfrutaban en el campo, ya lo he dicho, como golondrinas en una mañana de verano. Todos repetían una y otra vez: “Nene, pásala; venga, Nene, dale; pásala, Nene”. No hacía falta saber de fútbol para advertir que todo el juego del Madrid pasaba por el célebre Nene: un chaval guapete, muy jovencito, que llevaba a la espalda el número 17 y al que los demás, algo mayores, trataban como las leonas adultas del Serengueti tratan a los cachorros ya algo crecidos: les enseñan a cazar, les ponen en suerte a una gacelilla fácil para que vayan aprendiendo. Y vaya si aprendía el Nene: a la media hora del segundo tiempo se coló como una ardilla por entre los jugadores del Athlétic y metió un gol (el tercero de los blancos) de tal belleza plástica que a mí me hizo botar en la silla.
–¡Pero bueno! ¿Tú has visto cómo juega ese crío?
–Algorri, ¿te quieres callar? –bufó Santi–; ¡Que me estás dando la tarde!
–¡Pero es que es precioso cómo juega!
–¡Que ya vale, coño! ¡Que ya está bien! ¡Para qué te habré traído!
Aprendí que en el fútbol, como en los toros y como en la ópera, más vale no llevarle la contraria a la mayoría, o por lo menos a quien consiguió tu entrada. Pero el Nene jugaba de fábula, eso lo vimos todos. Tanto que, en medio del silencio fúnebre, se oyó el inevitable ay de la viuda:
–¡Arrate, esto es insoportable!
Fue uno a quien no vimos, pero que increpaba al entonces presidente del Athlétic de Bilbao como si el que estuviese haciendo el ridículo en el campo fuese él. Arrate no dijo nada, el Nene siguió haciendo de las suyas (gloria daba verlo) y al final, tras otro par de goles de Laudrup y de Michel, el asunto concluyó con un 0-5 de los que no cicatrizan en veinte años. Yo, feliz:
–¡Qué bárbaro! ¡Qué cosa más bonita! Ha sido un partido fantástico, ¿verdad, Santi?
Santi callaba.
–¡Y ese chaval! ¡El Nene! ¡Es tremendo cómo juega! ¿A que sí? ¿Quién será? ¿Tú sabes cómo se llama?
–Raúl. Se llama Raúl.
–¡Pero si es un niño! ¡Y cómo corre! Si se colaba entre los del Bilbao como si fueran de madera, ¿te fijaste?
–Mira, Algorri, cállate de una p… vez, ¿eh? ¡Que me tienes ya hasta los c…! ¡Vaya nochecita! ¡Primero el muermo del Salaberría y ahora tú! ¡Que nos han metido cinco goles, hos…! ¡En la Catedral! ¡Eso es una tragedia! ¡Eso no había pasado nunca! ¿Te enteras? ¡Nunca! ¡Y la culpa de todo la tienes tú!
–¿Yo?
–¡Sí, tú! ¡Que eres del Madrí, que lo sé yo que te he visto! ¡Te miraba todo San Mamés! ¡Eras el único que les animaba! ¡Que no nos han sacado a leches de puro milagro, gilipollas! ¡Y ahora me sigues tocando las pel… con el Nene!
–Pero Santi, si yo no soy del Madrid. Ni del Madrid de ningún otro equipo. Mira, de pequeñajo era del Bilbao, pero porque me leí El otro árbol de Guernica, de Luis de Castresana, y con ese libro no tenías más remedio que ser del Bilbao. ¡Pero si ni siquiera soy madrileño!
–Ah, ¿no?
–No, hijo. Soy de León. Yo creo que por eso no me gusta el fútbol, porque la última vez que la Cultural y Deportiva Leonesa hizo algo decente, en el marcador anotaban los goles con números romanos.
–Qué dices, ¿que no te gusta el fútbol?
–Santi, esta es la primera vez en mi vida que piso un campo en el que se pueda ver el partido sentado.
Santi se quedó callado. Parpadeaba muy deprisa.
–Pues es igual. La culpa la tienes tú de todas maneras, porque eres un pardillo y nos has traído mala suerte. Hala, vámonos a cenar. Y calla ya con el Nene, ¿eh? ¡Que me tienes contento!
CABALLERO DEL HONOR
Aquel Nene ha sido el jugador más grande de la historia del Real Madrid, si nos atenemos a las estadísticas Y si no, pues yo creo que también. Raúl González ha vestido la camiseta blanca (en el equipo grande) durante 16 años. Ha jugado con su equipo más partidos que ningún otro jugador de cualquier época. Ha sido el que más goles ha marcado con en Madrid y el tercero más goleador en toda la historia de la Liga. Ha jugado 102 partidos con la selección nacional y ha marcado, con la camiseta roja, 44 goles. Salvo la Copa del Mundo, ha ganado todo lo que se podía ganar siendo futbolista. Durante años, muchos años, los aficionados calcularon el resultado del Madrí en el partido del domingo siguiente dando por hecho y asumido el golito de Raúl, que así lo llamaba la gente días antes de que se produjese, pero seguros de que se iba a producir. Durante años, muchos años, los rivales del equipo blanco llamaron a éste, con muy mala leche, el Raúl Madrid, para hacer ver que los demás jugadores no valían para nada ninguno. Te ibas de vacaciones a Tailandia, a Marrakech o a Madagascar y allí, en las tiendas de souvenirs, estaba siempre la camiseta blanca con el 7 a la espalda y e
l nombre: Raúl. Quiero decir con esto que el Nene, aquel chisgarabís flaco y narigón de ojos brillantes, el mismo que aquella noche parecía Nureyev cuando danzaba y brincaba en torno a los pasmarotes del Athlétic de Bilbao, no es un jugador más. Es al Real Madrid más o menos lo que la catedral es a León, lo que la patata es a la tortilla de patatas, lo que Daoíz era a Velarde y lo que Ramón era a Cajal: algo consustancial e inseparable. Y además es que ama a su club. Lo ha dicho cien veces. Todos le hemos oído repetir durante años que jamás abandonaría el Real Madrid... por su propia voluntad. Y no todos los que han vestido la camiseta blanca (o la de cualquier otro equipo) pueden decir lo mismo.
Pero Raúl (“pásala, Nene”) se ha hecho mayor y ya no rinde como antes.
Yo sé bien que un club de fútbol, lo mismo que un periódico o que una empresa que fabrique cordones para zapatos, necesita una cosa antes que cualquier otra: ser rentable. Pero siempre pensé que el Real Madrid iba un paso más allá del puro negocio y de la estricta rentabilidad. Siempre creí que ese club, lo mismo que Inglaterra, el Consejo de Estado, la Scala de Milán, la Real Academia Española, el Séptimo de Caballería o la Francmasonería, tenía una grandeza de alma supraeconómica que le llevaba a honrar perpetuamente a los grandes y viejos maestros, a quienes dieron lo mejor de su vida por la institución, quienes la cubrieron de gloria. Y no hablo de la afición, cuya gratitud perpetua doy por segura. Hablo del propio club. A las leyendas no se las deja marchar. Nunca, o casi nunca, lo hizo el Real Madrid. A las leyendas se las conserva, se las protege. Se les guarda un respeto. Ahí está Alfredo Di Stefano, presidente de honor del club. Ahí están Emilio Butragueño y Jorge Valdano, que siguen vinculados al Real Madrid. Habrá muchos más que no conozco, porque repito que el fútbol no es mi especialidad.
Pero ¿y Raúl? El mejor delantero de la historia del club, un símbolo vivo para todos los aficionados; un tipo que representaba la esencia y el espíritu noble del que se habla en el himno del equipo (“caballero del honor”), se va de la Casa Blanca casi en silencio. En su adiós estaba, sí, la junta directiva; y Valdano, que fue el entrenador que le sacó a jugar con el equipo grande por primera vez. Pero se va, o le dejan ir, o le acompañan a la puerta, eso no lo sé, de una manera que me ha parecido tristísima. ¿Así trata este Real Madrid a sus héroes?
Quiero creer que me equivoco. Quiero creer que no ha pasado lo mismo que con Vicente del Bosque, a quien se puso en la puñetera calle después de treinta años de brillante y leal servicio al club porque se buscaba –seamos claros– un entrenador más guapo, con más glamour, que estuviese estéticamente a la altura de los llamados galácticos (vaya negocio: hoy Del Bosque es seleccionador nacional y campeón del mundo). He visto que a Raúl se le humedecían los ojos, vestido de traje y corbata, en un estadio casi vacío; no creo que le vea llorar los calderos de lágrimas que derramó Del Bosque, a solas, cuando le despidieron. Quiero creer que todo es más razonable, más sencillo: que Raúl ha comprendido que ya no tiene sitio en el primer equipo y que, como quiere seguir jugando al fútbol porque eso es lo que más le gusta, ha aceptado la llamada de un equipo alemán para seguir divirtiéndose un par de años más.
Pero quiero creer que luego volverá al Madrid (le han dicho que cuando quiera; qué otra cosa le iban a decir) para ocupar un puesto, el que sea, digno de su leyenda, de su peso en la historia madridista y de su talento. Quiero creer que, con él y con Guti (otro jugador que se merece un artículo al menos tan largo como este), todo acabará como ha acabado tantas veces. O sea, bien. O sea, como debe ocurrir en un club como el Real Madrid. Quiero creer, en resumen, que en el Madrid de ahora mismo importan al menos tanto los viejos valores como la cuenta de resultados y la venta de camisetas.
Eso es lo que quiero creer. En fin, voluntad que tiene uno.