Mi amigo Santi Etxauz y yo entrábamos, hay que admitir que algo inquietos, en un café del casco viejo de San Sebastián. Teníamos cita con un tipo llamado Jon Salaberría. Debo decir –es importante– que a las cuatro de la tarde hacía sol, algo poco frecuente en esa ciudad y en enero. Este Salaberría, a quien alguno de ustedes quizá recuerde, era por entonces (1996) dirigente de Jarrai, o sea una de las variedades de la mafia vasca aglutinada en torno a ETA. Nos había costado muchas semanas, mucha paciencia y mucha labia convencer a aquel tipo para que se dejase entrevistar por Tiempo, y Santi y yo estábamos, para qué negarlo, algo nerviosos. Él menos que yo, como es lógico, porque, al fin y al cabo, Santi vivía en Bilbao y estaba acostumbrado a lidiar con semejante tropa. Pero yo había viajado desde Madrid nada más que para la entrevista con aquel sujeto.

Que resultó ser, seamos claros, un pesado. Mejor dicho: un plomo integral, un pelmazo de los de tres aspirinas, un "martirio pilón" de hombre incapaz de contestar sencilla y claramente a lo que se le preguntaba. Parecía un procurador en Cortes de cuando Franco. Además, es que le daba igual lo que le preguntásemos: él había ido allí para soltarnos su rollo ideológico-patriótico-victimista-chulesco y para nada más, nuestras preguntas le importaban un rábano. Y aquel rollo era larguíiisimo, espeso y, esto sobre todo, insoportablemente tedioso. El tal Salaberría, que nos miraba por encima del hombro como si fuésemos tontos, venga a cantar las glorias del marxismo-leninismo aplicado a la sociedad vasca, y yo venga a cambiar cintas en el magnetófono, porque el muchacho no callaba ni debajo del agua. Qué cuatro horas, ¡qué cuatro horas!, madrecita de mi vida y de mi corazón y de mi alma.

Cuando logramos convencer al incansable patriota de que ya estaba bien, que ya valía, que muchas gracias, que muy amable, que ya teníamos toda la información necesaria, que usted siga bien, que muchos recuerdos a la familia y a monseñor Setién, habían cambiado dos cosas. La primera es que estaba descargando sobre el País Vasco una tromba de agua que ni los monzones en la India; era como si el cielo se hubiese apiadado de nosotros y hubiera decidido tratar a aquel coñazo de tío como a los teléfonos móviles, que se estropean cuando se les moja.

La segunda era que Santi y yo, además del agotamiento y del entumecimiento mental, teníamos un dolor de cabeza espantoso. Conducía él de vuelta a Bilbao, bajo el diluvio.

–¿Tienes aspirinas, gelocatil, nolotil, bristaciclina dental, lo que sea?

–Ahora compramos.

–Joé, tú. Y luego dicen que el que se enrolla es Fidel Castro.

–¿Fidel? ¡Un cartujo comparado con esta peña! ¡Que ya te lo había dicho yo, Luisín! ¡Que no hay quien les aguante! ¡Y tú venga a dejarle hablar!

–Coño, ¿qué iba a hacer? ¡Si no paraba ni para respirar! ¡Que este tío venía respirado de casa! En fin, yo estoy que no me tengo, ¿qué hacemos? ¿Picamos algo por ahí?

–¿Y por qué no nos vamos al fútbol?

–¿Al qué?

–Al fútbol, a San Mamés. Dentro de una hora juega el Bilbao contra el Madrid y tengo dos entradas fantásticas, justo debajo de la tribuna. ¿Te animas?

Dije que sí, claro, qué iba a decir. Con lo mosca que estaba Santi después de las cuatro horas de mitin independentista, no me alcanzó el valor para confesarle que yo no había ido a ver un partido de fútbol de Primera División en toda mi vida. Que a mí, el fútbol, la verdad… Pero me callé. El estadio estaba hasta arriba.

–¿Qué te parece? Tú aquí no habías estado nunca, ¿verdad?

–Pues… Nnno, no, este campo aún no lo conocía.

–Ah. Ja, ja. Ya verás qué paliza os vamos a dar.

Yo no me sentía víctima potencial de ninguna paliza porque ya digo que el fútbol, a mí, pues ni frío ni calor. Pero noté algo extraño. Yo sabía, por lo que había visto tantas veces en la tele, que un estadio grande de fútbol es un lugar ruidosísimo en el que todo el mundo canta, grita, vocea y dirige muy graves palabras a la madre del árbitro. Pero en San Mamés, aquella tarde del 24 de enero de 1996, había un silencio casi monástico.

“NENE, PÁSALA”

Mejor fuese decir un silencio fúnebre, como el que hay en los velatorios; un silencio bajo el cual sólo se oye el murmullo pesaroso de los deudos y algún quejido suelto, un ¡ay! de la viuda. La razón estaba clara. Yo no entendía un pimiento de fútbol, ni entiendo hoy ni entenderé nunca, pero tenía ojos en la cara y era evidente que el Real Madrid le estaba atizando al Athlétic una somanta despiadada. Los de rayas parecían jugadores de futbolín: allí quietos, mirando a los de blanco como si les hubiesen atado las piernas. Y los de blanco la estaban gozando como verderones. Aquella fue la primera vez que yo vi jugar al fútbol de modo casi idéntico a como jugó La Roja los dos últimos partidos del pasado Mundial: hacían con el balón unos triangulitos fascinantes que mareaban a los jugadores vascos. Los madridistas se les colaban por todas partes, como si aquello fuese una máquina de pinball o un episodio de Tom y Jerry, y los otros les miraban con cara de pasmo, como si dijesen: “Peroperopero… ¿éste pande va con esas prisas?”

Al cuarto de hora marcó Iván Zamorano el cero a uno (no me lo sé todo de memoria, lo he mirado en internet; qué rayos iba a saber yo quién era Iván Zamorano). Un rato después, zapatazo de Laudrup: cero a dos. El silencio era tan profundo que lo único que se oía, al menos desde donde nosotros estábamos, eran los comentarios de los propios jugadores del Madrid, que disfrutaban en el campo, ya lo he dicho, como golondrinas en una mañana de verano. Todos repetían una y otra vez: “Nene, pásala; venga, Nene, dale; pásala, Nene”. No hacía falta saber de fútbol para advertir que todo el juego del Madrid pasaba por el célebre Nene: un chaval guapete, muy jovencito, que llevaba a la espalda el número 17 y al que los demás, algo mayores, trataban como las leonas adultas del Serengueti tratan a los cachorros ya algo crecidos: les enseñan a cazar, les ponen en suerte a una gacelilla fácil para que vayan aprendiendo. Y vaya si aprendía el Nene: a la media hora del segundo tiempo se coló como una ardilla por entre los jugadores del Athlétic y metió un gol (el tercero de los blancos) de tal belleza plástica que a mí me hizo botar en la silla.

–¡Pero bueno! ¿Tú has visto cómo juega ese crío?

–Algorri, ¿te quieres callar? –bufó Santi–; ¡Que me estás dando la tarde!

–¡Pero es que es precioso cómo juega!

–¡Que ya vale, coño! ¡Que ya está bien! ¡Para qué te habré traído!

Aprendí que en el fútbol, como en los toros y como en la ópera, más vale no llevarle la contraria a la mayoría, o por lo menos a quien consiguió tu entrada. Pero el Nene jugaba de fábula, eso lo vimos todos. Tanto que, en medio del silencio fúnebre, se oyó el inevitable ay de la viuda:

–¡Arrate, esto es insoportable!

Fue uno a quien no vimos, pero que increpaba al entonces presidente del Athlétic de Bilbao como si el que estuviese haciendo el ridículo en el campo fuese él. Arrate no dijo nada, el Nene siguió haciendo de las suyas (gloria daba verlo) y al final, tras otro par de goles de Laudrup y de Michel, el asunto concluyó con un 0-5 de los que no cicatrizan en veinte años. Yo, feliz:

–¡Qué bárbaro! ¡Qué cosa más bonita! Ha sido un partido fantástico, ¿verdad, Santi?

Santi callaba.

–¡Y ese chaval! ¡El Nene! ¡Es tremendo cómo juega! ¿A que sí? ¿Quién será? ¿Tú sabes cómo se llama?

Raúl. Se llama Raúl.

–¡Pero si es un niño! ¡Y cómo corre! Si se colaba entre los del Bilbao como si fueran de madera, ¿te fijaste?

–Mira, Algorri, cállate de una p… vez, ¿eh? ¡Que me tienes ya hasta los c…! ¡Vaya nochecita! ¡Primero el muermo del Salaberría y ahora tú! ¡Que nos han metido cinco goles, hos…! ¡En la Catedral! ¡Eso es una tragedia! ¡Eso no había pasado nunca! ¿Te enteras? ¡Nunca! ¡Y la culpa de todo la tienes tú!

–¿Yo?

–¡Sí, tú! ¡Que eres del Madrí, que lo sé yo que te he visto! ¡Te miraba todo San Mamés! ¡Eras el único que les animaba! ¡Que no nos han sacado a leches de puro milagro, gilipollas! ¡Y ahora me sigues tocando las pel… con el Nene!

–Pero Santi, si yo no soy del Madrid. Ni del Madrid de ningún otro equipo. Mira, de pequeñajo era del Bilbao, pero porque me leí El otro árbol de Guernica, de Luis de Castresana, y con ese libro no tenías más remedio que ser del Bilbao. ¡Pero si ni siquiera soy madrileño!

–Ah, ¿no?

–No, hijo. Soy de León. Yo creo que por eso no me gusta el fútbol, porque la última vez que la Cultural y Deportiva Leonesa hizo algo decente, en el marcador anotaban los goles con números romanos.

–Qué dices, ¿que no te gusta el fútbol?

–Santi, esta es la primera vez en mi vida que piso un campo en el que se pueda ver el partido sentado.

Santi se quedó callado. Parpadeaba muy deprisa.

–Pues es igual. La culpa la tienes tú de todas maneras, porque eres un pardillo y nos has traído mala suerte. Hala, vámonos a cenar. Y calla ya con el Nene, ¿eh? ¡Que me tienes contento!

CABALLERO DEL HONOR

Aquel Nene ha sido el jugador más grande de la historia del Real Madrid, si nos atenemos a las estadísticas Y si no, pues yo creo que también. Raúl González ha vestido la camiseta blanca (en el equipo grande) durante 16 años. Ha jugado con su equipo más partidos que ningún otro jugador de cualquier época. Ha sido el que más goles ha marcado con en Madrid y el tercero más goleador en toda la historia de la Liga. Ha jugado 102 partidos con la selección nacional y ha marcado, con la camiseta roja, 44 goles. Salvo la Copa del Mundo, ha ganado todo lo que se podía ganar siendo futbolista. Durante años, muchos años, los aficionados calcularon el resultado del Madrí en el partido del domingo siguiente dando por hecho y asumido el golito de Raúl, que así lo llamaba la gente días antes de que se produjese, pero seguros de que se iba a producir. Durante años, muchos años, los rivales del equipo blanco llamaron a éste, con muy mala leche, el Raúl Madrid, para hacer ver que los demás jugadores no valían para nada ninguno. Te ibas de vacaciones a Tailandia, a Marrakech o a Madagascar y allí, en las tiendas de souvenirs, estaba siempre la camiseta blanca con el 7 a la espalda y el nombre: Raúl. Quiero decir con esto que el Nene, aquel chisgarabís flaco y narigón de ojos brillantes, el mismo que aquella noche parecía Nureyev cuando danzaba y brincaba en torno a los pasmarotes del Athlétic de Bilbao, no es un jugador más. Es al Real Madrid más o menos lo que la catedral es a León, lo que la patata es a la tortilla de patatas, lo que Daoíz era a Velarde y lo que Ramón era a Cajal: algo consustancial e inseparable. Y además es que ama a su club. Lo ha dicho cien veces. Todos le hemos oído repetir durante años que jamás abandonaría el Real Madrid... por su propia voluntad. Y no todos los que han vestido la camiseta blanca (o la de cualquier otro equipo) pueden decir lo mismo.

Pero Raúl (“pásala, Nene”) se ha hecho mayor y ya no rinde como antes.

Yo sé bien que un club de fútbol, lo mismo que un periódico o que una empresa que fabrique cordones para zapatos, necesita una cosa antes que cualquier otra: ser rentable. Pero siempre pensé que el Real Madrid iba un paso más allá del puro negocio y de la estricta rentabilidad. Siempre creí que ese club, lo mismo que Inglaterra, el Consejo de Estado, la Scala de Milán, la Real Academia Española, el Séptimo de Caballería o la Francmasonería, tenía una grandeza de alma supraeconómica que le llevaba a honrar perpetuamente a los grandes y viejos maestros, a quienes dieron lo mejor de su vida por la institución, quienes la cubrieron de gloria. Y no hablo de la afición, cuya gratitud perpetua doy por segura. Hablo del propio club. A las leyendas no se las deja marchar. Nunca, o casi nunca, lo hizo el Real Madrid. A las leyendas se las conserva, se las protege. Se les guarda un respeto. Ahí está Alfredo Di Stefano, presidente de honor del club. Ahí están Emilio Butragueño y Jorge Valdano, que siguen vinculados al Real Madrid. Habrá muchos más que no conozco, porque repito que el fútbol no es mi especialidad.

Pero ¿y Raúl? El mejor delantero de la historia del club, un símbolo vivo para todos los aficionados; un tipo que representaba la esencia y el espíritu noble del que se habla en el himno del equipo (“caballero del honor”), se va de la Casa Blanca casi en silencio. En su adiós estaba, sí, la junta directiva; y Valdano, que fue el entrenador que le sacó a jugar con el equipo grande por primera vez. Pero se va, o le dejan ir, o le acompañan a la puerta, eso no lo sé, de una manera que me ha parecido tristísima. ¿Así trata este Real Madrid a sus héroes?

Quiero creer que me equivoco. Quiero creer que no ha pasado lo mismo que con Vicente del Bosque, a quien se puso en la puñetera calle después de treinta años de brillante y leal servicio al club porque se buscaba –seamos claros– un entrenador más guapo, con más glamour, que estuviese estéticamente a la altura de los llamados galácticos (vaya negocio: hoy Del Bosque es seleccionador nacional y campeón del mundo). He visto que a Raúl se le humedecían los ojos, vestido de traje y corbata, en un estadio casi vacío; no creo que le vea llorar los calderos de lágrimas que derramó Del Bosque, a solas, cuando le despidieron. Quiero creer que todo es más razonable, más sencillo: que Raúl ha comprendido que ya no tiene sitio en el primer equipo y que, como quiere seguir jugando al fútbol porque eso es lo que más le gusta, ha aceptado la llamada de un equipo alemán para seguir divirtiéndose un par de años más.

Pero quiero creer que luego volverá al Madrid (le han dicho que cuando quiera; qué otra cosa le iban a decir) para ocupar un puesto, el que sea, digno de su leyenda, de su peso en la historia madridista y de su talento. Quiero creer que, con él y con Guti (otro jugador que se merece un artículo al menos tan largo como este), todo acabará como ha acabado tantas veces. O sea, bien. O sea, como debe ocurrir en un club como el Real Madrid. Quiero creer, en resumen, que en el Madrid de ahora mismo importan al menos tanto los viejos valores como la cuenta de resultados y la venta de camisetas.

Eso es lo que quiero creer. En fin, voluntad que tiene uno.

Estaba convencido de que no lo vería nunca. Hace muchos años que me hice a la idea de que moriría sin ver a la selección nacional de fútbol de mi país alzarse con la victoria en un campeonato del mundo. Cada cuatro años pasaba lo mismo: la Redacción del medio en que yo trabajase entonces (y fueron unos cuantos) se paraba en seco y todos, los más ardientemente futboleros y quienes lo éramos menos, nos plantábamos ante el televisor a sufrir como galeotes en pleno temporal, porque empujábamos con toda nuestra alma como si el ansiado golito nacional dependiese de nuestros alaridos, de nuestra angustia y de lo apretados que tuviésemos los dientes. No era así, claro. Pero qué más daba, qué otra cosa podíamos hacer.

Nunca lográbamos nada. Cuando no se nos atragantaba Angola, que ya nos valía, nos daba una paliza Alemania o un árbitro filiputiense, que a partir de entonces se hizo muy rico, nos robaba descaradamente el partido ante Corea del Sur. España jugaba con mucho brío y mucho pundonor, pero en el fondo atocinada, como acojonadina; como si los jugadores fuesen conscientes, allá en el fondo de su alma, de que eso eran palabras mayores, fútbol de verdadera altura, y que ahí no tenían nada que hacer.

Los mismos jugadores que llenaban páginas y páginas en nuestra Prensa deportiva cuando lograban hazañas que aquí se nos contaban con titulares dignos de la batalla de Lepanto (que el Celta de Vigo ganara en casa al Betis, por ejemplo), en el Mundial se convertían en unos tuercebotas con párkinson en las cuatro patas; daba la sensación de que saltaban al campo tragando saliva y sujetando respetuosamente la boina con las dos manos, a la altura del estómago, como paletos que entran temerosos en el vestíbulo de la NASA. Así cada cuatro años. Vieja frase: jugábamos como nunca y perdíamos como siempre. La Prensa de aquí clamaba, en cada Mundial, que esta vez sí, que éramos favoritos. Fuera se divertían y nos seguían el juego, dejaban que nos pavoneásemos como niños abusones en el patio del colegio. Hasta que un día Dino Zoff, portero de Italia, puso las cosas en su sitio: “España no va a hacer nada en este Mundial. No lo ha hecho en ningún otro y nunca lo hará, porque jamás han tenido sentido de equipo”.

“CAGÜENLALECHE, OTRA VEZ”

Se equivocó Zoff. Ya no me moriré sin ver a mi selección nacional vencer en un Mundial. Yo, que me aburro mucho con el fútbol, he disfrutado esta vez contemplando una manera de jugar que más parecía ballet clásico que deporte. Los rivales no lograban, en casi ningún caso, pasar del centro del campo sin que Busquets, o Iniesta, o Sergio Ramos, o Piqué, o Xavi Alonso, les quitasen fácil, burlonamente, la pelota. Siempre había sido al revés, ¿verdad? Siempre eran los otros quienes nos la quitaban, ¿a que sí? Pero esta vez fue distinto. Cuando los del equipo de enfrente se decidían a emprender una galopada al contraataque, como la carga de la Brigada Ligera, se encontraban inexorablemente con las murallas de Constantinopla, o sea con Puyol, que no les dejaba pasar ni aunque se lo pidieran por favor; y esta vez eran ellos los que tenían que echar a correr, contritos y apesadumbrados –casi se les oía murmurar, en su idioma, “cagüenlaleche, otra vez”– de regreso a su propio campo, porque allí llegaban los españoles, que brincaban como gamos y que disfrutaban haciendo con el mefistofélico Jabulani unos triangulitos divertidísimos que siempre colgaban, en las caras de la defensa rival, unas expresiones que a mí me recordaban de inmediato a Tony Leblanc cuando hacía su personaje de Kid Tarao, un boxeador que se creía el campeón y el mejor de todos pero al que le daban unos guantazos tremendos.

Ganamos. Eso produjo que uno viese muchas más cosas que creyó que no vería en el resto de su vida. Nunca imaginé siquiera la ciudad de Madrid literalmente inundada de banderas constitucionales, bufandas, gorras y camisetas rojas. La de Madrid y las de Barcelona, Sevilla, Vitoria, Valencia, Orense, Santa Cruz de Tenerife… ¡todas! Nunca creí que oyese a tantos cientos de miles de personas gritar una y otra vez el nombre de mi nación, España, ¡Es-pa-ña!, ensopados de felicidad. Personas de todas las edades, orígenes, ideas políticas, formación académica y extracción social. Todos gritaban, gritábamos, una gozosa evidencia: “Yo soy español”, curiosamente con la música de Kalinka, que es una canción rusa. A todos nos unió, durante esas dos noches inolvidables, la idea de nuestra nación común, de lo que nos une a todos, simbolizado por aquellos veintitrés chavales vestidos con camiseta roja que habían hecho la inimaginable machada de ganar el Mundial para todos.

Nunca había visto tanta gente en la calle. Jamás. Ni cuando la manifestación del 11-M, que ya es decir. Ni cuando la que respondió al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Ni tantas banderas de España. La última vez que Madrid vio tal marea de tela roja y amarilla fue en 1941, cuando pasó por la ciudad, a hombros, el féretro de José Antonio Primo de Rivera, camino de su sepulcro provisional en El Escorial. Pero mi abuela Carolina me contaba que era la Policía la que iba casa por casa, piso por piso, obligando a la gente a colgar la bandera en el balcón y a ponerle un crespón negro. Mi abuela, que no tenía crespón, hizo un nudo con dos medias suyas de luto y allí lo colgó. Casi la detienen.

Pero esta vez ha sido, ya digo, distinto. Hoy, esta tarde de domingo en la que escribo, se cumple una semana de aquel delirio de dicha colectiva. Y cientos de banderas permanecen colgadas en los balcones. Cientos de las decenas de miles que vi ondear como símbolo de la felicidad de todos. Es como si la gente no quisiera que aquel ventarrón de alegría pasase. Es como si los ciudadanos se resistiesen a volver a la realidad, al tráfago de todos los días que, comparado con esas cuarenta y ocho horas de júbilo común, resulta de un mediocre y de un mezquino que pone los pelos de punta.

LA ESPAÑA REAL, LA ESPAÑA IMAGINARIA

Porque, en mi opinión, es exactamente al revés. La realidad, la España real, es la que vimos durante esos dos días. Un montón de millones de personas determinadas a la felicidad y que, en cuanto llega una oportunidad brillante, como ha sido el Mundial, salen a la calle a abrazarse, a gritar con toda alegría el nombre de España y a agitar la bandera de todos. Con toda naturalidad, porque la realidad es que a todos, o a una mayoría inmensa, nos une, nos reúne, nos convoca y nos hermana el nombre y el símbolo de nuestro país; del país de todos, seamos del rincón que seamos. Y lo que hoy, pasados los días del milagro, vemos y hemos visto ya es la España imaginaria: la de unos políticos que, salvo contadísimas excepciones, no están ni por lo más remoto a la altura de su pueblo.

Nunca creí que vería, tan sólo dos días después (si somos precisos, no llegó a uno y medio) de una lección tan contundente como la de los millones de personas en la calle para celebrar la felicidad común, cómo esa gente vuelve a lo suyo (que no a lo nuestro) de una manera tan obscena. El debate sobre el estado de la Nación convocó ante los televisores a un 3% de la audiencia. La final del Mundial y su celebración posterior , a un 90% y a un 77%, respectivamente. Pues les da lo mismo. Fue un espectáculo de una ruindad sencillamente escandalosa. Sé que no se debe juzgar a todos los políticos por el mismo rasero, porque no hay tal rasero uniforme y repetir que lo hay es, precisamente, la treta de los antisistema, de los que quieren acabar con la democracia para hacerse, ellos solos, con el poder.

Pero uno tenía la sensación de que todos, en el Congreso, estaban de acuerdo en algo: lograr que los ciudadanos olvidásemos lo antes posible la inolvidable euforia común para que volviésemos a mirarles a ellos, nada más que a ellos, como si fueran sinceros, como si lo que dicen y hacen tuviese importancia o fuese verdad; como si la gallera indigna en que se convirtió la Cámara durante el debate representase la realidad, aquello en lo que hay que creer. Y eso, en mi humilde e indignadísima opinión, no es así de ninguna manera.

Vi a un Gobierno desnortado, sonado como Kid Tarao, aguantando el chaparrón de la crisis y dispuesto a pactar con el mismo diablo para sacar adelante sus escasas ideas. Vi a una oposición mayoritaria –me refiero, claro está, al Partido Popular– entregada al más cínico e indecente ejercicio de demagogia que ha visto nuestro Parlamento desde Alejandro Lerroux. Rajoy no puso sobre la mesa ni una sola idea, pero es que ni una sola, que pudiese parecer que servía para el bien común. Ni una. Dejó meridianamente claro, al menos para mí, que le importan un puñetero carajo España y los españoles: lo único que este hombre quiere es el poder, como sea y al precio que sea, para él y para los suyos, y para alcanzarlo no duda en mentir, en insultar miserablemente al presidente del Gobierno (no a los socialistas: sólo a Zapatero, según la bien conocida estrategia), en azuzar a las fieras que hay en su Grupo Parlamentario para que chillen como grajos, para que lancen improperios y amenazas que uno sólo imaginaba en una reyerta de quinquis callejeros. En resumen: para demostrar que toman por imbéciles a los españoles, a quienes faltan intolerablemente al respeto comportándose de modo tan desierto de vergüenza.

Cuando yo era un adolescente, recién recuperada la democracia, había un señor que figuraba en las listas de un partido conservador (la UCD) que se dirigió siempre a los demás, tanto en los mítines como desde la tribuna de oradores, llamándoles "conciudadanos". Se llamaba Justino de Azcárate. El otro día he oído a un diputado del PP berrearle  (perdonen ustedes pero no tiene otro nombre) al presidente del Gobierno: "Zapatero, ¡estás muertoooo!". Este completo gilipollas, cuyo nombre no diré aunque ganas no me faltan, no sólo es prueba evidente del error que cometieron sus padres gastándose dinero en mandarle al colegio y no a sacar piedras del río, sino que es uno más entre muchos de la patulea de impresentables que, a día de hoy, pueblan el Congreso. Hay que decir que en todos los grupos, aunque es indiscutible que en uno mucho más que en los demás. Y esa es la gente a la que hemos votado. Esa es la gente que representa la soberanía nacional. A esa gente pagamos todos muy generosamente para que sea nuestra voz democrática. Esa gandalla sin educación ni principios son los que llamamos Padres de la Patria.

Lo de los representantes de los partidos nacionalistas fue igual o peor. Ahí sí que no había ninguna duda: cómo les interesaba, y cuánto, que los ciudadanos olvidásemos lo antes posible el estallido de felicidad común del fin de semana anterior y volviésemos a encandilarnos con sus birlibirloques de ilusionista callejero. Qué pronto olvidaron los nacionalistas catalanes que a su histórica manifestación en defensa del nuevo Estatuto de Autonomía acudió un máximo de 64.000 personas, mientras que quienes corrieron a presenciar en la calle, en las pantallas gigantes de Barcelona, el partido de la final del Mundial, todos con sus banderas de España y sus camisetas rojas, fueron casi el doble.

¿Cuál es la España real y cuál la imaginaria? ¿Qué tiene que pasar para que los representantes políticos de nuestro país aprendan una lección tan absolutamente clara como la que impartieron millones de personas en las calles de toda España? ¿A quién representan de verdad los diputados… además de al jefe de su partido, que es quien los impone en unas listas electorales que nadie puede tocar? ¿Cómo puede ser que la inmensa mayoría de los ciudadanos de nuestra nación muestre con toda contundencia su sentimiento de comunidad y apenas unos cientos de personas, legítimamente elegidas –eso sí– en sus respectivas Cámaras, parezcan seguir trabajando tan sólo y nada más que por lo que les interesa a ellos, tanto en lo político como en lo económico? ¿Qué tiene que ver lo que se contempló en las calles de España durante dos maravillosos días con lo que, nada más que veintiséis horas después, vimos en el Congreso de los Diputados?

¿Cómo podemos dejar que nos tomen el pelo de una manera tan zafia?

EL COLOR DE LA CAMISETA

Perlas de la España de charanga y pandereta: el señor Puigcercós, de ERC, quizá un tanto mohíno por el triunfo de la selección nacional de un país que él trata de desmembrar, dijo que tal selección, sin Cataluña, no valía nada. Quizá debió añadir: sin los jugadores catalanes, sin los albaceteños que juegan en Cataluña, sin los asturianos que hacen lo mismo, si los del Liverpool o el Arsenal, sin los canarios, andaluces o madrileños. El señor Puigcercós, con esos enfurruñados argumentos de patio de colegio (enseñanza primaria), demuestra bastante menos altura moral que el mismísimo seleccionador holandés, aquel hijo de su madre que lanzó a los suyos a dar terribles patadas a los españoles porque sabía que era la única manera de intentar ganarles; pero que, al final, reconoció que había vencido el mejor.

En Baracaldo, los tiernos y angelicales muchachitos de la mafia vasca, más demócratas que nadie como todo el mundo sabe, destrozaron el mecanismo que permitía la iluminación del frontón en el que miles de vascos, todos con la bandera constitucional española y con la camiseta roja, se disponían a ver y disfrutar el partido de la final. Naturalmente, vitoreando a España. Pues fundieron la luz. Cualquier cosa antes que soportar espectáculo tan fascista.

Y, desotra parte en la ribera política, han aparecido –esto sí que creí que nunca más lo vería– unos cuantos cuuuursis, pero más cuuuursis que un repollo con lazos, más cuuuursis que el vestido de novia de Belén Esteban, a quienes ha sentado muy mal que, a la selección nacional de fútbol, la gente le llame La Roja. Estos cuatro o cinco cuuuursis se han puesto nerviosísimos allá en donde escriben, o sea en el puesto que tienen allí, y han dicho que eso no, que hay que cambiarlo, que Roja de ninguna manera, que ya se sabe lo que quiere decir eso de Roja.

Y que mejor Rojigualda.

Con un par. Ustedes perdonen pero yo no he visto nada más cuuuursi desde que otros cuuuursis como ellos, hace sesenta o setenta años, se empeñaron en cambiarle el título a un famoso cuento infantil y obligaban a los editores a titular los libros con el inolvidable “Caperucita Encarnada”, porque roja… ¡huy, lo de roja! Aquellos mismos cuuuursis, antecesores directos de estos cuuuursis de hoy, obligaban a los restaurantes a ofrecer a los clientes ensaladilla nacional. No rusa, claro, ¡eso no se podía consentir! ¡Los rusos eran comunistas, enemigos de España! ¡Cómo nos íbamos a comer una ensaladilla comunista! ¡A ver si se nos iban a atragantar los guisantes enemigos de España!

La ensaladilla era la misma. Caperucita, también. Lo mismo pasa con el color de la camiseta de la selección nacional. Y, a la vista está, otro tanto sucede con la cursilería, que se transmite de generación en generación, intacta e incorrupta como el brazo de Santa Teresa, desde los meapilas del franquismo hasta los cursigualdas de hoy, que siguen, “arma al brazo y en lo alto las estrellas”, pendientes de que en El Alcázar no haya novedad, de que El Alcázar no se rinda. En fin, tiene que haber de todo, ¿verdad?

Menos mal que a muchos millones de españoles aún nos queda el resplandor en el alma por aquellos dos días en que pudimos gritar el nombre de nuestro país común, limpio, sencillo, sonriente, apasionado y acogedor; aquellos dos días en que agitamos como locos la bandera que nos representa a todos; aquellos dos maravillosos días en que, enfundados en la camiseta roja, pusimos en su puñetero sitio a los políticos mediocres, agachadizos, trileros y/o agurtelados, escoja cada cual el calificativo que prefiera; a los desmochadores de una España irreal, porque los muy ciegos la imaginan mentecata, corta, acochinada en tablas, fácilmente desguazable y sólo buena para ser ordeñada desde el campanario de la aldea... Y, claro está, a los cuuuursis meapilílicos y Alcazareros a quienes, ¡setenta años después!, sigue produciendo incontinencia intestinal el color de una camiseta.

Para todos ellos, la frase más repetida en aquel deslumbrante fin de semana: Viva España. La de todos. La real. La que nos ha hecho felices esta vez, y volverá a conseguirlo. Y no sólo por el fútbol.

El drama comenzó el 12 de junio, una media hora antes de que comenzase el partido de fútbol entre Argentina y Nigeria. Estaba yo en casa sentado ante el ordenador. No me gusta mucho el fútbol, más bien me aburre, pero comprendo que un campeonato mundial es algo que provoca tremendas descargas de adrenalina en cientos de millones de personas. Así que mi actitud ante un Mundial es de serena resignación. Felicito, sonriente, a los hinchas del equipo vencedor. Trato de consolar, en la medida de lo posible, a quienes iban con el que perdió. Eso, digo yo, se llama ser afectuoso y solidario, pero la verdad es que me importa un pimiento quién gane y quién pierda… a no ser que juegue España, claro. En ese caso se me alteran los nervios (tampoco mucho, la verdad) con el ardor guerrero que vibra en tantas voces; y, de amor patrio henchido el corazón, me pongo de parte de los míos. Como se debe. Supongo.

Pero no me despisto, les hablaba del drama. Empezó, ya dije, el día del partido entre Argentina y Nigeria. Las cuatro de la tarde serían. Mi voluntad de contestar correos electrónicos se vio repentinamente estorbada por algo que no sabía bien qué era. Un sonsonete, un ruidito, algo como una trifulca de gatos o un disco rayado que venía de la calle y que, al principio, sonaba lejos, flojito. Traté de no hacer caso, pero fue imposible. Intenten ustedes escribir algo cuando el vecino tiene puesto un disco rayado. Además, aquello crecía: el ruidito pronto se transformó en ruido, y el ruido en estrépito, y el estrépito en un coñazo insoportable. Estaba por levantarme del sillón y asomarme a la ventana cuando, sin más, sin aviso previo, el latazo cesó. Yo no sabía por qué, pero me dio igual: volví a ensimismarme en los correos.

Se reanudó exactamente 45 minutos después. Puñetazo en la mesa, se cayeron al suelo, despavoridos, todos los bolis. Puse atención: en realidad se trataba de algo rítmico… quiero decir, más o menos rítmico… en el que intervenían voces humanas, o que parecían humanas, y algo semejante a un instrumento de percusión. ¿Un bombo? No. ¿Un mono golpeando un tambor? Quizá, pero se trataba de una secuencia sonora que duraba entre veinte y veinticinco segundos y que se repetía una y otra vez, una y otra vez, hasta la extenuación. Por lo menos hasta mi extenuación.

Cuando por fin me asomé a la ventana lo comprendí todo. En mi calle, a pocos metros de mi portal, hay un restaurante argentino que yo ya conocía y que se llama Clericó. Se come allí bastante bien. Por alguna razón que desconozco, tres o cuatro sujetos se habían reunido en la acera de enfrente del Clericó, por donde apenas pasaba nadie, ataviados con camisetas a rayas blancas y azul claro. Uno de ellos transportaba, efectivamente, un tambor de notables dimensiones.

Y lo que estaba intentando aquella pobre gente era cantar. En serio. En una calle desierta, donde nadie les hacía el menor caso, se apoyaban en la pared y repetían, repetían, repetían a grito pelado una letra que no fui capaz de descifrar entera, pero que venía a decir algo así: “Argentina, Argentina, / vamos, vamos… (ininteligible) / Yo te sigo a todas partes, / cada vez te quiero más”.

¿Era una canción? Desde luego que no. Por lo menos, no en las voces de aquellos pobres, porque una canción tiene música y los chalados de la camiseta a rayas demostraron ser absoluta, radicalmente incapaces de expelir por aquellas bocas algo ni remotamente parecido a una nota musical. Ninguno de ellos tenía más oído que una torrija. Eran nada más que gritos, eso sí, tremendos. Ah, y el del tambor. Ése era el peor de todos. Supongo que sería completamente sordo: de otro modo no se explica la arritmia con que arreaba de estacazos a aquel trasto, que no tenía, el pobre, la culpa de nada. Baste una imagen: Manolo el del Bombo, comparado con aquel salvaje, sería percusionista en la Filarmónica de Viena.

Comprendí la estrategia pocos días después, en el segundo partido de Argentina, cuando los chicos de Maradona le calzaron cuatro goles a Corea del Sur. Estaba claro: los cafres de mi calle, los de la camiseta a rayas, se reunían ante el Clericó media hora antes de que comenzase cada encuentro y se ponían a vociferar. Luego entraban a ver el primer tiempo. Volvían a salir en el descanso y se reanudaba la catástrofe: “Yooo te sigua toa parteeee, caaaada vé te quiero máaaa”, pom, pom, popóm, pom, potopón, una y otra vez, una y otra vez, ¡¡una y otra vez!! Callaban durante el segundo tiempo y, al término del partido, tercera sesión de alaridos, que duraban ya hasta que les daba por irse. Si les daba.

Empecé a preocuparme de verdad por el Mundial de fútbol. Fechas, partidos, resultados. Y comencé a buscar algo que hacer, muy lejos de mi calle, cada vez que jugase Argentina, porque estaba clarísimo que si me quedaba en casa acabaría a patadas con los muebles. Siento decir esto del país que regaló al mundo a Borges, a Cortázar, a Astor Piazzolla,Carlos Guastavino, a Alberto Ginastera, a Walter Canevaro, a Roberto Fontanarrosa, Quino y Mafalda, a Les Luthiers y a Hernán Casciari, pero empecé a desear con verdadera furia que alguien me hiciese la caridad de eliminar a Argentina del Mundial. Ah, nipadiós. Se ventilaron a Grecia y a México. Yo me desesperaba: ¿Por qué mentía aquella gente del Clericó con tanta desvergüenza? ¿No se cansaban –qué carajo se iban a cansar– de repetir que seguían a Argentina a todas partes? Bien, y entonces ¿por qué coño no se movían de la ventana de mi casa? Y si era verdad que “cada vez querían más” a su selección, ¿no habría sido mucho más lógico y romántico, ya que hablamos de amor, ir a repetírserlo a la puerta de la Embajada, al consulado de Argentina en las islas Galápagos o, ya puestos, a la misma Suráfrica, joé, que allí nadie le iba a extrañar su melodiosa tonada entre tanta vuvuzela?

Pues no. Quietos allí, como perros de presa, en mi indefensa calle.

LA VENGANZA

Ruego a mis amigos argentinos, que son muchos, que me perdonen, pero la tarde del sábado pasado, 3 de junio, llegó mi venganza. A las cuatro, Alemania-Argentina. Los locos de la camiseta y el tambor se presentaron ante el Clericó a las tres y cuarto de la tarde y empezaron con su monserga insufrible, cadavetequieromáaaa. Yo callaba. A las cuatro, como estaba previsto, el martirio se interrumpió. A las cinco menos cuarto, cuando salieron de sus huras y reanudaron la murga, yo ya sabía que Alemania iba ganando por uno a cero. También callé: esperaba una dosis aún mayor de decibelios, y eso fue lo que llegó. Ya se sabe que cierta gente está convencida de que puede cambiar el futuro a base de, entre otras muchas cosas, hacer ruido.

Pero a las cinco y media, cuando los cuatro goles alemanes, como cuatro cañonazos, ya descansaban en el casillero del equipo de Maradona y en las exiguas meninges de los tipos de la calle, puse en marcha mi plan: descolgué de la pared el altavoz del equipo de música y lo saqué a la ventana. Luego me conecté al Spotify, puse el volumen al máximo y de di al play. Como un trueno, como el descenso de los dioses vengadores desde el cielo, como una catástrofe salvadora y feroz, la calle entera crujió (es que son 120 watios) con el Himno Nacional alemán en la interpretación de la Regimental Band of the Coldstream Guards, dirigida por el Mayor Roger G. Swift. Es la que más platillos y trompetas tiene de todas las que había preparado.

Temblaron los cristales del edificio. Los tipos de abajo, al principio, se quedaron pasmados, pero en menos de dos segundos se entabló un duelo acústico en el que hubo de todo menos piedad. Los gañanes, dale que dale con el tambor y los alaridos y los insultos (supongo que terribles, pero no se oía nada ya), y yo venga a repetir, implacable como una ópera de Wagner, el marcial y apoteósico himno de Alemania, Einigkeit und Recht und Freiheit / Für das deutsche Vaterland!, que procede, como todos ustedes saben sin duda, de un delicado y sutil cuarteto, llamado El Emperador, de Franz Joseph Haydn. Aquello duró como hora y media. Conste que gané yo, ¿eh? No podía ser de otro modo: a ellos, gritar y aporrear el parche les suponía un esfuerzo físico. Yo no tenía más que darle un toquecito medio despectivo, con el dedo, al ratón. Gané yo aunque, si hay que decir la verdad, la paz sonora la puso un coche de la Policía Municipal. Cuando llegaron a toda pastilla, con la sirena a gritos y sin duda avisados por los vecinos, los del tambor huyeron como hinchas que lleva el diablo y yo guardé el altavoz con cara de no haber roto un plato en mi vida.

Primera conclusión: lamento muchísimo el disgusto que se han llevado mis amigos argentinos por la contundente eliminación de su país. Y lamento muchísimo más que me sea de verdad imposible, y sólo por esta vez, ser del todo sincero en ese primer lamento.

Segunda conclusión: algo me dice que va a pasar bastante tiempo antes de que yo vuelva a poner los pies en el restaurante Clericó. Estoy casi seguro de que se quedaron con mi cara. Y miren que lo siento, porque se come que da gloria.

Reunir y poner de acuerdo a cuatro Grandes Maestros de la Masonería española es, a fecha de hoy, una heroicidad. Es triste eso. La Orden masónica, que tiene en los más importantes países civilizados un viejo y sólido prestigio como referente ético de la sociedad, sufre en España un desbarajuste del que sólo en los últimos años, en los muy últimos, empieza a salir. Creo que eso es una buena noticia para todos. Insisto: para todos.

A poco que uno se fije, la obsesión patológica contra la Masonería es lo único que le salió bien al dictador Franco. En términos históricos, fracasó en todo lo demás. Hoy es algo absolutamente corriente ser demócrata, ateo, protestante, gay, nacionalista o pacifista. Comunistas quedan más bien pocos, pero eso se debe a sus propios problemas y no a la persecución que contra ellos montó el caudillo. Sólo el que alguien sea masón, sólo eso, sigue siendo algo que la mayoría de la gente ve aún con prevención y desconfianza. Que era lo que quería Franco, aquel trepa que intentó iniciarse en la Masonería por dos veces (en Larache y en Madrid), que fracasó en ambos intentos y que, por ese motivo, crió en su agrio corazón un odio y un rencor mayores que los que aquel mediocre llegó a sentir por ninguna otra cosa en toda su vida. Mandó matar a 16.000 ciudadanos por el delito de ser masones. Exilió, encarceló, dejó sin trabajo o persiguió de cien maneras a otros 80.000. Y cuando terminó la guerra civil, no había en nuestro país más allá de 4.500 masones. De los que muchos, encima, lograron escapar. Ahí están los archivos de Salamanca para quien desconfíe de estas cifras.

Los masones españoles son pocos aún, aunque su número está creciendo rápidamente, pero esto es lo peor: están increíblemente divididos. Hay Obediencias (así se llama a la agrupación de varias Logias) que no llegan al centenar de afiliados. Muchas de ellas no reconocen a otras, o no tienen relación de amistad con ellas. ¿La culpa la sigue teniendo Franco? En parte sí, pero yo creo que, treinta y cinco años después de la muerte de aquel señor, los masones deberían mirarse a sí mismos antes que al pasado para buscar a los responsables de sus problemas. En un medio hostil, que fue el que dejó la dictadura, lo peor que uno puede hacer es caer en los personalismos, las rencillas, la vanidad, el afán de protagonismo, las querellas absurdas y el rencor individual.

Por eso me parece una heroicidad, pero sobre todo una espléndida noticia, que cuatro Grandes Maestres de la Masonería liberal y adogmática española (esto es, que reconocen a las mujeres masonas como hermanas y que no tienen la obligación de creer en ningún dios) se hayan puesto de acuerdo y hayan presentado hace unos pocos días, en el Ateneo de Madrid y albergados por la agrupación ateneísta Ágora, un texto común en el que se dicen muchas cosas muy importantes para todos. Repito: para todos los ciudadanos.

Nombres: Jordi Farrerons, Gran Maestre de la Gran Logia Simbólica Española (GLSE); Ana María Lorente, Gran Maestra de la Gran Logia Femenina de España (GLFE); Paloma Martínez Sierra, presidenta de la Federación Española del Derecho Humano (DH) y Aimé Battaglia, que no es Gran Maestro sino Consejero del Gran Oriente de Francia (GOdF). Como anfitriona, Carmen Serrano, presidenta de Ágora, foro para el diálogo en el Ateneo madrileño.

Bien, ¿qué dijeron? En pocas palabras: la Masonería reivindica el principio constitucional de aconfesionalidad del Estado. Vaya cosa, dirán ustedes: eso ya lo pone la Constitución, ¿por qué salen ahora los masones a reivindicar algo que ya está en la ley de leyes?

Pues porque una cosa es lo que dice la Constitución y muy otra lo que pasa en realidad. La Masonería liberal piensa que sigue existiendo no sólo una preeminencia evidente de la Iglesia católica en la vida institucional española, sino que otras confesiones religiosas (qué gaitas otras confesiones, seamos claros: el Islam) están avanzando para imponer al común de los ciudadanos, a todos los ciudadanos, normas de comportamiento, usos, costumbres y prerrogativas que son frontalmente incompatibles no ya con lo que dice la Constitución, sino con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Nuestro Estado es, por definición constitucional, laico. Esto quiere decir que respeta todas las confesiones religiosas, pero que no ampara, protege, impulsa ni cuida amorosamente a ninguna de ellas. ¿Por qué? Por algo tan evidente que da vergüenza decirlo: porque la religión es, por definición, un acto privado, un sentimiento personal e íntimo que debe ser respetado, cómo no, pero en ningún caso impulsado por un Estado laico. Los franceses –esto lo recordó Aimé Battaglia, del GOdF– tienen, desde hace ciento cinco años, una ley de separación entre la Iglesia y el Estado que nosotros no tenemos. Hace un siglo que se acabaron estos problemas para nuestros vecinos del norte. Aquí, hoy, la Iglesia sigue indignándose porque se pretenda eliminar los símbolos religiosos privados –todos, pero sobre todo los suyos– de los edificios públicos, y muy singularmente de los centros educativos, que es donde pretenden mantener como sea su cantera. Y no es más que un ejemplo entre cientos: ahí están la catequesis en la enseñanza que todos pagamos, las subvenciones más o menos encubiertas que el Estado sigue pasando al clero, la reverencia temerosa de las autoridades civiles para con los jerarcas eclesiásticos, la confusión inconcebible entre religión y derechos humanos que se está cometiendo con el asunto del burka, del niqab y del hiyab.

Es lo que Jordi Farrerons (GLSE) llamaba la “pervivencia de una confesionalidad sociológica del Estado” 32 años después de que se promulgase la Constitución. Yo creo que tiene toda la razón. Y estoy de acuerdo con la idea de los Grandes Maestros masones: ¿por qué hay que incluir en nuestra declaración de la renta una casilla desde la que es posible financiar a la Iglesia católica? ¿En nombre de qué? ¿Quieren los católicos dar dinero a sus curas? Perfecto, que lo hagan. España está llena de iglesias, y las iglesias llenas de cepillos petitorios. Todo el mundo que pide o que necesita dinero (asociaciones de todo género, ONG, iniciativas ciudadanas) hace público un número de cuenta corriente en el que cada cual puede hacer, si así lo considera oportuno, el correspondiente ingreso. Pero ¿en la declaración del IRPF? ¿Por qué? O, nunca mejor dicho, ¿a santo de qué?

El Gobierno parece estar pensando no en solucionar el problema (como hicieron en Francia hace un siglo) sino en multiplicarlo: la idea es, según algunos, tratar a todas las confesiones por igual, sí, pero no según el concepto de igualdad laico… sino tratarlas igual que se trata a la confesión católica. Imagínense la locura de encontrarse, en el impreso del IRPF, ciento ochenta casillas para que cada cual escoja su religión o secta preferida; un plan de estudios en el que se ofrezcan al aterrorizado niño clases de islam, judaísmo, anabaptismo, adventismo, todas las ramas del budismo y, no faltaba más, cienciología; las paredes de las aulas hechas un bazar con cruces de cuarenta clases, estrellas, lunas, soles y yo qué sé qué más. Y todo a cargo, claro, de los Presupuestos Generales del Estado. Pobre ministro Gabilondo.

Creo que la solución más sensata y más constitucional es la que proponían los masones en el Ateneo: quien quiera religión, que se la pague y que la disfrute con salud. Que mande a sus hijos a la parroquia, a la madrasa, a la sinagoga o a la estación espacial internacional si eso es lo que se le antoja, pero, eso sí, fuera del horario lectivo, sin dinero público de por medio y con la garantía de que, en la escuela, a la criatura se le va a enseñar lo que debe aprender todo el mundo, que son materias científicas, humanidades, oficios y educación constitucional y democrática. Sí, he dicho bien: educación para la ciudadanía, para la convivencia en paz, libertad, tolerancia y respeto. Que es lo que propugna la Constitución.

¿Cómo se llama eso? Laicismo. Así de claro. No laicidad, que es un término que no existe, un galicismo que nace de laicité. Que se traduce correctamente, en español, por laicismo.

Alguno dirá: ya están los masones, esos comecuras, prendiendo la antorcha para quemar iglesias. Bien, es inevitable. De sobras sé que es por completo imposible convencer de nada a los fanáticos ni a quienes se creen en posesión de la verdad, sea revelada (es lo más frecuente, así no hay que pensar) o sea fruto del propio mecanismo mental, que para el caso es lo mismo. Porque es mentira que los masones sean anticlericales. O antirreligiosos. Entre ellos hay numerosísimos cristianos, y también musulmanes, budistas, agnósticos y ateos. Pero cualquier persona medianamente informada sabe que en las logias masónicas no se habla jamás de religión: cada cual puede creer en lo que quiera y nadie le pregunta nada a nadie. Lo que sí defienden, como acabamos de ver, es la libertad, la democracia, la tolerancia y el respeto a los demás. A todos los demás. Lo que defienden es un espacio común de convivencia, laico y constitucional, en el que quepamos todos los ciudadanos.

Y el que quiera rezar, pues que rece en su casa o en su templo, que para eso están la libertad individual y los templos.

Por cierto: ¿alguien se imagina una discusión como esta en Alemania, en Francia, en Suiza, en Suecia o en el Reino Unido? Resulta difícil, ¿verdad?

Lo decía Bertolt Brecht: malos tiempos aquellos en los que es necesario defender lo evidente.

Tannhäuser en el Teatro Real


En las páginas de los periódicos, de algunos periódicos, se sentía el temblequear de las carnes pudibundas, el azogue al cruzar las piernas, el sofoco, el rubor nerviosísimo al hablar de aquello: “¡Se ven tetas! ¡Y culos! ¡Y quién sabe qué más, porque había poca luz! ¡Y se frotaban! ¡Uh! ¡Qué desvergüenza! ¡Pornografía en el Teatro Real! ¡A
dónde vamos a parar!”

Lo confieso: tengo un abono anual, muy modestito, en el que entraba este Tannhäuser de Richard Wagner que ahora mismo puede verse en el gran escenario operístico de Madrid. Así que no puedo decir que fuese allí corriendo para ver pornografía en directo, que era lo que anunciaban, alarmadísimos, los medios de obediencia más o menos episcopal. Sencillamente, tenía entrada. Y fui.

Pero era cierto. Se ven tetas, por cierto muy hermosas. También culos, lo mismo de extraordinariamente atractivas mozas que de espectaculares mozos, y no tengo más remedio que admitir que son culos, todos ellos, muy bien construidos, cuidados, mimados y trabajados a golpe de gimnasio. Culos geométricamente perfectos que, en otro tiempo, hubieran merecido magníficos sonetos y, en algunos casos individuales, hasta tratados enteros de Apologética. Lo mismo que los talles, las piernas, los brazos, las cinturas, los torsos. Y también es verdad que mozos y mozas (o mozos y mozos, o mozas y mozas, y sigan ustedes por ahí pensando) se frotan, se constriñen, se apropincuan libidinosamente; tócanse, pálpanse, despójanse de las ropas unos a otros y, en el colmo del atrevimiento, fingen con increíble verosimilitud actos de concupiscencia y fornicación que habrían hecho aullar (no me atrevo a decir por qué, pero sin duda aullar) a numerosos espíritus pudorosos y biempensantes que tienen abono viejo en el Real al tiempo que contrabarrera en la catedral de La Almudena y túnica (o mantilla) en el Corpus.

Vamos a ver, ¿es noticia que salgan tetas y culos al principio y al casi al final (nada más) una representación medianamente digna de Tannhäuser? Pues yo creo que no. La noticia se­ría que no saliesen. Eso sí que daría motivo para preocuparse. 

Antes de nada, una reflexión de carácter general. Richard Wagner es como los callos a la madrileña: te gusta o no te gusta, no hay medias tintas ni compromiso posible. Si te gusta, es muy posible que Los Maestros Cantores de Nuremberg te parezcan algo odiosamente breve, y son cinco horas largas. Si no te gusta, costará trabajo que alguien te convenza siquiera de la vieja frase: “Wagner es el autor de insuperables momentos de música… separados entre sí por cuartos de hora insoportables”.

Mi relación personal con el atrabiliario don Ricardo es, por si a ustedes les interesa –que no lo sé–, vamos a decirlo con cuidado… disciplinada. Voy a ver sus óperas. Me tomo antes uno o dos Red Bull, pero voy a verlo, se lo juro, con toda abnegación. Mi amigo y maestro Lincoln Maiztegui bramaba de ira, en su casa de Madrid, hace ya demasiados años, cuando me atizaba, sin anestesia ni nada, el primer acto de Tristán e Isolda y a mí se me cerraban los ojos sin poderlo remediar. Me cubría de insultos y luego gritaba siempre lo mismo: “¡¿Pero en qué cabeza cabe que precisamente a ti no te guste Wagner?! ¡Beeestia, que eres un beeestia, pero cómo se puede ser tan beeestia!”

El buen Lincoln, conde honorario de Monterone, tenía toda la razón. Soy un beeestia. Por eso voy a ver las óperas de Wagner y hago cuanto puedo por no largarme a casa en los entreactos: porque creo de buena fe que quizá algún día el Cielo se apiade de mí y este pobre beeestia logre, al fin, ver la luz, llorar de pasión cuando suena el jod… (perdón) el Tema de la Espada y poner los ojos en blanco cuando Sigfrido se empeña en explicarle al enano Mime lo mucho que sufre en esta vida, y aquello no se acaba nunca, nunca, ¡nunca!

Ah, pero Tannhäuser es otra cosa. Es la tercera ópera de don Ricardo, después de Rienzi y de El holandés errante, y ahí no hay cáscaras ni disculpas ni Red Bull porque, además de que es de las cortitas (¡sólo cuatro horas, y eso con los descansos!), contiene tal cantidad de prodigios musicales, tal inundación de belleza, tan grandes coros y arias y romanzas y sentimientos a flor de piel, que cómo te lo vas a perder, por más beeestia que seas.

Eso sí, el libreto es del propio Wagner, como es habitual, y, quizá porque está basado en una vieja leyenda alemana, es –perdonen la expresión– lo más meapilas que ha parido madre. Ni el texto del Requiem es más pacato, más intransigente ni más tridentino. Lo entrevero muy rápidamente. El caballero trrovador Tannhäuser tiene novia formal, Elisabeth. La chica es muy buena gente pero algo estricta en cuestiones de moral sexual, así que Tannhäuser, que necesita algo más tangible que suspiros compartidos mirando a la luna, decide irse a Venusberg (literalmente, “Monte de Venus”) (¡¡ !!), donde todo el mundo se dedica al amor libre y desenfrenado ante la mirada complaciente de la propia diosa. Que, por cierto, se lía con el caballero.

Bien, pues ahí comienza la ópera, en Venusberg. Caramba, ¡es una bacanal! ¡Una orgía! ¿Cómo no van a salir tetas y culos? ¿Qué querían las damas del patio de butacas que saliese? ¿Las monjas de la abadía de Sonrisas y lágrimas cantando “Do es trato de barón, Res selvático animal”? Quiero decir: algún descastado ha puesto en el Real un Rigoletto que comienza no en la fiesta del palacio del duque de Mantua, que es lo que pone el libro, sino en el cuarto oscuro de un local gay, y allí todo el personal dándole al fornicio con mucha concentración. A mí eso me parece una soberana gilipollez. Otro descerebrado, Calixto Bieito, convirtió el palacio del rey Gustavo de Suecia (principio de Un ballo in maschera, de Verdi, hace años en el Liceo de Barcelona) en un gigantesco retrete de caballeros en el que los cortesanos cantaban lo que tenían que cantar a pantalones bajados, sentados en la taza y leyendo el periódico mientras hacían de vientre. Peter Sellars situó el Così fan tutte, de Mozart, que se supone que tiene lugar en las inmediaciones de una playa, en una hamburguesería de carretera norteamericana. Así hay cientos de ejemplos de cómo un escenógrafo cretino puede cargarse una ópera. Es lo que dice mi amigo Paco Chamorro: no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa.

Pero ¿poner tetas y culos donde el libreto dice que hay que poner tetas y culos y gente practicando el sexo? Vamos, por Dios, ¿dónde está el escándalo? ¿Dónde está la noticia? Además, este montaje, que viene de la Ópera de Los Angeles y que firma nada menos que Gottfried Pilz (escenógrafo y figurinista), es un prodigio de imaginación, de humor y, esto sobre todo, de buen gusto. La escena de la bacanal está pensada entera en color rojo, tanto la luz como el vestuario de los cantantes y figurantes; y el movimiento giratorio del escenario, que no se está quieto casi nunca, subraya precisamente esa idea de “todo vale aquí” que tratan de transmitir el texto y desde luego la música.

Tannhäuser termina por hartarse del amor fácil y multitudinario de Venusberg y decide regresar al mundo de los mortales, a ver si encuentra a su amada Elisabeth. La echa de menos. Es invierno y sus amigos de siempre, los caballeros cantores, están a punto de iniciar su concurso de melodías improvisadas. Le acogen con todo cariño y le invitan a participar. Se lo juro a ustedes: pocas veces en mi vida he visto algo más hermoso que la entrada de los nobles en la Sala. Todos, casi cien personas, vestidos de etiqueta y en riguroso blanco y negro, ya dije que es invierno. Los camareros, al principio, corriendo como locos, ajustándose los chalecos y las pajaritas. Tras ellos, las parejas de dignatarios (ellos y ellas) entrando al compás de la música, un desfile muy digno pero muy cómico; al director de escena, Ian Judge, no se le atragantan ochenta o cien personas sobre las tablas, los mueve con mano maestra, nadie se está quieto.

Pero Tannhäuser, en el concurso (el tema sobre el que hay que improvisar es “la esencia del amor verdadero”), se enfrenta con sus compañeros cantores, que son todos un poquito cursis; reconoce que ha estado en Venusberg y afirma que en la esencia del amor también está el sexo. ¡Horror! Todo el mundo lo mira como si hubiese matado a alguien. ¡En ese sitio pecaminoso! ¡Elisabeth, no te desmayes! ¡Wolfram, no le pegues! ¡Que se vaya a Roma, de peregrino, a ver si logra que el mismo Papa le perdone tan horrenda acción! Anda que vaya tropa…

Cuando los peregrinos vuelven de Italia y cantan su famosísimo coro (por cierto: qué bien lo hace el Coro del Teatro Real, que está en huelga porque los quieren poner a casi todos en la santa calle después de diez años de triunfos), es otoño: toda la escena, luces y vestimentas, en verde. El maestro Judge se ríe no poco de los santurrones que vuelven con sayas blancas, báculos y con la mente desquiciada. Cuando gritan “¡Aleluya!” ante la cruz de palo, en el momento más grandioso del coro, a todos les entra un tembleque, un estremecimiento, un baile de San Vito francamente divertido, como si les hubiesen puesto corriente eléctrica en los… dogmas. He ahí cómo tomarle el pelo a un momento solemne… sin traicionarlo en absoluto.

Tannhäuser, claro, no ha vuelto con los peregrinos redimidos, porque el sinvergüenza del Papa, airadísimo, se ha negado a perdonarle que haya estado en Venusberg, algo absolutamente inabsolvible (ah, la Iglesia y el sexo). Regresa el muchacho solo, fuera de sí, enfadadísimo y con verdaderas ganas de apuntarse otra vez a la bacanal. Ahí reaparecen, muy brevemente, Venus y sus fornicadores, de nuevo en el lógico “traje de faena”, o sea sin traje (en fin, unos tangas diminutos que sugieren más que ocultan). Pero no hay nada que hacer. Elisabeth, como tantas veces pasa en la Ópera, se lleva un sofocón tremendo y se muere así, por las buenas, sin que nadie le haga nada; vamos, que la mata el disgusto. Viéndola exánime sobre sus angarillas, Tannhäuser se muere también, y del mismo modo (digo yo que un infarto; si no, ¿de qué?) sobre el cuerpo de su amada intacta y virginal. Y unos cuantos cursis vestidos de canónigos traen en procesión el báculo del puñetero Papa, lleno de flores (el báculo, ¡no el Papa!) prueba evidente, por lo visto, de que el alma del pobre Tannhäuser se ha salvado in extremis y está en el cielo; o sea que ya no volverá a Venusberg, el muy calzonazos, que es lo que él quería… Quién no...

Pocas veces he visto la puesta en escena de una ópera, sea de Wagner o de cualquier otro, con más exquisitez y más belleza. A todo esto, ¿y las voces? Ejem. Bien, bien. Bueno… El Wolfram de Roman Trekel fue, seguramente, lo mejor de todo; no es Fischer-Dieskau, pero es que ya no quedan Fischer-Dieskaus. Ni quedan ni se fabrican. Se aplaudió mucho también a la pazguata de Elisabeth, con la que casi pudo Edith Haller. Digno, muy digno el Landgrave Hermann de Günther Groissböck. Y en cuanto al tenorcito que hacía de protagonista, Robert Gambill, pues… Este muchacho es joven. Y norteamericano. Me voy a morder la lengua: prefiero pensar que estaba mal de la voz esa tarde. Porque como cante así siempre, el pobre…

Gran coro, una esforzada orquesta (la titular del Real) y, esto por encima de todo, una impresionante versión/visión del director, Jesús López Cobos. Se le aplaudió, con toda justicia, más que a nadie. Temo que le vamos a echar mucho de menos a partir del año próximo, con Mortier o sin Mortier en ese caserón. López Cobos es de los que logran milagros rarísimos. Como que este pobre sufridor, antiguo caballo, esta beeeestia, disfrute como un enano con, como decía Valle Inclán, “la música de ese teutón que llaman Wagner”. Por esta vez.

SALUD MENTAL

Para evitarles a ustedes que se cuelen ni un solo segundo en este foro las defecaciones mentales de cierto pobre desquiciado, mancebo de botica él, los comentarios que puedan llegar aquí no aparecerán inmediatamente. Yo los autorizaré primero. Eso sí, prometo estar al tanto todo el tiempo que pueda. Gracias a todos por la paciencia... y tranquilos: ya se cansará. No hay ladilla que cien años dure.

Llegada de la CuaresmaMe llega al móvil un mensajito que me deja algo perplejo. No sé quién me lo envía. Dice así (corrijo un poco la sintaxis, ¿eh?): “Estamos en Cuaresma, la época más bonita del año para un católico. Haz caso a tus amigos los obispos: los viernes de Cuaresma, haz penitencia y no mandes SMS ni te conectes a internet. Pásalo”.

Lo primero que pienso es que algún amigo ateo me está tomando el pelo, porque cuando recibo ese mensajito es precisamente viernes, o sea viernes de Cuaresma, así que el tipo que me ha mandado el SMS no puede hablar en serio porque estaría faltando a la norma que él mismo trata de imponerme. Parpadeo un poco, ya digo, algo perplejo.

Lo segundo que se me pasa por la cabeza es que se trata de una broma no sé si más torpe o malvada (sigo pensando en mis amigos ateos y ahora también en la fallera mayor de la farmacia valenciana) porque, a mi modo de ver, hace falta mucha mala leche para difundir por ahí que los obispos, que ya se sabe que intelectualmente no son gran cosa en España desde hace ya demasiados años, sí son lo bastante simples como para pedir por ahí que las ovejuelas del Señor, además de jorobarse la existencia renunciando al sexo y al solomillo durante la Cuaresma –que es la penitencia tradicional–, exijan ahora que no enchufes el ordenador ni mandes mensajitos con el móvil.

Pues no. Me santiguo antes de incumplir el nuevo precepto, me cuelo en Google y descubro que es todo verdad. La genialidad fue del arzobispo de Modena-Nonantola, monseñor Benito Cocchi. Inmediatamente se sumaron el de Pesaro, Piero Coccia; el de Bari-Bitonto (la diócesis se llama así de verdad, no estoy yo pretendiendo decir que este señor sea tonto por duplicado), Francesco Cacucci; y, para rematar, se unió presuroso el obispo mexicano de San Cristóbal de Las Casas, o sea Chiapas, que se llama Felipe Arizmendi. No hay que mandar mensajitos en los viernes de Cuaresma, dicen. Y mucho menos conectarse a internet, ese pozo de inmundicia.

Como tantas veces pasa cuando a alguien se le ocurre algo así, no han faltado quienes pretenden “corregir y aumentar” la idea. En España, el obispo de Gerona, Francisco Pardo Artigas, se ha sumado fervorosamente a tan pía iniciativa, pero cambiándola un poco. Se contenta con que los chavales dejen de enviar tres mensajes al día y que pasen menos tiempo conectados a internet. Pero, eso sí, no ya los viernes, sino durante toda la Cuaresma. La época más bonita del año para un católico, como dicen "nuestros amigos los obispos" (esa parte del SMS sí que me dio sudores). Todo esto va embalado en la campaña diocesana “Desconéctate para conectar”, eslogan que, por más vueltas que le doy, no termino de entender, perdonen ustedes.

Admito que mis conocimientos de Teología punta andan algo oxidados, pero no logro comprender exactamente a qué me voy a conectar si empiezo por desconectarme, ni de qué me tengo que desconectar para conectar con qué, ni si la desconexión ha de ser en sentido lato o estricto, mortal o venial, interna o externa o mediopensionista. Porque, vamos a ver, digo yo: si mando un solo mensajito de móvil, pues no peco según el obispo de Gerona, ¿verdad? Pero ¿y si ese mensaje se lo envío a ochenta destinatarios? ¿Cuenta como un único mensaje (sentido lato) o como ochenta (sentido estricto)?

Item más: si mando un solo SMS diciendo, por ejemplo: “Monseñor Pardo, vaya pavada, está Su Ilustrísima como las maracas de Machín”, ¿peco más o menos que si mando treinta mensajes distintos con el texto “Tomad, Virgen Pura, nuestro corazones, no nos abandones jamás, jamás”? ¿Qué dice al respecto la Congregación para la Doctrina de la Fe? ¿Hay algo sobre el asunto en las Epístolas de San Pablo, que sabía de todo aquel hombre? ¿Y en el Levítico? ¿Es más pecado mandar un SMS o un mensaje con fotos? ¿Se sabe cuántos mensajitos mandaba hasta este año, en viernes de Cuaresma, Benedicto XVI? ¿Y Wojtyla, que también tenía móvil? ¿Peco venial o mortalmente si me paso todo el viernes que viene conectado a la web de la Santa Sede? Y si muero de un infarto mientras leo en el ordenador, en viernes de Cuaresma, el tremendo Alba o el no menos furibundo Alfa y Omega, ¿voy directamente al infierno o hago escala en el Purgatorio para repostar? ¿Hay indulgencias previstas para eso? ¿A cuánto las venden sus Ilustrísimas? Y, caramba, ¿desde cuándo es la Cuaresma la época más bonita del año para un católico? ¿No era la Navidad? ¿O la Semana Santa, con sus espectaculares desfiles de mangas y capirotes? ¿Comprenden ustedes mi tribulación? ¿Qué hago para estar tecnológica-teológicamente a bien no ya con Dios, que con ése tengo un asunto personal en el que no dejo entrar a nadie, sino con el obispo de Gerona? Y, vamos a ver, ¿por qué el canalla que me ha mandado el SMS dice que los obispos son amigos míos? ¿Qué he hecho yo para merecer eso, eh?

Perdónenme. No tengo por qué agobiarles con estos nuevos problemas de conciencia que me han creado los clérigos y nada más que ellos, porque les juro que yo no los tenía antes. Tampoco quiero amargarles la vida con las secuelas que ha provocado este sorprendente precepto de “abstinencia tecnológica”. Ya dice la sabia ley de Murphy que todo lo que es susceptible de empeorar, empeorará. El arzobispo de Trento (hombre, ¡cómo no! ¡Faltaba Trento!), Luigi Bressan, que ha visto hueco a puerta con esto de los SMS, ya ha pedido que no se use el coche. Y el Patriarca de Venecia, cardenal Angelo Scola, exige que, “por el bien del medio ambiente” (además de por la consabida penitencia), en Cuaresma se beba agua del grifo en vez de embotellada. Cualquiera de ustedes que haya cometido la insensatez de beber agua del grifo en Venecia, sea en Cuaresma, en Adviento o en Pentecostés, sabe perfectamente lo que es jugarse la vida. Parece que el cardenal Scola pretende, una de dos: o aumentar la nómina de mártires, o colapsar los hospitales. O lo uno antes de lo otro, que es lo más probable.

Y luego, no podía faltar, está el obiiiispo de Paleeeencia, monseñor José Ignaaaacio Muniiiilla, quien se suma a la exigencia de “ayuno y abstineeeencia” de la tele y de internet (pero no ya en Cuaresma, ¿eh? ¡Todo el tiempo!) porque, como él dice, “su consumo está alcanzando niveles de autéeeentica esclavituuuud”.

No sé lo que pensarán ustedes. Yo, sin la menor intención de faltarle al respeto a nadie, creo que lo que lleva milenio y medio provocando una auténtica y clarísima esclavitud es el empecinamiento del clero en que no hagamos aquello que nos gusta, sea lo que sea, porque ellos lo exigen así en nombre de un Dios que jamás ha prohibido, por su boca, nada en absoluto, y menos se ha entretenido en imponer penitencias tecnológicas que dan risa. Todavía me acuerdo de aquel ceñudo cardenal de Lima, Juan Gualberto Guevara se llamaba, que en los años 50 decretó la excomunión a todo aquel que “bailare o escuchare” el mambo. Es el clero el que lleva siglos usando, desde luego con todo éxito, uno de los métodos de control mental colectivo más eficaces que se han inventado: prohibir todo aquello que da placer, amenazar con tormentos infernales a quienes no obedezcan y, esto sí, prometer una etérea “salvación eterna post mortem” a quienes hagan caso… ¿a quién? ¿A Dios? De ninguna manera: a ellos y nada más que a ellos, que dicen ser sus representantes en exclusiva.

Me atrevo a suplicaros, amadísimos hermanos, que, si tenéis algún comentario que hacer a estas líneas, lo hagáis… el próximo viernes. Que para algo estamos en Cuaresma, la época más bonita del año para un católico. O eso dicen nuestros amigos los obispos.

Amén.


C U M    G R A N O    S A L I S


-Esta semana me despisté pero, a partir de ahora, estaré aquí los sábados. De Cuaresma o de lo que sea, me da igual.

-El Coro del Teatro Real está en huelga. Pero en huelga japonesa, o sea de trabajar más. Tras diez años de promesas gaseosas, los van a mandar a casi todos a la calle y en estos días se están dedicando a cantar el célebre coro de los peregrinos de "Tannhäuser" delante del teatro, delante del Ministerio de Cultura... Me pregunto si a quienes nos lo sabemos nos dejarán echar una mano.

-Damianquita bonita, flor de verbena, que eres como un ramito de yerbabuena, boticaria salerosa, me encanta que me dediques tanto tiempo. Sigue perdiéndolo, cielito. No vas a colar ni uno. Pero es que ni uno. Y lo que me estoy divirtiendo. Besín.


Sepan todos los que esto vieren y entendieren que el otro día se presentó, en el hotel Intercontinental de Madrid, el último libro de Alfonso Ussía, que lleva por título "Mujeres del Reino" y que es, puesta en limpio y encuadernada, la colección de 52 perfiles de señoras que Ussía ha venido publicando en TIEMPO desde hace más o menos un año. La gran mayoría de las señoras quedan bien. Algunas, no tanto. Jone Goiricelaya se va a cabrear muchísimo.

Estaban presentes algunas de las que, en rigor, habría que empezar a llamar "chicas Ussía": María San Gil, Irene Villa, Gloria Lomana, Marta Robles, Carmen Posadas y, 7'4 grados en la escala de Richter, Espe Aguirre, que encima presidió el acto y amadrinó el libro. Y a esto es a lo que voy. Porque Espe no habló la primera sino la segunda. El primero en intervenir fue Jesús Rivasés, director de TIEMPO, quien, después de dar las gracias a todos con mucha cortesía y comedimiento, sacó un papel (Ussía empalideció; Espe, no tanto) y anunció que se disponía a leer unos versos que le había pasado un tipo de León, que no es negro, que se apellida Pérez y que fue compañero de coro de Sonsoles Espinosa durante bastantes años. Ussía acentuó su palidez. Espe, como si nada.

Nada más lejos de mi intención que ponerme a enredar aquí sobre la identidad del tal Pérez, a quien, por esas cosas que tiene la vida, conozco desde hace muchísimos años. Piensen ustedes lo que quieran. Pero, con pemiso de Jesús Rivasés y, desde luego, de Pérez, aquí tienen ustedes el romance que allí leyó el director de TIEMPO (por cierto: lo hizo bastante bien), y que dejó a Ussía no ya pálido sino del color de la momia de Ramsés II. Que lo disfruten.

Jubilado Sotoancho

en paz y gracia de Dios;

bajo tierra la su madre,

que eso es gran consolación;

rica y cresa de por vida

la jaralesca facción,

que hasta don Crispín, el cura,

tiene acciones de Repsol,

díjose Alfonso: “¿Qué hago?

¿Qué invento? ¿Qué nuevo ardor

reclamará la mi tecla,

tecla limpia y sin baldón

que todo bruñe y ordena,

pues tecla es de ordenador?

Para descansar no valgo,

que jamás descansé yo

cuando tocar los… teclados

era ya cuestión de honor.

Bien lo sabe el padre Arzallus;

bien lo sabe monseñor

Setién, obispo belitre,

que en la cabeza llevó

mitrado pasamontañas,

y así el pelo le lució.

En fin, ¿qué queréis que haga?

¿Cuál es mi nueva misión,

jubilado Sotoancho

por la gracia del Señor

y bajo tierra mil metros

la madre que lo parió?

A vuestros pies me prosterno.

Hable el señor director”.

 

 

El director nada dijo:

cauto silencio guardó,

y lo sé de buena tinta,

que el director era yo.

 

 

“Alfonso… No sé qué os diga…

Lo que queráis… Pedid vos…”

Enarcó Alfonso una ceja,

si es que no fueron las dos;

quedóse cual Zapatero,

circunflejo y soñador,

y, al cabo de un rato, dijo

con su bien timbrada voz:

“Pues que tan libre me deja

vuestra justicia y rigor,

¡pienso irme de señoras!”

 

 

“¡¿De señoras?!” –grité yo–,

“¿De señoras habéis dicho?

¡Que sois casado, bribón!

¡Que tenéis hijos y nietos!

Todos más guapos que vos,

por cierto, y que no os ofenda

tan justa comparación.

Para vuestra edad, Alfonso,

estáis… Bueno, qué sé yo…

Os conserváis… dignamente,

que no es mala situación

para quien fue, desde niño,

tan digno conservador.

Pero ¿iros de señoras,

hala, así, sin ton ni son,

convertido de repente

en fiero depredador

que a todas las mozas mira,

como Luis María Ansón?

Pero ¿qué dirá la gente?

¡Vamos, Alfonso, por Dios!

¡No os lo aconsejo, caramba!

¡No, no, no, no, no, no, no!”

 

 

A mandíbula partida

se reía el muy… coñón,

coñón del Reino de España

que a sí mismo se incluyó

en su inmensa antología

del verso escarnecedor:

 

 

“No es eso, ¡Jesús mil veces!

¡Os columpiáis, director!

Nada más lejos, lo juro,

de mi benigna intención

que ir a ponerle varas

al hembrerío español.

No pretendo yo cazallas

(me da grima ese licor),

perseguillas ni acechallas,

ni hipnotizallas de amor

gracias a esta buena planta

con que el Cielo me obsequió,

a este porte de torero,

a este cutis seductor

y a este mi perfil egipcio

que tantos envidian; no.

Quiero sólo requebrallas

en prosa de Arte Mayor;

bosquejallas, describillas

(si es posible) con humor.

A las hermosas, pintallas

con delicado color;

a las demás… retocallas

si mal otro las tocó;

y a todas, sacalles punta,

que es oficio de escritor

afilar mejor la pluma

que el cuchillo capador.

Tiene mujeres el reino

de Juan Carlos de Borbón

que merecen folio y medio.

Y hay algunas que hasta dos”.

 

 

Dije que sí. Dio las gracias

y, allí mismo, un apretón

de manos fue el memorable

acto de fecundación

del que, al cabo de unos meses,

nació este libro. Aunque yo…

Perdona, Alfonso querido,

que me ponga criticón

tan inoportunamente:

no es de consideración

que ponga peros al libro

siendo su presentador.

Pero hay algo que… Caramba:

En total, cincuenta y dos

mujeres han desfilado

por estas páginas, ¿no?

A ver cómo digo esto…

Alfonso, válgame Dios,

¡Es que a ti te gustan todas,

impenitente ligón!

 

 

Con todas eres amable,

con todas cautivador,

y hasta a aquellas que administras

la Sagrada Comunión

tres, o cuatro, o cinco veces

con la mano del frontón,

les dices “qué lindos ojos”

con mohín de trovador.

Alfonso: tú te has leído

(no me lo niegues, felón)

aquel libro viejo y sabio

que Kierkegaard escribió

y que se llamaba, creo,

Diario de un seductor.

 

 

De Esperanza Aguirre glosas

aquel talle embriagador

que inundaba de pecados

el Seminario Mayor

de Donostia, si pasaba

delante del portalón.

Y recuerdas, puñetero,

cómo un guardia la multó

en la playa de Ondarreta:

el hombre se atragantó

al verla en aquel bikini

de tan breve proporción

que el tráfico colapsaba.

¡Si la viese Gallardón,

otro gallo nos cantara,

no me digas tú que no!

 

 

Ana Duato te derrite

(no me extraña, vive Dios);

Sara Baras es un junco;

la Pantoja, un ruiseñor

que dio en cantarle al oído

al pobre Julián Muñoz

(gran intelectual, por cierto)

y el resultado, qué horror,

fue que el castizo Cachuli,

el que de pinche empezó,

aprendió a poner la mano,

se hizo sobrecogedor

y hoy le paga el Ministerio

alojamiento y pensión

en lugares nada gratos

a su clase y condición.

 

 

De Carmen Posadas dices,

en el colmo de la unción,

que es belleza picassiana.

Bueno, mira... No sé yo

si le va a gustar el nardo

o te va a dar un capón,

porque con Rossy de Palma

la has igualado, melón,

¡y eso es afrenta que en sangre

se ha de lavar, Cristo Dios!

 

 

 A María Teresa Campos

alabas con tal pasión

que es para pensar, caramba,

que alguna sangre llegó

al río... Gloria Lomana,

colega en la profesión

de contar lo que sucede,

merece tal devoción

de tus devotos quereres

que, de no estimarla yo

como la estimo y conozco,

pensara que en La Razón

buscabas más que palabras

para el libro, so bribón.

 

 

A Marta Robles, que es rubia

(y ésa es tu perdición),

le lanzas flores a espuertas

y, transido de emoción,

vas y la llamas “soviética”…

¿No hay un piropo mejor

en un señor de derechas

y juanista comilfó?

 

 

La ministra de Defensa,

ya sabes, Carme Chacón,

tan hermosa te parece,

tanto estimas su candor,

que el que sea socialista

perdonas por mal menor.

Y la Reina. Y las Infantas,

que, en tu heroica descripción,

son igual que el Jueves Santo

y relucen más que el sol.

 

 

Y así todas, todas ¡todas!,

que no hay mancha ni excepción;

si hasta a la Goiricelaya,

que dejas tendida al sol

a escurrirse como un trapo

del setienesco faldón,

le dices qué bien bailaba

con el txistu y el tambor

antes de que se torciese

como luego se torció.

 

 

Alfonso, a mí no me engañas.

A ti te puede el varón

ardiente que llevas dentro,

ibero campeador

que sueña con los conventos

que Juan Tenorio asaltó.

Que si te dejaran suelto

(y no lo permita Dios),

a Sarkozy dejarías

por menguado y por lilón.

Que no eres tú Alfonso El Casto,

más bien El Batallador.

Este libro delicioso

que ahora ve la luz del sol

(y bien sé que es por la tarde,

pero ya me entiendo yo),

está lleno de mujeres,

desde luego, cómo no,

pero allá en el fondo brilla

el retrato de su autor.

Este es un libro de anhelos,

un poemario de amor

oculto bajo una prosa

que no oculta el corazón.

Y es un corazón tan grande,

y es tan grande su valor,

su donaire y su nobleza,

su generosa pasión,

que, Alfonso, no cabe duda:

ser tu amigo es un honor.

 

 

Y ahora que todo termina

te pido, Alfonso, un favor:

Haz un libro de señores,

escrito con tanto ardor,

y méteme a mí el segundo…

No el primero, ¡no, no, no!

Que el primero de tus grandes

Es, yo lo sé, Gallar… digo, ¡Iker Casillas!

 

 

Tal día como hoy, 6 de diciembre, hace 27 años, era domingo y casi llovía en Oviedo, donde yo estudiaba.

El piso de estudiantes en que vivía estaba justo frente a la estación del tren, a un paso de la calle de Uría: la más señorial de la ciudad. Bajé a la calle y, cuando me acerqué a comprar el periódico, vi algo raro. El kiosco estaba "empedradín", que habrían dicho allí, de banderas de España. No, no se trataba de que al buen Aurelio se hubiese dado un súbito ataque de ardor guerrero que vibra en nuestras voces ni de que jugase la selección en el Carlos Tartiere. Lo que sucedía era que la mayoría de los diarios, no puedo recordar si todos pero desde luego sí la mayoría, ocupaban toda su primera página, o la última, o las centrales, con una misma imagen: la bandera de España, en cuya franja central, la amarilla, estaba impresa una frase: "Viva la Constitución". Y el viejo Aurelio, que había sido minero antes que kiosquero, tuvo la idea de colgar los periódicos en su tenderete no como siempre, con la primera prendida de una cuerda con la pinza, sino abiertos por el lugar en que estuviese impresa la bandera con la frase. Y el kiosco era un mareo rojo y amarillo, una gloria en la que se repetía veinte, cincuenta, cien veces, el "Viva la Constitución".

Sin dudarlo compré mi periódico, me lo eché al brazo de modo que quedasen bien visibles la bandera y la frase, y empecé a caminar Uría arriba, luego la Escandalera, luego el casco viejo, hacia donde vivía mi amor de entonces. Les juro que me emocioné. En decenas y decenas de balcones estaban prendidas las páginas de los periódicos del día con aquellas tres palabras: "Viva la Constitución". Algunas personas habían colocado un plástico encima para evitar que el orvallu estropease el papel.

En aquella misma calle de Uría habíamos estado, pocos meses atrás, cientos de miles de personas que acudimos a sepultar en la historia, con nuestra presencia, a aquellos sinvergüenzas, a aquellos salvapatrias que no se merecían el uniforme que llevaban, a aquellos espadones de guardarropía que, una mala tarde de febrero, exactamente a la misma hora en que yo aprobaba por fin, en tercera convocatoria, la jodía Prehistoria de cuarto curso, entraban a tiros en el Congreso de los Diputados para cargarse la libertad, la esperanza y el futuro de los españoles. O sea, la Constitución.

Fracasó el golpe, pero no el miedo. Aún faltaba tiempo para que los traidores se sentasen en el banquillo de "Campamento" y para que el presidente Calvo-Sotelo, echándole un par de cataplines, recurriese por lo civil una sentencia militar que parecía redactada por las madres de los acusados. La gente, aquel 6 de diciembre, aún no las tenía todas consigo. Ni mucho menos.

Por eso era un puro gozo andar por la calle de Uría con aquel periódico bajo el brazo, y ver los balcones, y cruzarse con mucha gente que, igual que yo, llevaba bien visible su diario con el "Viva la Constitución". Y nos mirábamos de soslayo, y nos sonreíamos, y a veces hasta hacíamos un breve gesto con la cabeza o nos guiñábamos el ojo.

Y ya sé que hoy hace treinta años del referéndum constitucional. Pero, al menos para mí, hace 27. No hace falta añadir que conservo la página de aquel periódico.

Ya tiene una edad y puede que haya llegado el momento de ponerla en hora, de sacudirle un poco el polvo y de ajustarla a una realidad que ha cambiado mucho. Pero para mí sigue siendo no sólo el mejor instrumento de convivencia que los españoles hemos logrado darnos a nosotros mismos en toda nuestra historia, sino el símbolo más perfecto de nuestra libertad, de nuestra igualdad y de nuestra fraternidad.

Así que ¡viva la Consti!

 

En suspenso quedó el país (“no se hablaba de otra cosa”, que habría dicho Anson) ante la conversación televisada entre dos ancianos, Fraga y Carrillo, sobre esto, lo otro y desde luego la memoria histórica. Fue divertido ver cómo, en medio de la crisis y con el paro escalando más fieramente que Edurne Pasaban, la nación se paralizó para escuchar a dos nonagenarios, o casi, que hicieron sus mejores armas en la Transición.

Tienen la cabeza clara. Fraga hizo amago de sacarle a Carrillo la monserga de Paracuellos, donde, como ya está establecido en los libros de historia, don Santiago no tuvo gran cosa que ver ni pudo impedir nada de lo que allí se perpetró. Carrillo tuvo la cortesía de no responder sacándole a Fraga lo de Vitoria. Por ejemplo.

Mi parecer es que España debe mucho, muchísimo, a este par de bisabuelos que, como es sabido, se llevan estupendamente entre sí desde hace muchos años. La democracia no habría podido llegar con la suavidad con que llegó si don Santiago no hubiese tirado, en el momento preciso, de las riendas del PCE para evitar lo que mucha gente no estaba dispuesta a evitar de ninguna manera.

Y España debe a don Manuel Fraga un milagro inmenso: este hombre logró meter en una formación de corte democrático, Alianza Popular, a toda la alegre muchachada (que ya no era lo uno ni, desde luego, lo otro) del franquismo recién embalsamado. El facherío hispano, que era numerosísimo, se creyó de verdad que “el sitio que tenían allí” estaba justo detrás de Fraga.

 No era verdad, claro, pero eso ellos no lo sabían, cómo lo iban a saber. Los franquistas y falangistas sinceros, del corte de Utrera Molina, Girón, Guerra Campos y por ahí, estaban acostumbrados a funcionar mediante consignas, no por razonamientos; llevaban décadas acostumbrados a desfilar marcando el paso muy marcialmente, pero sin preguntar nunca a dónde se iba, porque eso lo determinaba el Caudillo. Así que el habilísimo gallego, en funciones de caudillo suplente, los metió a casi todos (un, dos, un, dos) en un partido al principio muy voceón, sí, pero pensado para la democracia; y, cuando se quisieron dar cuenta de la broma, quién más, quién menos, ya tenía su enchufillo en una subsecretaría, en una empresa pública o incluso en un escaño, y ya se había evaporado para décadas la posibilidad de que en España naciese un numeroso partido de extrema derecha que habría causado, sin duda, muchísimos problemas. Eso fue lo que sucedió, por ejemplo, en Chile.

Ese milagro (en rigor, una larga cambiada insuperable) ha durado treinta años y ha sido incalculablemente beneficioso para España. Pero no hay milagro que cien años dure. El Partido Popular de hoy sigue siendo, en muy buena medida, heredero e hijo dilecto de aquella prestidigitación. Las personas han cambiado, no faltaba más, pero la idea (e incluso la estructura) sigue como la dejó don Manuel.

Creo que el PP tiene que ir pensando (y me consta que muchos lo hacen desde hace tiempo) en deshacer aquel viejo milagro para hacer otro: el de poner su reloj histórico en hora. El partido conservador español no puede funcionar ya de manera distinta a como funcionan los conservadores británicos, franceses, alemanes suizos, holandeses y hasta italianos. En España, antes o después (y yo creo que sería mejor cuanto antes), tendrá que aparecer una formación de extrema derecha semejante a las huestes de Le Pen, a las del fallecido Haider, a Die Republikaner, a los neofascistas de Fini, a los escasos ultraconservadores británicos y a tantos partidos más de semejante corte.

Porque va contra las leyes de la razón humana que, después de treinta años de Constitución, en el mismo partido convivan no ya personas que no se pueden ni ver (eso pasa en todos los partidos; miren ustedes, si no, Izquierda ¿Unida?), sino ideas políticas completamente opuestas.

¿Se imaginan ustedes a Sarkozy saliendo a manifestarse contra los homosexuales por los Campos Elíseos de París, del brazo de veinte obispos? ¿Se imaginan a Angela Merkel votando en el Bundestag contra la reparación y el desagravio nacional a las víctimas del nazismo? ¿Se imaginan que en el Reino Unido hubiese una emisora de radio o televisión, propiedad de la Iglesia Anglicana (cuya cabeza es la reina Isabel II), que día sí y día también proclamase a berridos que el líder conservador, David Cameron, es un “güevines” y que las bombas del metro de Londres no las puso Al Qaeda sino el IRA, desde luego con la complicidad de Tony Blair?

No se lo imaginan, ¿verdad? Yo tampoco. Es imposible, porque para decir esas barbaridades, u otras parecidas, ya hay en esos países partidos de extrema derecha que tienen sus votantes, sus estrategias y hay que reconocer que sus ideas. Aquí no es así. Aquí sigue vigente el milagro que Fraga hizo hace treinta años: en el PP están juntos los conservadores centristas de corte europeo, que sin duda son mayoría, y el ancestral facherío hispano, que sigue convencido de que habría que nombrar a Jesucristo presidente del Gobierno (eso se intentó en Polonia hace unos meses); que los rojos enterrados en las cunetas están bien muertos y que Zapatero no es el líder del partido socialista sino un anticristo antiespañol que lidera una horda de bestias sedientos de venganza.

El PP es hoy, en la realidad aunque no formalmente, el único gran partido “confesional” que queda en Europa, junto con los montaraces polacos de los gemelos Kaczinsky. Ni siquiera en Italia, ¡ni siquiera en la archicatólica Irlanda! hay una derecha cuyos dirigentes y diputados sigan tan obedientemente las consignas de sus respectivas Conferencias Episcopales. Nadie ya en Europa mete en la misma ensaladilla ideológica el liberalismo económico, el rigor con la inmigración, la privatización de los transportes o los hospitales… y la permanencia de la catequesis católica en la escuela pública. Nadie. ¿Y por qué? Pues porque eso es un sinsentido, un anacronismo y un perfecto disparate. Nadie queda en Europa que no tenga clarísimo que se puede perfectamente ser conservador y a la vez ateo, agnóstico, baptista, protestante, budista o lo que uno se le antoje. Y por supuesto gay, o senegalés, o boliviano. Que no tiene nada que ver lo uno con lo otro. Bien, pues eso es algo que una buena parte del PP no entiende. Ni siquiera Fraga.

Mariano Rajoy ha dado, en el PP, un arriesgadísimo golpe de timón en los últimos meses. Y lo ha hecho lógicamente aterrado porque ha caído en la cuenta (ya era hora, Mariano, hijo) de que hay muchísimos españoles que no votan por el partido que prefieren, sino contra el PP. Tiene toda la razón. Pero eso no se soluciona, creo yo, poniendo ahí a la animosa Soraya en vez de al no menos animoso Zaplana. Eso se arregla soltando lastre: librando al partido conservador español de las consignas episcopales, de los dirigentes que tienen obediencias de fe antes que de Estado, y haciéndose a la idea de que un día u otro nacerá un partido serio, con un millón o dos de votos, que recoja a la numerosa gente que desea la restauración del nacionalcatolicismo, el palo a los negros y a los moros, la vuelta de los homosexuales a la cárcel y la puesta en vigor, con renovados bríos, de la Ley de Represión contra la Masonería y el Comunismo de 1940.

¿Significaría el nacimiento de un partido español de extrema derecha el adiós del PP al Gobierno por una o dos décadas? Estoy convencido de que no. Tengo la clarísima percepción de que hay muchos cientos de miles de españoles que desearían ser “indecisos” en unas elecciones. Si yo fuese alemán, haría lo que hacen casi once millones de electores alemanes: me estudiaría qué me ofrecen los diferentes partidos, qué me conviene más, quién me da mayores seguridades sobre mi trabajo, sobre mi pensión, sobre la sanidad, la educación de los niños, esas cosas. Y votaría en consecuencia, a unos o a otros. Porque sabría que ninguna de las dos grandes opciones, ni la socialdemócrata ni la conservadora, alberga dentro de sí a gentes de pensamiento radical ni obedece antes al cardenal arzobispo que a las leyes del Estado. No tendría que taparme las narices para votar a quien no quiero votar con tal de que no ganen los que siguen con la vieja y peligrosa monserga de las montañas nevadas o del “Christus vincit, Christus regnat”.

Yo quiero, en mi país, llegar a ser un sincero “indeciso” en unas elecciones. Soy uno entre cientos de miles. Ahora le toca al PP conseguirlo. Puede que Rajoy, con este sincero viaje al centro que emprendió hace meses, se atreva a dar por concluido aquel milagro que hizo Fraga hace tres décadas y lleve a su partido al terreno que ocupan, con no poco éxito, la mayoría de los conservadores europeos. Para ello tendrá que desprenderse de la gente y de las servidumbres nacionalcatólicas que él conoce perfectamente. No en vano estudiamos juntos en los Jesuitas de León, que eso marca una barbaridad.

Así que roguemos al Señor.

Huy, perdón. En qué estaría yo pensando.

 

Creo que debo decirles, antes de empezar, al menos tres cosas sobre mí.

La primera es que tengo ya cincuenta años.

La segunda, que estoy hasta el gorro de escribir con seudónimo.

Y la tercera es que odio los blogs.

Sobre la primera: nada puede hacerse. He llegado a la edad en que uno es el único que aún no se da cuenta de que todos los demás, al menos en mi oficio, empiezan a considerarlo un trasto viejo y, cada día que pasa, más prejubilable. La chavalería andante llega repartiendo estopa con mucho entusiasmo; son claramente más baratos, por lo general más dóciles, no suelen fumar y saben cosas que la mayoría de los de mi tiempo no sabemos. Idiomas, sin ir más lejos, e informática. A cambio, nosotros sabemos cosas que ellos, o al menos muchos de ellos, ignoran. Nosotros nos hemos leído El Quijote (en mi caso, bastantes veces), no nos ponemos nerviosos ante un cuadro de Piero della Francesca y no dudamos un segundo cuando nos preguntan quién fue Danton, en qué fecha exacta fueron las primeras elecciones generales de la Transición o qué países tienen frontera con Bolivia, y por qué. Pero no se equivoquen: aprecio de verdad a la gente que va llegando y hago sinceros esfuerzos para no mirarlos como mira Raúl al chiquito que, a mitad del segundo tiempo, inexorablemente salta al campo en su lugar. Hay que aprender a convivir con la propia edad. También con la de los demás, claro. En ello estamos.

Sobre los seudónimos. Decía John Lennon que la vida es lo que te va pasando mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Eso me ha sucedido a mí, y debo decir que no estoy muy seguro de que haya sido sin querer. He dedicado buena parte de mi vida profesional, y creo que la mayoría de lo que he escrito, a parir, cuidar y hacer crecer a gente que no existía: personajes de ficción detrás de los cuales estaba yo. Pero es que muy poca gente lo sabía...

Lo curioso es que esos personajes terminaban por lograr una repercusión pública que yo raras veces he vivido. Tenían éxito mis seudónimos, mucho más éxito que yo. Aún hay quien recuerda a aquel señor mayor, cojo y enlutado, que se llamaba “Álvaro Quirós” y que escribía todos los días una columna vitriólica y sentimental en el diario El Independiente. No puedo negar que mucha gente hoy sigue con cariño las crónicas de cierto caballo romano que lleva casi ocho años cabalgando por internet, y con el cual me une algo que… En fin, voy a llamarlo una amistad muy profunda. Ese penco matalón, cargado de humor, de pasión, de ternura, de mala leche, de vehemencias culturales y, últimamente, de desamor, tiene entre mucha gente un prestigio y una consideración que yo no he tenido jamás.

Es verdad que un seudónimo te otorga, al menos al principio, una libertad a la que suele tener no poco miedo quien escribe con su nombre. Puede uno pasarse una cierta cantidad de pueblos hablando de esto o de lo otro, porque, al cabo, ¿quién es ese? Ah… Pero dice mi amiga Carmen Rigalt que el verdadero valor no consiste en soltar sartenazos sino en responsabilizarte de ellos. Con tu nombre, con tu firma, que es el único patrimonio que tenemos los periodistas. Es lo que quiero a hacer aquí. No pienso ser más cauto, más melindroso o agachadizo, ni más lenguaraz, ofidio o apaleamantas que lo fue el buen Quirós o que lo es mi hermano el caballo. Pero esta vez lo voy a decir yo. Y salga el sol por Antequera.

Ah, sí, lo de los blogs. Se lo confieso a ustedes: no los puedo ni ver. De hecho, rarísima vez los veo, salvo los de esta revista, lo que escribe el inmenso Casciari y, de Pascuas a Ramos, lo que depone en su página cierto gilipollas desquiciado a quien me une una enemistad fraternal, profunda, ilimitada, marmórea. Hoy mejor no, pero sé que un día u otro caeré en la tentación de hablar aquí de él.

¿Y por qué no aguanto los blogs? Pues porque fueron muy mal inventados. Pónganse ustedes en el caso de un señor que lleva muchos años de oficio (de oficio de periodista, claro está) y que, al cabo, logra meter un pie en la sección de Opinión, que es como el Pritaneo de los griegos, o sea la gloria, la cumbre. Vamos, que le dan una columna. Y se la dan, digo yo, por lo que piensa, por cómo lo dice, por sus conocimientos, por su “gancho”… ¿Por qué otra razón se la iban a dar? A los lectores, claro está, unas veces les parecerá bien y otras mal lo que dice el columnista. Si les parece bien, por lo común no hacen nada. Y si les parece mal, tienen a su disposición la sección de “Cartas al director”, en la cual, después de identificarse con toda nitidez, y firmando con su nombre y apellidos, pueden ponerle las peras al cuarto al columnista. Así estaban inventadas las cosas.

Pero el blog consiste no sólo en que cualquiera pueda lanzar a la Red lo primero que se le pase por la cabeza, lo cual está condenadamente bien; se trata, además, de que cualquier peatón, escondido tras un nick que puede cambiar cuantas veces se le antoje, tiene la posibilidad de intervenir en la misma página que otro ha escrito, todas las veces que quiera y diciendo lo que le apetezca. Cuando comenzaron los blogs, nadie controlaba eso, nadie filtraba y leía previamente los mensajes. Se publicaban íntegros e instantáneamente.

Eso, a mi modo de ver, constituye la más clara y entusiasta invitación a la injuria que ha visto el mundo desde las hogueras de la Inquisición en la plaza pública. Y eso es lo que a mí me saca de quicio. Uno no escribe para francotiradores ocultos tras un apodo mudable. La increíble proliferación de los que Toni Martínez llama “ciberfachas” procede de ahí. Yo estoy absoluta, militante, radicalmente en contra de que la libertad de expresión se transforme en la libertad de insultar a nadie, y menos a escondidas.

Pero las cosas han ido cambiando. Ahora es posible filtrar los comentarios a los “post”. Lleva un trabajo muy pesado, pero se puede. Y es lo que va a suceder con este blog. Aquí nadie le faltará al respeto a nadie, y menos que a nadie, al blogger. En este “lado de acá” (homenaje a Julio Cortázar en Rayuela) no van a tener sitio los listos anónimos que se sientan al teclado sin saber a ciencia cierta si “imbécil” se escribe con o sin hache, pero que tienen una frase muy clara en lo alto de la testuz: “Se va a enterar este de lo que vale un peine”. No aspiro, pues, a tener tres mil comentarios diarios. La verdad es que eso me da lo mismo. Pero ustedes sólo leerán, de entre todos los que lleguen, aquellos que realmente sirvan para algo, que aporten algo a un posible debate. Ruego al “ciberfacherío rampante” que ni se moleste en intentar hacer aquí sus deposiciones. Nadie las leerá.

Dirán ustedes: “Y si no le gustan los blogs, ¿por qué hace uno?”

Las respuestas son dos. Primera: La capacidad de persuasión de mi amigo Álvaro Nieto no conoce límites (esto, naturalmente, es una broma). Y segunda, y más importante: como decía Oscar Wilde, no existe mejor medio de vencer a la tentación que caer en ella. Pues vamos allá. De cabeza.

¿De qué vamos a hablar aquí? Pues, si les digo la verdad, no lo sé… Mis querencias naturales me llevarán a la Cultura, eso seguro, pero pueden llevarnos a todos mucho más lejos. Diría ahora que hasta las lindes mismas del análisis de la jodía crisis, que es algo en lo que nadie puede competir (yo, desde luego, no puedo) ni con Álvaro, ni con Rivasés, ni desde luego con mi entrañable Jose Mari Vals. Mi pretensión principal, por no decir única, es que ustedes se entretengan leyendo, lo pasen bien, se dejen contaminar por la pasión de este caba… (perdón), de este pobre descabalgado de seudónimos, y, esto sobre todo, que piensen por sí mismos. Que, haciendo uso de la Razón, lleguen a sus propias conclusiones. Las suyas. No las mías ni las de nadie más.

Ah, dos últimas pinceladas para esta confesión. Una es que en este blog no manda nadie, absolutamente nadie, más que yo. Tengo la confianza de esta casa para escribir como yo sé hacerlo. Es lo que voy a intentar. Nada más. Nada menos.

Y por último: ya se habrán dado cuenta ustedes de que tengo tendencia a escribir largo. Sé que no es lo mejor en internet, pero es mi forma de ser. Iré aprendiendo poco a poco. Estoy convencido de que uno, por más años que viva, nunca deja de ser un aprendiz. Ser consciente de eso lo hace a uno mejor persona. Y olvidarlo, al revés: lo convierte en lo más peligroso que hay en el mundo, que es un tonto con iniciativa.

Nos veremos pronto. Pongan ustedes la paciencia. Yo podré toda la ilusión que me queda. No tengo ya otra cosa.