En las páginas de los periódicos, de algunos periódicos, se sentía el temblequear de las carnes pudibundas, el azogue al cruzar las piernas, el sofoco, el rubor nerviosísimo al hablar de aquello: “¡Se ven tetas! ¡Y culos! ¡Y quién sabe qué más, porque había poca luz! ¡Y se frotaban! ¡Uh! ¡Qué desvergüenza! ¡Pornografía en el Teatro Real! ¡A dónde vamos a parar!”
Lo confieso: tengo un abono anual, muy modestito, en el que entraba este Tannhäuser de Richard Wagner que ahora mismo puede verse en el gran escenario operístico de Madrid. Así que no puedo decir que fuese allí corriendo para ver pornografía en directo, que era lo que anunciaban, alarmadísimos, los medios de obediencia más o menos episcopal. Sencillamente, tenía entrada. Y fui.
Pero era cierto. Se ven tetas, por cierto muy hermosas. También culos, lo mismo de extraordinariamente atractivas mozas que de espectaculares mozos, y no tengo más remedio que admitir que son culos, todos ellos, muy bien construidos, cuidados, mimados y trabajados a golpe de gimnasio. Culos geométricamente perfectos que, en otro tiempo, hubieran merecido magníficos sonetos y, en algunos casos individuales, hasta tratados enteros de Apologética. Lo mismo que los talles, las piernas, los brazos, las cinturas, los torsos. Y también es verdad que mozos y mozas (o mozos y mozos, o mozas y mozas, y sigan ustedes por ahí pensando) se frotan, se constriñen, se apropincuan libidinosamente; tócanse, pálpanse, despójanse de las ropas unos a otros y, en el colmo del atrevimiento, fingen con increíble verosimilitud actos de concupiscencia y fornicación que habrían hecho aullar (no me atrevo a decir por qué, pero sin duda aullar) a numerosos espíritus pudorosos y biempensantes que tienen abono viejo en el Real al tiempo que contrabarrera en la catedral de La Almudena y túnica (o mantilla) en el Corpus.
Vamos a ver, ¿es noticia que salgan tetas y culos al principio y al casi al final (nada más) una representación medianamente digna de Tannhäuser? Pues yo creo que no. La noticia sería que no saliesen. Eso sí que daría motivo para preocuparse.
Antes de nada, una reflexión de carácter general. Richard Wagner es como los callos a la madrileña: te gusta o no te gusta, no hay medias tintas ni compromiso posible. Si te gusta, es muy posible que Los Maestros Cantores de Nuremberg te parezcan algo odiosamente breve, y son cinco horas largas. Si no te gusta, costará trabajo que alguien te convenza siquiera de la vieja frase: “Wagner es el autor de insuperables momentos de música… separados entre sí por cuartos de hora insoportables”.
Mi relación personal con el atrabiliario don Ricardo es, por si a ustedes les interesa –que no lo sé–, vamos a decirlo con cuidado… disciplinada. Voy a ver sus óperas. Me tomo antes uno o dos Red Bull, pero voy a verlo, se lo juro, con toda abnegación. Mi amigo y maestro Lincoln Maiztegui bramaba de ira, en su casa de Madrid, hace ya demasiados años, cuando me atizaba, sin anestesia ni nada, el primer acto de Tristán e Isolda y a mí se me cerraban los ojos sin poderlo remediar. Me cubría de insultos y luego gritaba siempre lo mismo: “¡¿Pero en qué cabeza cabe que precisamente a ti no te guste Wagner?! ¡Beeestia, que eres un beeestia, pero cómo se puede ser tan beeestia!”
El buen Lincoln, conde honorario de Monterone, tenía toda la razón. Soy un beeestia. Por eso voy a ver las óperas de Wagner y hago cuanto puedo por no largarme a casa en los entreactos: porque creo de buena fe que quizá algún día el Cielo se apiade de mí y este pobre beeestia logre, al fin, ver la luz, llorar de pasión cuando suena el jod… (perdón) el Tema de la Espada y poner los ojos en blanco cuando Sigfrido se empeña en explicarle al enano Mime lo mucho que sufre en esta vida, y aquello no se acaba nunca, nunca, ¡nunca!
Ah, pero Tannhäuser es otra cosa. Es la tercera ópera de don Ricardo, después de Rienzi y de El holandés errante, y ahí no hay cáscaras ni disculpas ni Red Bull porque, además de que es de las cortitas (¡sólo cuatro horas, y eso con los descansos!), contiene tal cantidad de prodigios musicales, tal inundación de belleza, tan grandes coros y arias y romanzas y sentimientos a flor de piel, que cómo te lo vas a perder, por más beeestia que seas.
Eso sí, el libreto es del propio Wagner, como es habitual, y, quizá porque está basado en una vieja leyenda alemana, es –perdonen la expresión– lo más meapilas que ha parido madre. Ni el texto del Requiem es más pacato, más intransigente ni más tridentino. Lo entrevero muy rápidamente. El caballero trrovador Tannhäuser tiene novia formal, Elisabeth. La chica es muy buena gente pero algo estricta en cuestiones de moral sexual, así que Tannhäuser, que necesita algo más tangible que suspiros compartidos mirando a la luna, decide irse a Venusberg (literalmente, “Monte de Venus”) (¡¡ !!), donde todo el mundo se dedica al amor libre y desenfrenado ante la mirada complaciente de la propia diosa. Que, por cierto, se lía con el caballero.
Bien, pues ahí comienza la ópera, en Venusberg. Caramba, ¡es una bacanal! ¡Una orgía! ¿Cómo no van a salir tetas y culos? ¿Qué querían las damas del patio de butacas que saliese? ¿Las monjas de la abadía de Sonrisas y lágrimas cantando “Do es trato de barón, Res selvático animal”? Quiero decir: algún descastado ha puesto en el Real un Rigoletto que comienza no en la fiesta del palacio del duque de Mantua, que es lo que pone el libro, sino en el cuarto oscuro de un local gay, y allí todo el personal dándole al fornicio con mucha concentración. A mí eso me parece una soberana gilipollez. Otro descerebrado, Calixto Bieito, convirtió el palacio del rey Gustavo de Suecia (principio de Un ballo in maschera, de Verdi, hace años en el Liceo de Barcelona) en un gigantesco retrete de caballeros en el que los cortesanos cantaban lo que tenían que cantar a pantalones bajados, sentados en la taza y leyendo el periódico mientras hacían de vientre. Peter Sellars situó el Così fan tutte, de Mozart, que se supone que tiene lugar en las inmediaciones de una playa, en una hamburguesería de carretera norteamericana. Así hay cientos de ejemplos de cómo un escenógrafo cretino puede cargarse una ópera. Es lo que dice mi amigo Paco Chamorro: no hay nada más peligroso que un tonto con iniciativa.
Pero ¿poner tetas y culos donde el libreto dice que hay que poner tetas y culos y gente practicando el sexo? Vamos, por Dios, ¿dónde está el escándalo? ¿Dónde está la noticia? Además, este montaje, que viene de la Ópera de Los Angeles y que firma nada menos que Gottfried Pilz (escenógrafo y figurinista), es un prodigio de imaginación, de humor y, esto sobre todo, de buen gusto. La escena de la bacanal está pensada entera en color rojo, tanto la luz como el vestuario de los cantantes y figurantes; y el movimiento giratorio del escenario, que no se está quieto casi nunca, subraya precisamente esa idea de “todo vale aquí” que tratan de transmitir el texto y desde luego la música.
Tannhäuser termina por hartarse del amor fácil y multitudinario de Venusberg y decide regresar al mundo de los mortales, a ver si encuentra a su amada Elisabeth. La echa de menos. Es invierno y sus amigos de siempre, los caballeros cantores, están a punto de iniciar su concurso de melodías improvisadas. Le acogen con todo cariño y le invitan a participar. Se lo juro a ustedes: pocas veces en mi vida he visto algo más hermoso que la entrada de los nobles en la Sala. Todos, casi cien personas, vestidos de etiqueta y en riguroso blanco y negro, ya dije que es invierno. Los camareros, al principio, corriendo como locos, ajustándose los chalecos y las pajaritas. Tras ellos, las parejas de dignatarios (ellos y ellas) entrando al compás de la música, un desfile muy digno pero muy cómico; al director de escena, Ian Judge, no se le atragantan ochenta o cien personas sobre las tablas, los mueve con mano maestra, nadie se está quieto.
Pero Tannhäuser, en el concurso (el tema sobre el que hay que improvisar es “la esencia del amor verdadero”), se enfrenta con sus compañeros cantores, que son todos un poquito cursis; reconoce que ha estado en Venusberg y afirma que en la esencia del amor también está el sexo. ¡Horror! Todo el mundo lo mira como si hubiese matado a alguien. ¡En ese sitio pecaminoso! ¡Elisabeth, no te desmayes! ¡Wolfram, no le pegues! ¡Que se vaya a Roma, de peregrino, a ver si logra que el mismo Papa le perdone tan horrenda acción! Anda que vaya tropa…
Cuando los peregrinos vuelven de Italia y cantan su famosísimo coro (por cierto: qué bien lo hace el Coro del Teatro Real, que está en huelga porque los quieren poner a casi todos en la santa calle después de diez años de triunfos), es otoño: toda la escena, luces y vestimentas, en verde. El maestro Judge se ríe no poco de los santurrones que vuelven con sayas blancas, báculos y con la mente desquiciada. Cuando gritan “¡Aleluya!” ante la cruz de palo, en el momento más grandioso del coro, a todos les entra un tembleque, un estremecimiento, un baile de San Vito francamente divertido, como si les hubiesen puesto corriente eléctrica en los… dogmas. He ahí cómo tomarle el pelo a un momento solemne… sin traicionarlo en absoluto.
Tannhäuser, claro, no ha vuelto con los peregrinos redimidos, porque el sinvergüenza del Papa, airadísimo, se ha negado a perdonarle que haya estado en Venusberg, algo absolutamente inabsolvible (ah, la Iglesia y el sexo). Regresa el muchacho solo, fuera de sí, enfadadísimo y con verdaderas ganas de apuntarse otra vez a la bacanal. Ahí reaparecen, muy brevemente, Venus y sus fornicadores, de nuevo en el lógico “traje de faena”, o sea sin traje (en fin, unos tangas diminutos que sugieren más que ocultan). Pero no hay nada que hacer. Elisabeth, como tantas veces pasa en la Ópera, se lleva un sofocón tremendo y se muere así, por las buenas, sin que nadie le haga nada; vamos, que la mata el disgusto. Viéndola exánime sobre sus angarillas, Tannhäuser se muere también, y del mismo modo (digo yo que un infarto; si no, ¿de qué?) sobre el cuerpo de su amada intacta y virginal. Y unos cuantos cursis vestidos de canónigos traen en procesión el báculo del puñetero Papa, lleno de flores (el báculo, ¡no el Papa!) prueba evidente, por lo visto, de que el alma del pobre Tannhäuser se ha salvado in extremis y está en el cielo; o sea que ya no volverá a Venusberg, el muy calzonazos, que es lo que él quería… Quién no...
Pocas veces he visto la puesta en escena de una ópera, sea de Wagner o de cualquier otro, con más exquisitez y más belleza. A todo esto, ¿y las voces? Ejem. Bien, bien. Bueno… El Wolfram de Roman Trekel fue, seguramente, lo mejor de todo; no es Fischer-Dieskau, pero es que ya no quedan Fischer-Dieskaus. Ni quedan ni se fabrican. Se aplaudió mucho también a la pazguata de Elisabeth, con la que casi pudo Edith Haller. Digno, muy digno el Landgrave Hermann de Günther Groissböck. Y en cuanto al tenorcito que hacía de protagonista, Robert Gambill, pues… Este muchacho es joven. Y norteamericano. Me voy a morder la lengua: prefiero pensar que estaba mal de la voz esa tarde. Porque como cante así siempre, el pobre…
Gran coro, una esforzada orquesta (la titular del Real) y, esto por encima de todo, una impresionante versión/visión del director, Jesús López Cobos. Se le aplaudió, con toda justicia, más que a nadie. Temo que le vamos a echar mucho de menos a partir del año próximo, con Mortier o sin Mortier en ese caserón. López Cobos es de los que logran milagros rarísimos. Como que este pobre sufridor, antiguo caballo, esta beeeestia, disfrute como un enano con, como decía Valle Inclán, “la música de ese teutón que llaman Wagner”. Por esta vez.
SALUD MENTAL
Para evitarles a ustedes que se cuelen ni un solo segundo en este foro las defecaciones mentales de cierto pobre desquiciado, mancebo de botica él, los comentarios que puedan llegar aquí no aparecerán inmediatamente. Yo los autorizaré primero. Eso sí, prometo estar al tanto todo el tiempo que pueda. Gracias a todos por la paciencia... y tranquilos: ya se cansará. No hay ladilla que cien años dure.