Me llega al móvil un mensajito que me deja algo perplejo. No sé quién me lo envía. Dice así (corrijo un poco la sintaxis, ¿eh?): “Estamos en Cuaresma, la época más bonita del año para un católico. Haz caso a tus amigos los obispos: los viernes de Cuaresma, haz penitencia y no mandes SMS ni te conectes a internet. Pásalo”.
Lo primero que pienso es que algún amigo ateo me está tomando el pelo, porque cuando recibo ese mensajito es precisamente viernes, o sea viernes de Cuaresma, así que el tipo que me ha mandado el SMS no puede hablar en serio porque estaría faltando a la norma que él mismo trata de imponerme. Parpadeo un poco, ya digo, algo perplejo.
Lo segundo que se me pasa por la cabeza es que se trata de una broma no sé si más torpe o malvada (sigo pensando en mis amigos ateos y ahora también en la fallera mayor de la farmacia valenciana) porque, a mi modo de ver, hace falta mucha mala leche para difundir por ahí que los obispos, que ya se sabe que intelectualmente no son gran cosa en España desde hace ya demasiados años, sí son lo bastante simples como para pedir por ahí que las ovejuelas del Señor, además de jorobarse la existencia renunciando al sexo y al solomillo durante la Cuaresma –que es la penitencia tradicional–, exijan ahora que no enchufes el ordenador ni mandes mensajitos con el móvil.
Pues no. Me santiguo antes de incumplir el nuevo precepto, me cuelo en Google y descubro que es todo verdad. La genialidad fue del arzobispo de Modena-Nonantola, monseñor Benito Cocchi. Inmediatamente se sumaron el de Pesaro, Piero Coccia; el de Bari-Bitonto (la diócesis se llama así de verdad, no estoy yo pretendiendo decir que este señor sea tonto por duplicado), Francesco Cacucci; y, para rematar, se unió presuroso el obispo mexicano de San Cristóbal de Las Casas, o sea Chiapas, que se llama Felipe Arizmendi. No hay que mandar mensajitos en los viernes de Cuaresma, dicen. Y mucho menos conectarse a internet, ese pozo de inmundicia.
Como tantas veces pasa cuando a alguien se le ocurre algo así, no han faltado quienes pretenden “corregir y aumentar” la idea. En España, el obispo de Gerona, Francisco Pardo Artigas, se ha sumado fervorosamente a tan pía iniciativa, pero cambiándola un poco. Se contenta con que los chavales dejen de enviar tres mensajes al día y que pasen menos tiempo conectados a internet. Pero, eso sí, no ya los viernes, sino durante toda la Cuaresma. La época más bonita del año para un católico, como dicen "nuestros amigos los obispos" (esa parte del SMS sí que me dio sudores). Todo esto va embalado en la campaña diocesana “Desconéctate para conectar”, eslogan que, por más vueltas que le doy, no termino de entender, perdonen ustedes.
Admito que mis conocimientos de Teología punta andan algo oxidados, pero no logro comprender exactamente a qué me voy a conectar si empiezo por desconectarme, ni de qué me tengo que desconectar para conectar con qué, ni si la desconexión ha de ser en sentido lato o estricto, mortal o venial, interna o externa o mediopensionista. Porque, vamos a ver, digo yo: si mando un solo mensajito de móvil, pues no peco según el obispo de Gerona, ¿verdad? Pero ¿y si ese mensaje se lo envío a ochenta destinatarios? ¿Cuenta como un único mensaje (sentido lato) o como ochenta (sentido estricto)?
Item más: si mando un solo SMS diciendo, por ejemplo: “Monseñor Pardo, vaya pavada, está Su Ilustrísima como las maracas de Machín”, ¿peco más o menos que si mando treinta mensajes distintos con el texto “Tomad, Virgen Pura, nuestro corazones, no nos abandones jamás, jamás”? ¿Qué dice al respecto la Congregación para la Doctrina de la Fe? ¿Hay algo sobre el asunto en las Epístolas de San Pablo, que sabía de todo aquel hombre? ¿Y en el Levítico? ¿Es más pecado mandar un SMS o un mensaje con fotos? ¿Se sabe cuántos mensajitos mandaba hasta este año, en viernes de Cuaresma, Benedicto XVI? ¿Y Wojtyla, que también tenía móvil? ¿Peco venial o mortalmente si me paso todo el viernes que viene conectado a la web de la Santa Sede? Y si muero de un infarto mientras leo en el ordenador, en viernes de Cuaresma, el tremendo Alba o el no menos furibundo Alfa y Omega, ¿voy directamente al infierno o hago escala en el Purgatorio para repostar? ¿Hay indulgencias previstas para eso? ¿A cuánto las venden sus Ilustrísimas? Y, caramba, ¿desde cuándo es la Cuaresma la época más bonita del año para un católico? ¿No era la Navidad? ¿O la Semana Santa, con sus espectaculares desfiles de mangas y capirotes? ¿Comprenden ustedes mi tribulación? ¿Qué hago para estar tecnológica-teológicamente a bien no ya con Dios, que con ése tengo un asunto personal en el que no dejo entrar a nadie, sino con el obispo de Gerona? Y, vamos a ver, ¿por qué el canalla que me ha mandado el SMS dice que los obispos son amigos míos? ¿Qué he hecho yo para merecer eso, eh?
Perdónenme. No tengo por qué agobiarles con estos nuevos problemas de conciencia que me han creado los clérigos y nada más que ellos, porque les juro que yo no los tenía antes. Tampoco quiero amargarles la vida con las secuelas que ha provocado este sorprendente precepto de “abstinencia tecnológica”. Ya dice la sabia ley de Murphy que todo lo que es susceptible de empeorar, empeorará. El arzobispo de Trento (hombre, ¡cómo no! ¡Faltaba Trento!), Luigi Bressan, que ha visto hueco a puerta con esto de los SMS, ya ha pedido que no se use el coche. Y el Patriarca de Venecia, cardenal Angelo Scola, exige que, “por el bien del medio ambiente” (además de por la consabida penitencia), en Cuaresma se beba agua del grifo en vez de embotellada. Cualquiera de ustedes que haya cometido la insensatez de beber agua del grifo en Venecia, sea en Cuaresma, en Adviento o en Pentecostés, sabe perfectamente lo que es jugarse la vida. Parece que el cardenal Scola pretende, una de dos: o aumentar la nómina de mártires, o colapsar los hospitales. O lo uno antes de lo otro, que es lo más probable.
Y luego, no podía faltar, está el obiiiispo de Paleeeencia, monseñor José Ignaaaacio Muniiiilla, quien se suma a la exigencia de “ayuno y abstineeeencia” de la tele y de internet (pero no ya en Cuaresma, ¿eh? ¡Todo el tiempo!) porque, como él dice, “su consumo está alcanzando niveles de autéeeentica esclavituuuud”.
No sé lo que pensarán ustedes. Yo, sin la menor intención de faltarle al respeto a nadie, creo que lo que lleva milenio y medio provocando una auténtica y clarísima esclavitud es el empecinamiento del clero en que no hagamos aquello que nos gusta, sea lo que sea, porque ellos lo exigen así en nombre de un Dios que jamás ha prohibido, por su boca, nada en absoluto, y menos se ha entretenido en imponer penitencias tecnológicas que dan risa. Todavía me acuerdo de aquel ceñudo cardenal de Lima, Juan Gualberto Guevara se llamaba, que en los años 50 decretó la excomunión a todo aquel que “bailare o escuchare” el mambo. Es el clero el que lleva siglos usando, desde luego con todo éxito, uno de los métodos de control mental colectivo más eficaces que se han inventado: prohibir todo aquello que da placer, amenazar con tormentos infernales a quienes no obedezcan y, esto sí, prometer una etérea “salvación eterna post mortem” a quienes hagan caso… ¿a quién? ¿A Dios? De ninguna manera: a ellos y nada más que a ellos, que dicen ser sus representantes en exclusiva.
Me atrevo a suplicaros, amadísimos hermanos, que, si tenéis algún comentario que hacer a estas líneas, lo hagáis… el próximo viernes. Que para algo estamos en Cuaresma, la época más bonita del año para un católico. O eso dicen nuestros amigos los obispos.
Amén.
C U M G R A N O S A L I S
-Esta semana me despisté pero, a partir de ahora, estaré aquí los sábados. De Cuaresma o de lo que sea, me da igual.
-El Coro del Teatro Real está en huelga. Pero en huelga japonesa, o sea de trabajar más. Tras diez años de promesas gaseosas, los van a mandar a casi todos a la calle y en estos días se están dedicando a cantar el célebre coro de los peregrinos de "Tannhäuser" delante del teatro, delante del Ministerio de Cultura... Me pregunto si a quienes nos lo sabemos nos dejarán echar una mano.
-Damianquita bonita, flor de verbena, que eres como un ramito de yerbabuena, boticaria salerosa, me encanta que me dediques tanto tiempo. Sigue perdiéndolo, cielito. No vas a colar ni uno. Pero es que ni uno. Y lo que me estoy divirtiendo. Besín.