Tal día como hoy, 6 de diciembre, hace 27 años, era domingo y casi llovía en Oviedo, donde yo estudiaba.

El piso de estudiantes en que vivía estaba justo frente a la estación del tren, a un paso de la calle de Uría: la más señorial de la ciudad. Bajé a la calle y, cuando me acerqué a comprar el periódico, vi algo raro. El kiosco estaba "empedradín", que habrían dicho allí, de banderas de España. No, no se trataba de que al buen Aurelio se hubiese dado un súbito ataque de ardor guerrero que vibra en nuestras voces ni de que jugase la selección en el Carlos Tartiere. Lo que sucedía era que la mayoría de los diarios, no puedo recordar si todos pero desde luego sí la mayoría, ocupaban toda su primera página, o la última, o las centrales, con una misma imagen: la bandera de España, en cuya franja central, la amarilla, estaba impresa una frase: "Viva la Constitución". Y el viejo Aurelio, que había sido minero antes que kiosquero, tuvo la idea de colgar los periódicos en su tenderete no como siempre, con la primera prendida de una cuerda con la pinza, sino abiertos por el lugar en que estuviese impresa la bandera con la frase. Y el kiosco era un mareo rojo y amarillo, una gloria en la que se repetía veinte, cincuenta, cien veces, el "Viva la Constitución".

Sin dudarlo compré mi periódico, me lo eché al brazo de modo que quedasen bien visibles la bandera y la frase, y empecé a caminar Uría arriba, luego la Escandalera, luego el casco viejo, hacia donde vivía mi amor de entonces. Les juro que me emocioné. En decenas y decenas de balcones estaban prendidas las páginas de los periódicos del día con aquellas tres palabras: "Viva la Constitución". Algunas personas habían colocado un plástico encima para evitar que el orvallu estropease el papel.

En aquella misma calle de Uría habíamos estado, pocos meses atrás, cientos de miles de personas que acudimos a sepultar en la historia, con nuestra presencia, a aquellos sinvergüenzas, a aquellos salvapatrias que no se merecían el uniforme que llevaban, a aquellos espadones de guardarropía que, una mala tarde de febrero, exactamente a la misma hora en que yo aprobaba por fin, en tercera convocatoria, la jodía Prehistoria de cuarto curso, entraban a tiros en el Congreso de los Diputados para cargarse la libertad, la esperanza y el futuro de los españoles. O sea, la Constitución.

Fracasó el golpe, pero no el miedo. Aún faltaba tiempo para que los traidores se sentasen en el banquillo de "Campamento" y para que el presidente Calvo-Sotelo, echándole un par de cataplines, recurriese por lo civil una sentencia militar que parecía redactada por las madres de los acusados. La gente, aquel 6 de diciembre, aún no las tenía todas consigo. Ni mucho menos.

Por eso era un puro gozo andar por la calle de Uría con aquel periódico bajo el brazo, y ver los balcones, y cruzarse con mucha gente que, igual que yo, llevaba bien visible su diario con el "Viva la Constitución". Y nos mirábamos de soslayo, y nos sonreíamos, y a veces hasta hacíamos un breve gesto con la cabeza o nos guiñábamos el ojo.

Y ya sé que hoy hace treinta años del referéndum constitucional. Pero, al menos para mí, hace 27. No hace falta añadir que conservo la página de aquel periódico.

Ya tiene una edad y puede que haya llegado el momento de ponerla en hora, de sacudirle un poco el polvo y de ajustarla a una realidad que ha cambiado mucho. Pero para mí sigue siendo no sólo el mejor instrumento de convivencia que los españoles hemos logrado darnos a nosotros mismos en toda nuestra historia, sino el símbolo más perfecto de nuestra libertad, de nuestra igualdad y de nuestra fraternidad.

Así que ¡viva la Consti!