Creo que debo decirles, antes de empezar, al menos tres cosas sobre mí.

La primera es que tengo ya cincuenta años.

La segunda, que estoy hasta el gorro de escribir con seudónimo.

Y la tercera es que odio los blogs.

Sobre la primera: nada puede hacerse. He llegado a la edad en que uno es el único que aún no se da cuenta de que todos los demás, al menos en mi oficio, empiezan a considerarlo un trasto viejo y, cada día que pasa, más prejubilable. La chavalería andante llega repartiendo estopa con mucho entusiasmo; son claramente más baratos, por lo general más dóciles, no suelen fumar y saben cosas que la mayoría de los de mi tiempo no sabemos. Idiomas, sin ir más lejos, e informática. A cambio, nosotros sabemos cosas que ellos, o al menos muchos de ellos, ignoran. Nosotros nos hemos leído El Quijote (en mi caso, bastantes veces), no nos ponemos nerviosos ante un cuadro de Piero della Francesca y no dudamos un segundo cuando nos preguntan quién fue Danton, en qué fecha exacta fueron las primeras elecciones generales de la Transición o qué países tienen frontera con Bolivia, y por qué. Pero no se equivoquen: aprecio de verdad a la gente que va llegando y hago sinceros esfuerzos para no mirarlos como mira Raúl al chiquito que, a mitad del segundo tiempo, inexorablemente salta al campo en su lugar. Hay que aprender a convivir con la propia edad. También con la de los demás, claro. En ello estamos.

Sobre los seudónimos. Decía John Lennon que la vida es lo que te va pasando mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Eso me ha sucedido a mí, y debo decir que no estoy muy seguro de que haya sido sin querer. He dedicado buena parte de mi vida profesional, y creo que la mayoría de lo que he escrito, a parir, cuidar y hacer crecer a gente que no existía: personajes de ficción detrás de los cuales estaba yo. Pero es que muy poca gente lo sabía...

Lo curioso es que esos personajes terminaban por lograr una repercusión pública que yo raras veces he vivido. Tenían éxito mis seudónimos, mucho más éxito que yo. Aún hay quien recuerda a aquel señor mayor, cojo y enlutado, que se llamaba “Álvaro Quirós” y que escribía todos los días una columna vitriólica y sentimental en el diario El Independiente. No puedo negar que mucha gente hoy sigue con cariño las crónicas de cierto caballo romano que lleva casi ocho años cabalgando por internet, y con el cual me une algo que… En fin, voy a llamarlo una amistad muy profunda. Ese penco matalón, cargado de humor, de pasión, de ternura, de mala leche, de vehemencias culturales y, últimamente, de desamor, tiene entre mucha gente un prestigio y una consideración que yo no he tenido jamás.

Es verdad que un seudónimo te otorga, al menos al principio, una libertad a la que suele tener no poco miedo quien escribe con su nombre. Puede uno pasarse una cierta cantidad de pueblos hablando de esto o de lo otro, porque, al cabo, ¿quién es ese? Ah… Pero dice mi amiga Carmen Rigalt que el verdadero valor no consiste en soltar sartenazos sino en responsabilizarte de ellos. Con tu nombre, con tu firma, que es el único patrimonio que tenemos los periodistas. Es lo que quiero a hacer aquí. No pienso ser más cauto, más melindroso o agachadizo, ni más lenguaraz, ofidio o apaleamantas que lo fue el buen Quirós o que lo es mi hermano el caballo. Pero esta vez lo voy a decir yo. Y salga el sol por Antequera.

Ah, sí, lo de los blogs. Se lo confieso a ustedes: no los puedo ni ver. De hecho, rarísima vez los veo, salvo los de esta revista, lo que escribe el inmenso Casciari y, de Pascuas a Ramos, lo que depone en su página cierto gilipollas desquiciado a quien me une una enemistad fraternal, profunda, ilimitada, marmórea. Hoy mejor no, pero sé que un día u otro caeré en la tentación de hablar aquí de él.

¿Y por qué no aguanto los blogs? Pues porque fueron muy mal inventados. Pónganse ustedes en el caso de un señor que lleva muchos años de oficio (de oficio de periodista, claro está) y que, al cabo, logra meter un pie en la sección de Opinión, que es como el Pritaneo de los griegos, o sea la gloria, la cumbre. Vamos, que le dan una columna. Y se la dan, digo yo, por lo que piensa, por cómo lo dice, por sus conocimientos, por su “gancho”… ¿Por qué otra razón se la iban a dar? A los lectores, claro está, unas veces les parecerá bien y otras mal lo que dice el columnista. Si les parece bien, por lo común no hacen nada. Y si les parece mal, tienen a su disposición la sección de “Cartas al director”, en la cual, después de identificarse con toda nitidez, y firmando con su nombre y apellidos, pueden ponerle las peras al cuarto al columnista. Así estaban inventadas las cosas.

Pero el blog consiste no sólo en que cualquiera pueda lanzar a la Red lo primero que se le pase por la cabeza, lo cual está condenadamente bien; se trata, además, de que cualquier peatón, escondido tras un nick que puede cambiar cuantas veces se le antoje, tiene la posibilidad de intervenir en la misma página que otro ha escrito, todas las veces que quiera y diciendo lo que le apetezca. Cuando comenzaron los blogs, nadie controlaba eso, nadie filtraba y leía previamente los mensajes. Se publicaban íntegros e instantáneamente.

Eso, a mi modo de ver, constituye la más clara y entusiasta invitación a la injuria que ha visto el mundo desde las hogueras de la Inquisición en la plaza pública. Y eso es lo que a mí me saca de quicio. Uno no escribe para francotiradores ocultos tras un apodo mudable. La increíble proliferación de los que Toni Martínez llama “ciberfachas” procede de ahí. Yo estoy absoluta, militante, radicalmente en contra de que la libertad de expresión se transforme en la libertad de insultar a nadie, y menos a escondidas.

Pero las cosas han ido cambiando. Ahora es posible filtrar los comentarios a los “post”. Lleva un trabajo muy pesado, pero se puede. Y es lo que va a suceder con este blog. Aquí nadie le faltará al respeto a nadie, y menos que a nadie, al blogger. En este “lado de acá” (homenaje a Julio Cortázar en Rayuela) no van a tener sitio los listos anónimos que se sientan al teclado sin saber a ciencia cierta si “imbécil” se escribe con o sin hache, pero que tienen una frase muy clara en lo alto de la testuz: “Se va a enterar este de lo que vale un peine”. No aspiro, pues, a tener tres mil comentarios diarios. La verdad es que eso me da lo mismo. Pero ustedes sólo leerán, de entre todos los que lleguen, aquellos que realmente sirvan para algo, que aporten algo a un posible debate. Ruego al “ciberfacherío rampante” que ni se moleste en intentar hacer aquí sus deposiciones. Nadie las leerá.

Dirán ustedes: “Y si no le gustan los blogs, ¿por qué hace uno?”

Las respuestas son dos. Primera: La capacidad de persuasión de mi amigo Álvaro Nieto no conoce límites (esto, naturalmente, es una broma). Y segunda, y más importante: como decía Oscar Wilde, no existe mejor medio de vencer a la tentación que caer en ella. Pues vamos allá. De cabeza.

¿De qué vamos a hablar aquí? Pues, si les digo la verdad, no lo sé… Mis querencias naturales me llevarán a la Cultura, eso seguro, pero pueden llevarnos a todos mucho más lejos. Diría ahora que hasta las lindes mismas del análisis de la jodía crisis, que es algo en lo que nadie puede competir (yo, desde luego, no puedo) ni con Álvaro, ni con Rivasés, ni desde luego con mi entrañable Jose Mari Vals. Mi pretensión principal, por no decir única, es que ustedes se entretengan leyendo, lo pasen bien, se dejen contaminar por la pasión de este caba… (perdón), de este pobre descabalgado de seudónimos, y, esto sobre todo, que piensen por sí mismos. Que, haciendo uso de la Razón, lleguen a sus propias conclusiones. Las suyas. No las mías ni las de nadie más.

Ah, dos últimas pinceladas para esta confesión. Una es que en este blog no manda nadie, absolutamente nadie, más que yo. Tengo la confianza de esta casa para escribir como yo sé hacerlo. Es lo que voy a intentar. Nada más. Nada menos.

Y por último: ya se habrán dado cuenta ustedes de que tengo tendencia a escribir largo. Sé que no es lo mejor en internet, pero es mi forma de ser. Iré aprendiendo poco a poco. Estoy convencido de que uno, por más años que viva, nunca deja de ser un aprendiz. Ser consciente de eso lo hace a uno mejor persona. Y olvidarlo, al revés: lo convierte en lo más peligroso que hay en el mundo, que es un tonto con iniciativa.

Nos veremos pronto. Pongan ustedes la paciencia. Yo podré toda la ilusión que me queda. No tengo ya otra cosa.