No. No es una gracia gratuita sobre la situación portuguesa. Nada más lejos de mi intención. Reproduzco aquí lo que dicen que dijo un mandatario brasileño cuando tuvo que dar un consejo a su pueblo sobre lo que había que hacer para sacar el país adelante. Tal y como están las cosas en estos días, la traducción a la realidad económica de Europa y de España sería “más hacer y menos hablar”. Jugarse la reelección como ha hecho en España Rodríguez Zapatero no es nada fácil para un político. Y mucho más frustrante es ver cómo una vez puestas sobre la mesa del sacrificio incluso las propias convicciones, la bolsa vuelve a pegarse el batacazo más sonado del año. La pregunta, desesperante ya para muchos políticos europeos, no solo para Zapatero, es ¿qué más quieren los mercados?
Los mercados no son entes de razón ni un conjunto de autómatas que pulsan uno cuando se anuncian recortes fiscales, pulsan dos cuando se suben impuestos, pulsan tres cuando hay acuerdo para salvar el euro, pulsan cuatro cuando Ángela Merkel se enfada, pulsan cinco cuando Obama anima a los europeos a hacer lo que él no se atreve o esperan hablar con el operador cuando desean otra consulta. No, ni mucho menos. Los mercados son un numeroso grupo de personas de todo el mundo que con un teclado, y teléfonos y ordenadores de última generación, siguen al segundo cualquier hecho o comentario que pueda hacer ganar dinero a sus clientes y llevarse por ello jugosas comisiones.
Todos los que la semana pasada habían jugado a que el tinglado económico se iba al garete se dejaron muchas plumas en la pelea cuando las bolsas batieron record de subidas tras el acuerdo de la Unión Europea de crear un fondo de rescate de 750.000 millones de euros para por si acaso, que diríamos algunos. Cuando se juega al desastre y se pierde la apuesta es como haberse equivocado en el casino. La fórmula está inventada hace mucho y permitida en las bolsas mundiales hace relativamente poco.
Sucintamente, el juego consiste en lo siguiente: quienes creen que las cosas van a ir muy mal, venden acciones de empresas muy sensibles a los cambios de tendencia, como los bancos por ejemplo, a precios más bajos de los que tienen y para su entrega en una fecha concreta que suele ser entre uno y siete días. Las acciones vendidas no se poseen físicamente, por lo que cuando llega el momento de dárselas al comprador, hay que haberlas comprado antes. Si se cumplen los pronósticos, los vendedores podrán adquirir las acciones en la bolsa a precios más bajos incluso de los pactados con los compradores y ganar la diferencia. Como se ve, es una auténtica apuesta.
Pero cuando el desastre no se produce y se han vendido muchas acciones a la baja hay que comprar una gran cantidad de títulos y hacerlo antes de que las bolsas se disparen lo suficiente como para buscar la ruina a estos especuladores. En días de euforia, como el posterior al acuerdo europeo, por mucha prisa que se den en comprar se habrán dejado un buen fajo de billetes, porque tendrán que adquirir las acciones muy por encima de los precios pactados de venta. Pero eso sí, los mercados, esos miles de personas que siguen detrás de sus pantallas de ordenador, tienen mucha memoria y suelen ser rencorosos.
¿Qué se creía Europa, que iba a irse de rositas? ¡Pues no! Nada más fácil para los mercados que recuperar el dinero perdido ganándolo de la misma forma que lo perdieron, pero al revés. Me explico: cuando casi todos los mortales pensaban que las aguas deben de ir calmándose después de que España haya anunciado su mayor plan de ajuste nunca visto, tras un esfuerzo casi similar de Portugal y el reconocimiento por parte británica de que sus presupuestos de 2011 deben ser menores en 67.000 millones de euros, parecería de locos jugar otra vez al desastre, pero esto no es tan fácil. Basta, por ejemplo, con que corra el rumor de que Alemania quiere salirse del euro o de que las agencias de calificación van a bajar la nota a la deuda francesa para desatar el nerviosismo en los mercados. No hay que olvidar que los rumores no nacen por generación espontánea a alguien o a algunos se les ocurren y a otros muchos les interesa difundirlos.
Todo esto pasó en la mañana del viernes día 14 (menos mal que no era el temido viernes 13 anglosajón), agravado además por un comentario del presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, que simplemente dijo que el dinero que el banco inyectará al sistema económico mediante la compra de deuda pública de los estados lo trataría de sacar del circuito para que no subiera la inflación por una abundancia excesiva de billetes en circulación. Trichet añadió después que una buena manera de hacerlo sería ofrecer a los bancos depósitos a plazo para que dispongan de menos dinero líquido.
Pues bien, muchos de esos infalibles gestores de los mercados interpretaron las palabras del presidente del Banco Central Europeo como un anuncio de que se iba a cortar la compra de deuda pública de Grecia, España, Italia, Francia, y casi de la alemana. ¿Puede alguien decirme qué parte de la oferta de depósitos a plazo no leyeron? Leerla la leyeron. Pero era más rentable olvidarse de ella y aumentar el nerviosismo. Esta vez sí. Esta vez habían jugado al desastre y habían ganado.
¿Qué más quieren los mercados? Visto lo visto, la pregunta sólo tiene una respuesta: ¡todo! La capacidad de especular para ganar dinero es infinita mientras las autoridades sigan hablando en lugar de ponerse firmes y lanzar un mensaje unánime de que esto se ha acabado, de que los estados han empeñado mucho dinero público (de todos los contribuyentes) en salvar a los bancos y a las bolsas y ahora que tratan de tapar los agujeros creados por el sistema financiero son los apostadores de los mercados los que vuelven a jugar con la solvencia de los estados que los salvaron.
En EEUU eso es relativamente fácil porque allí, que gusto, el presidente manda mucho. En Europa la cosa es más complicada, porque somos muchos socios y cada uno tiene sus propios intereses y sus problemas electorales. Pero mientras en la zona del euro no haya una capacidad de reacción inmediata de alguien que se sepa que manda, los mercados seguirán jugando con la moneda única como con fichas de casino. No hay nada mejor que una buena crisis para forrarse a ganar dinero si se sabe navegar en las aguas turbulentas en las que no hay autoridad reconocida que ponga orden y, sobre todo, a cada uno en su sitio.