Hay que acostumbrarse. Es difícil, pero hay que hacerlo. El Reino Unido decidió que allí se seguiría conduciendo por la izquierda cuando Napoleón instauró el carril derecho para tal fin allá por los albores del siglo XIX, y en los inicios del XXI decidió quedarse fuera del euro y mantener su moneda, la libra esterlina. Pero algunos de los gurús de su principal diario económico y financiero, el “Financial Times”, no renuncian a decir día sí y día también quién debe de estar dentro, quienes pueden salir y cómo debemos organizarnos quienes sí hemos decidido tener una moneda común.
Ayer mismo, la famosa “Lex Column” de esta biblia británica de las finanzas pedía encarecidamente a los dirigentes políticos de los países de la zona del euro que monten un mecanismo para permitir que los países que quieran abandonar la moneda única puedan hacerlo. Por supuesto, se cita como posibles candidatos sólo a cuatro: España, Grecia, Irlanda y Portugal. ¿Por qué estos sí y otros no? Según el “FT”, porque al ser los que tienen que hacer los ajustes más duros para recuperar sus niveles de competitividad dentro de la zona, podrían considerar en algún momento que tanto sufrimiento puede no valer la pena.
Lo que ocurre es que, por ejemplo, la competitividad exterior de la economía española no debe de ir tan mal cuando las exportaciones entre enero y abril de 2010 han crecido un 13,8% sobre el mismo período de 2009 y no se trata de vender raciones de calamares. Han aumentado, por ejemplo, las ventas al exterior de bienes de equipo (10%) y del sector de automoción (14%) y los bienes intermedios para la industria (19%). Tampoco debe de haber un pánico generalizado sobre la situación financiera de España cuando ha conseguido cerrar las emisiones de deuda pública de julio con una subasta de bonos en los que ha vendido los títulos con precios a la baja porque había 2,5 peticiones por cada bono puesto a la venta.
Es verdad que España, Portugal, Grecia e Irlanda tienen problemas con su déficit público, no seguramente por la cuantía total, sino por el ritmo de crecimiento. Es cierto que el euro necesita de una mayor disciplina interna de sus socios para no sufrir vaivenes innecesarios y perniciosos para todos. Pero lo que es técnica y matemáticamente irrefutable es que fuera de la moneda única lo pasaríamos mucho peor. El Reino Unido, sin ir más lejos, ha tenido que poner en marcha un plan de ajuste mayor que el español y que es el mayor de su historia. Y está fuera del euro por decisión propia.
¿Por qué entonces tanto empeño en querer organizar una zona en la que no está? Yo propongo una pregunta para el debate. ¿No será que si se inventa un mecanismo lo suficientemente flexible para poder entrar y salir de la moneda única europea los gurús británicos estarían dispuestos a pensarse si entran? Se trataría de algo así como poner en marcha la ley del divorcio como condición previa para aceptar el matrimonio, por si acaso.

Lo siento, pero es así. En el caso de los diputados, nosotros somos los jefes. Somos los que pagamos su sueldo. Es verdad que es uno de los más bajos de Europa, pero lo pagamos. Con la que está cayendo, a veces hay que tener un poco más de cuidado y, por lo menos, ir al trabajo, aunque después no se trabaje mucho.

Si hay dos debates importantes en el transcurso del año parlamentario son el de los presupuestos generales del Estado y el que ha dado en ser llamado el del estado de la nación. A mí, personalmente, hay momentos en los que ambos me aburren, y eso que me dedico a escudriñar la economía. Pero los diputados, si se aburren, tienen que calentar el asiento. Para eso les pagan.

Viene todo esto a cuento de que en la segunda sesión del debate sobre el estado de la nación de este año no ha estado el líder de la oposición, Mariano Rajoy, que ha preferido trabajar en su despacho de la sede del PP. La portavoz del grupo parlamentario ha justificado la ausencia con el argumento de que Zapatero no iba a decir nada interesante. Esteban González Pons ha ido más allá y ha asegurado que desde que el segundo día no hay votaciones Rajoy no asiste al pleno, pero este es el primero de estas características al que falta. Hay cosas para las que no merece la pena buscar escusas.

Vamos a ver si nos entendemos. Yo puedo estar de acuerdo o en desacuerdo con el presidente del Gobierno y sus medidas o su falta de medidas. Para eso tengo una urna cada cuatro años. Pero el líder de la oposición, cuyas funciónes esenciales son controlar y criticar al Gobierno, además de aspirar a ser presidente, no cobra sólo por votar o escuchar cosas que a él le parezcan interesantes. Le pagamos para que, aunque sólo sea por ganarse el sueldo, asista a su puesto de trabajo.

Hay quienes ya proponen, desde dentro incluso del partido del Gobierno, que se le devuelva Mariano Rajoy la jugada con la misma moneda. ¿Qué significa eso? ¿Que se plantea la posibilidad de que el presidente del Gobierno o los diputados socialistas abandonen el escaño cuando hable Rajoy? Sólo espero que eso no llegue a producirse, porque en el caso del Parlamento, los españoles somos los dueños de la empresa, aunque por mucha reforma laboral que haya, sólo podemos despedir a los que no cumplen cada cuatro años.

y además, no siempre, porque en España los votos caen en el saco de hombres o mujeres que han sido elegidos por los secretarios de organización de sus partidos y a veces únicamente responden ante ese partido y no ante los ciudadanos, que no pueden decidir si esas personas deben estar o no en las siguientes listas electorales.

Hablar bien de los bancos es impopular. ¿Quién no ha dado alguna vez un mitin a sus amigos, conocidos o familiares con el argumento de que es absolutamente intolerable que en una sociedad seria alguien nos cobre comisiones por guardar nuestros ahorros y ganar dinero con ellos? ¿Y quién no ha jurado alguna vez en arameo cuando piensa que la casa en la que vive no es suya, sino que en realidad es del banco, al que aún debe quince, veinte o treinta años de hipoteca?
Estos principios generales de barra de bar están bien para conversaciones más o menos acaloradas en horas de ocio o tras ver el recibo de lo que nos cobran por la tarjeta de crédito. Pero la realidad es que sin bancos el sistema económico no funciona. Lo hemos podido comprobar en la reciente crisis financiera. Cuando la banca cierra el grifo de los créditos el andamio se viene abajo y la actividad de la economía real frena en seco.
Muchos dirán que ese es, precisamente, uno de los grandes agujeros del sistema capitalista, que ha dejado en manos de la banca la llave del bienestar. Otros responderán que en los sistemas estatalistas el bienestar ni siquiera existe, porque los estados que teóricamente tienen la llave no funcionan. Pro este es un debate que excede las pretensiones de este humilde comentarista que sólo quiere abrir debates sobre las cosas que pasan en el mundo del dinero.
La realidad es que en los últimos días estamos asistiendo a una especie de ceremonia de la confusión sobre si los bancos españoles están bien o están mal. Ahí sí me mojo. ¡¡¡Están bien!!! Y además, tendremos pruebas irrefutables el próximo día 23, cuando se publiquen las fichas de las pruebas a las que han sido sometidas las instituciones financieras europeas. Pero, ¿quién gana con sembrar dudas?
En los últimos días, por ejemplo, una conocida agencia de calificación (de esas que se asemejan a lo que era el Papa de Roma en la Edad Media, cuando sus decretos no sólo eran infalibles, sino que eran ley divina y civil a la vez) decía que los grandes bancos españoles están muy bien porque su negocio no es sólo español y han aguantado bien la crisis, pero que claro, al ser españoles y estar España en un mal momento, pues oye, que ni sí ni no, sino todo lo contrario.
Paralelamente, una agencia de analistas, también de reconocido prestigio, decía que cuando se conozcan las fichas de las pruebas de solvencia va a pasar algo inaudito: la presión va a cambiar de bando y se va a centrar en la banca mediana alemana, que está peor que la española. Yo, personalmente, me creo más esta segunda versión.
Y es más, soy de los que está convencido de que en los próximos años la banca española va a pagar sus excesos en el crédito al sector del ladrillo con menores beneficios, entre otras cosas porque el Banco de España les va a obligar a sacar a la luz y limpiar con lejía algunas manchas. Pero les va a asegurar que seguirán siendo motivo de conversación entre los españoles, porque tienen una larga vida por delante en la que nos seguirán cobrando demasiado por las tarjetas y ganarán dinero con nuestros ahorros.

El diccionario de la Real Academia define la demagogia como la “degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”. ¿Les suena a ustedes de algo, amables lectores, esta definición, si la ponen en relación con la huelga del Metro de Madrid?
A mi, sí. Los sindicatos, conscientes del rechazo que genera Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, en ambientes sindicales y entre los votantes de partidos de izquierda, han utilizado la vieja táctica de poner las cosas muy mal para que después cualquier mejora suponga una mejoría. Tras dos días de caos absoluto, aguantar media hora de espera y viajar como sardinas en lata es un alivio.
Cierto es que los trabajadores de Metro tienen derecho a defender sus intereses y a considerar que su convenio colectivo es intocable. Pero las interpretaciones de la ley se arreglan en los tribunales y no paralizando una ciudad. No es menos verdad que en España no estamos acostumbrados a estas cosas que en países como Francia y Reino Unido, por poner dos ejemplos, son más habituales. Y para terminar el capítulo sindical, no deja de ser demagógico que el portavoz del comité de empresa diga públicamente que van a dar una tregua a los ciudadanos. ¡Oiga, que nosotros no somos parte en este asunto!
Pero dicho esto, hay que recordar también que la presidenta de la Comunidad de Madrid también ha aportado su granito de arena para levantar la montaña de demagogia. Dice Esperanza Aguirre que ella se limita a cumplir lo que denomina como “decreto-ley de Zapatero”, que legalmente es ya una ley aprobada por el Parlamento de la nación. Añade que los sindicatos no han hecho nada contra el decreto-ley y sí contra ella. Olvida ¿? decir, sin embargo, que el famoso decreto-ley deja fuera de su reducción de salarios a empresas públicas estatales como Adif, Renfe o Aena, precisamente porque tienen convenios colectivos propios. Y también olvida ¿? que los sindicatos convocaron una huelga en las administraciones públicas contra la bajada de  sueldo de los funcionarios.
¿Lograremos alguna vez los españoles que nuestros representantes piensen más en nosotros que en el recuento de votos? Yo no pierdo la esperanza, pero hay días en los que lo veo lejos, muy lejos.

Jugar con las tarifas de la luz es muy peligroso. Lo que no se paga ahora se pagará después y a lo mejor hay que hacerlo con recargo. No hay presidente o alto directivo de empresas eléctricas que no tenga pánico a Cristóbal Montoro, ahora portavoz económico del PP y en otros tiempos ministro de Hacienda con poderes para subiur o bajar la luz.
Montoro decidió en su día abrir una especie de cuenta corriente, denominada técnicamente déficit de tarifa, donde se apunta la diferencia entre lo que cuesta producir la electricidad y lo que cobran en realidad las empresas. El saldo a favor de las compañías se sitúa ya en el entorno de los 20.000 millones de euros, cifra que habrá que ir pagando en cómodos plazos durante los próximos 20 años.
Llama la atención, por ejemplo, que de la cantidad que figura en la última línea de nuestro recibo de la luz, sólo el 45% es para pagar lo que hemos gastado. El resto son cuotas fijas, subvenciones a renovables e impuestos. El déficit de tarifa debe desaparecer por ley en 2013 y entonces comenzará el pago a plazos de la deuda. No subir ahora la electricidad, aunque sea inoportuno porque en julio sube también el IVA, engordará más el déficit y provocará subidas más duras en el futuro.
Es verdad que retrasar las malas noticias da votos. Pero con las empresas eléctricas no se debería jugar, a no ser que deseemos un sistema más inseguro, en el que los apagones estén a la orden del día. Un amigo del sector me decía un día que, si observamos a un ciudadano que llega a su casa y se le ha cortado la línea telefónica, protestará, se enfadará e incluso reclamará daños a la compañía. Pero si al llegar se le da a la llave de la luz y no funciona, eso sí que es la perdición. Pues eso, que si queremos que todo funcione como un reloj, hay que pagarlo y no retrasar las malas noticias.

Muchos de los economistas antisistema, que también los hay, dicen en repetidas ocasiones que todos los países que se han dejado llevar a ciegas por los planes diseñados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) han sufrido algún tipo de desastre. Yo, personalmente, creo que los economistas del FMI a veces dicen muchas cosas obvias, de manual, sin mirar por debajo de las cifras. Eso que decían los antiguos contables de que “al papel hasta el culo le has de ver”.
Habiendo escuchado ayer como escuché a Felipe González hablar sobre la crisis de Europa, el ex presidente español tiene la misma opinión que el FMI. En su último informe con recomendaciones, el Fondo insta a las autoridades germanas a olvidarse por una temporada de los precios y fomentar el consumo interno para así lograr que su economía se equilibre algo más con las del resto de sus vecinos. El problema, según el Fondo, es que el crecimiento de la economía de Alemania se produce mayoritariamente por las exportaciones, mientras que el resto de socios del euro ven cómo sus economías crecen fundamentalmente por el consumo interno después de haber comprado muchas cosas a las empresas germanas.
Esto es de catálogo. Si Alemania incrementa su consumo interno crecerá más y sus vecinos también, porque podrán vender más bienes y servicios a los alemanes. Si las autoridades germanas, por el contrario, continúan en sus trece de basar su crecimiento en las exportaciones y no estimulan el consumo interior, como los vecinos no están en su mejor momento tampoco les comprarán como antes y todos irán cuesta abajo. No parece descabellado entonces darles la razón a Felipe González y al FMI. Pero es que los alemanes llevan muchos años con una política económica muy especial.
Tras la reunificación de las dos alemanias, allá por finales de los ochenta, el nuevo país inició un proceso de ajuste para equilibrar las economías de ambas partes (la occidental y la oriental), que  según algunos estudios de la época estaban a años luz, puesto que la renta real de Alemania Occidental era entre tres y cinco veces superior a  la de la Alemania ex comunista. Una de las cosas que ha caracterizado este proceso de ajuste ha sido la congelación en la práctica de los salarios en la parte occidental de Alemania durante décadas. Gracias a ello los orientales se les han acercado, igual que también se han acercado a la alemana las rentas de españoles, portugueses y griegos.
Una situación como esa sólo puede mantenerse en el tiempo con una inflación cercana al cero, porque sólo si los precios no suben los salarios congelados conservan el poder adquisitivo real. De ahí que las autoridades económicas alemanas hayan mostrado siempre un rigor obsesivo en el control de la inflación. Ahora han vuelto a hacerlo. Probablemente a Alemania no le hace falta un plan de recorte de gastos de 80.000 millones de euros como el que ha aprobado su Gobierno, pero si deja que su economía se convierta en el motor del consumo europeo, su inflación puede subir y sus sindicatos pueden armar un lío contra la congelación de salarios. Esto también es de catálogo.
¿Debe pensar más Alemania en Europa que en sí misma y no ahogar la incipiente recuperación del continente? Desde fuera es fácil decir que sí. Desde Alemania se ve de forma contraria. Y no nos olvidemos que ese espejismo de que con el euro todos nos hemos vuelto tan ricos como los alemanes tiene dos vertientes: en Alemania son un poco más pobres y fuera hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Ahora toca sufrir un poco o, lo que es lo mismo, quizás Alemania tiene parte de razón cuando se enfada.

Durante los últimos años se ha hablado permanentemente de los sindicatos como la "cuarta vicepresidencia" del Gobierno, encarnada por un Cándido Méndez que aunque últimamente no se prodiga mucho, ha hecho numerosas visitas a La Moncloa a picar algo con el presidente Zapatero. El idilio entre ZP y los líderes sindicales se ha roto de golpe y ahora la gran pregunta es si eso es bueno o malo.

En teoría, los sindicatos deben ser en las sociedades industriales modernas una especie de contrapoder al protagonismo del capital en las relaciones sociales. Allí donde la fuerza del dinero intente imponer malas artes en el mercado de trabajo es donde deben de estar los representantes sindicales para recordar que los trabajadores no son números en una nómina sino personas que trabajan para vivir sin vivir necesariamente para trabajar.

Así las cosas, cuando unas fuerzas sindicales están demasiado cerca del poder político, mala cosa. Pueden cometer olvidos tan sonados como los que han tenido aquó con los más de cuatro millones de parados, que no han merecido ni huelgas ni movilizaciones ni amenazas al Gobierno. Quizás esa falta de memoria sea lo que haya provocado que con la que está cayendo las manifestaciones del pasado 1 de mayo contaban casi con más curiosos y cámaras de televisión que manifestantes.

Que los sindicatos defiendan a los trabajadores y su poder adquisitivo es, en principio, bueno. Pero en España adolecen desde hace décadas de representarse a veces a ellos mismos. Las organizaciones sindicales españolas se han convertido en una especie de instituciones mastodónticas que sólo se mueven cuando ven que el poder de sus cúpulas peligra, como es el caso de ahora.

Que haya huelgas y manifestaciones en democracia es normal, o debería serlo. ¿Se le ocurriría a alguien reclamar el fin de la República Francesa o la dimisión en bloque de su Gobierno cada vez que hay una huelga general en Francia, muy dada a este tipo de movilizaciones? Pues claro que no. ¿Por qué aquí es distinto? Precisamente porque aquí los sindicatos dejan ese cartucho, en general, para defender intereses que, bajo la apariencia de apoyar a los trabajadores, apoya en gran medida a sus estructuras de poder.

En un país con 17 gobiernoa autonómicos y más de 8.000 municipios no parece muy acorde con la descentralización que las cúpulas de los sindicatos y de la CEOE redacten acuerdos de obligado cumplimiento para todos, estén como estén las empresas y en cualquier circunstancia de la marcha de la economía nacional o local. Después de esta crisis financiera ya nada será igual ni en Europa ni en España. Incluso las relaciones de las autonomías con el Estado central han comenzado a ser motivo de debate. Quizás los sindicatos también deberían cambiar y pegarse más al suelo, a la fábrica, al centro de trabajo y a las oficinas del paro. ¿No creen ustedes? Igual así subía la afiliación y los trabajadores se "apuntan al sindicato" para algo más que entrar en un comité de empresa o tener un abogado en caso de juicio laboral. 

No. No es una gracia gratuita sobre la situación portuguesa. Nada más lejos de mi intención. Reproduzco aquí lo que dicen que dijo un mandatario brasileño cuando tuvo que dar un consejo a su pueblo sobre lo que había que hacer para sacar el país adelante. Tal y como están las cosas en estos días, la traducción a la realidad económica de Europa y de España sería “más hacer y menos hablar”. Jugarse la reelección como ha hecho en España Rodríguez Zapatero no es nada fácil para un político. Y mucho más frustrante es ver cómo una vez puestas sobre la mesa del sacrificio incluso las propias convicciones, la bolsa vuelve a pegarse el batacazo más sonado del año. La pregunta, desesperante ya para muchos políticos europeos, no solo para Zapatero, es ¿qué más quieren los mercados?

Los mercados no son entes de razón ni un conjunto de autómatas que pulsan uno cuando se anuncian recortes fiscales, pulsan dos cuando se suben impuestos, pulsan tres cuando hay acuerdo para salvar el euro, pulsan cuatro cuando Ángela Merkel se enfada, pulsan cinco cuando Obama anima a los europeos a hacer lo que él no se atreve o esperan hablar con el operador cuando desean otra consulta. No, ni mucho menos. Los mercados son un numeroso grupo de personas de todo el mundo que con un teclado, y  teléfonos y ordenadores de última generación, siguen al segundo cualquier hecho o comentario que pueda hacer ganar dinero a sus clientes y llevarse por ello jugosas comisiones.

Todos los que la semana pasada habían jugado a que el tinglado económico se iba al garete se dejaron muchas plumas en la pelea cuando las bolsas batieron record de subidas tras el acuerdo de la Unión Europea de crear un fondo de rescate de 750.000 millones de euros para por si acaso, que diríamos algunos. Cuando se juega al desastre y se pierde la apuesta es como haberse equivocado en el casino. La fórmula está inventada hace mucho y permitida en las bolsas mundiales hace relativamente poco.

 Sucintamente, el juego consiste en lo siguiente: quienes creen que las cosas van a ir muy mal, venden acciones de empresas muy sensibles a los cambios de tendencia, como los bancos por ejemplo, a precios más bajos de los que tienen y para su entrega en una fecha concreta que suele ser entre uno y siete días. Las acciones vendidas no se poseen físicamente, por lo que cuando llega el momento de dárselas al comprador, hay que haberlas comprado antes. Si se cumplen los pronósticos, los vendedores podrán adquirir las acciones en la bolsa a precios más bajos incluso de los pactados con los compradores y ganar la diferencia. Como se ve, es una auténtica apuesta.

Pero cuando el desastre no se produce y se han vendido muchas acciones a la baja hay que comprar una gran cantidad de títulos y hacerlo antes de que las bolsas se disparen lo suficiente como para buscar la ruina a estos especuladores. En días de euforia, como el posterior al acuerdo europeo, por mucha prisa que se den en comprar se habrán dejado un buen fajo de billetes, porque tendrán que adquirir las acciones muy por encima de los precios pactados de venta. Pero eso sí, los mercados, esos miles de personas que siguen detrás de sus pantallas de ordenador, tienen mucha memoria y suelen ser rencorosos.

¿Qué se creía Europa, que iba a irse de rositas? ¡Pues no! Nada más fácil para los mercados que recuperar el dinero perdido ganándolo de la misma forma que lo perdieron, pero al revés. Me explico: cuando casi todos los mortales pensaban que las aguas deben de ir calmándose después de que España haya anunciado su mayor plan de ajuste nunca visto, tras un esfuerzo casi similar de Portugal y el reconocimiento por parte británica de que sus presupuestos de 2011 deben ser menores en 67.000 millones de euros, parecería de locos jugar otra vez al desastre, pero esto no es tan fácil. Basta, por ejemplo, con que corra el rumor de que Alemania quiere salirse del euro o de que las agencias de calificación van a bajar la nota a la deuda francesa para desatar el nerviosismo en los mercados. No hay que olvidar que los rumores no nacen por generación espontánea a alguien o a algunos se les ocurren y a otros muchos les interesa difundirlos.

Todo esto pasó en la mañana del viernes día 14 (menos mal que no era el temido viernes 13 anglosajón), agravado además por un comentario del presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, que simplemente dijo que el dinero que el banco inyectará al sistema económico mediante la compra de deuda pública de los estados lo trataría de sacar del circuito para que no subiera la inflación por una abundancia excesiva de billetes en circulación. Trichet añadió después que una buena manera de hacerlo sería ofrecer a los bancos depósitos a plazo para que dispongan de menos dinero líquido.

Pues bien, muchos de esos infalibles gestores de los mercados interpretaron las palabras del presidente del Banco Central Europeo como un anuncio de que se iba a cortar la compra de deuda pública de Grecia, España, Italia, Francia, y casi de la alemana. ¿Puede alguien decirme qué parte de la oferta de depósitos a plazo no leyeron? Leerla la leyeron. Pero era más rentable olvidarse de ella y aumentar el nerviosismo. Esta vez sí. Esta vez habían jugado al desastre y habían ganado.

¿Qué más quieren los mercados? Visto lo visto, la pregunta sólo tiene una respuesta: ¡todo! La capacidad de especular para ganar dinero es infinita mientras las autoridades sigan hablando en lugar de ponerse firmes y lanzar un mensaje unánime de que esto se ha acabado, de que los estados han empeñado mucho dinero público (de todos los contribuyentes) en salvar a los bancos y a las bolsas y ahora que tratan de tapar los agujeros creados por el sistema financiero son los apostadores de los mercados los que vuelven a jugar con la solvencia de los estados que los salvaron.

En EEUU eso es relativamente fácil porque allí, que gusto, el presidente manda mucho. En Europa la cosa es más complicada, porque somos muchos socios y cada uno tiene sus propios intereses y sus problemas electorales. Pero mientras en la zona del euro no haya una capacidad de reacción inmediata de alguien que se sepa que manda, los mercados seguirán jugando con la moneda única como con fichas de casino. No hay nada mejor que una buena crisis para forrarse a ganar dinero si se sabe navegar en las aguas turbulentas en las que no hay autoridad reconocida que ponga orden y, sobre todo, a cada uno en su sitio.

Es realmente cansino. Ni tenía sentido que la bolsa se desplomara la semana pasada ni lo tiene el estirón frenético de hoy. De entre gurús y analistas de todos los rincones del mundo han salido razones de lo más variopinto para explicar la situación. Quizás la que más se ajuste a la realidad es que quienes la semana pasada apostaban al “principio del caos” este lunes, con la previsión (o deseo) de que los mandatarios de la zona euro no fueran capaces de parar la sangría de los mercados, tenían miles de millones de acciones vendidas a la baja pero sin comprar (lo que se llama posiciones cortas). Cuando han visto que la cosa podía empeorar (para ellos) y mucho, porque los mercados iban a subir, no han tenido más remedio que comprar a toda prisa antes de que la subida fuera a más y sus pérdidas se multiplicaran. Una avalancha de órdenes de compra siempre hace subir las bolsas porque a la espera se encuentra otro grupo de inversores (especuladores) que juegan a las subidas (lo que se llama posiciones largas) y las cosas se compensan entre unos y otros, que en algunos casos son hasta los mismos. Los que fueron presa del pánico la semana pasada, seguramente pequeños inversores en su mayoría, se habrán dejado las pestañas sin haber podido resarcir sus pérdidas con la subida de hoy.
Dicho esto, llama también la atención la postura de los agoreros que no soportan las buenas noticias, aunque como se explicaba antes no son buenas para todos. Cuando la pasada semana cundía el pánico y la bolsa iba de desplome en desplome la razón estaba clara: la economía española es un desastre y los mercados lo saben. Ahora, cuando las tornas cambian, quizás es que las bolsas no reflejan del todo la realidad de la economía y todo se debe a un juego de apuestas. Esto último, en mi modesta opinión, es absolutamente cierto. Las bolsas tienen vida propia al margen de la economía real. Pero no se puede cambiar de idea según soplen los vientos porque se enseña el plumero.
Quienes venimos manteniendo que la economía española tiene, gracias a los dioses, también su propia vida al margen de los vaivenes y la parálisis del Gobierno, y alejada también del catastrofismo de la oposición, no nos asustamos de que las bolsas suban o bajen, de forma más o menos previsible, eso es verdad, pero sin buscar explicaciones profundas o dejar la economía mundial al albur de que un bróker estadounidense se equivoque de tecla en una transacción de acciones y eso hunda el Dow Jones durante un ratito y haga correr el pánico. Yo, personalmente, n me lo creo y es más, pienso que es una tomadura de pelo querernos hacer creer que esa tecla movió durante unos minutos los cimientos del capitalismo.
Ni la economía española era la semana pasada la antesala de una ruina colectiva, seguramente gracias a los dioses que no del Gobierno ni de la oposición, ni después del acuerdo para sostener el euro España ha entrado en el nirvana  económico. Queda mucho por hacer. A las burbujas inmobiliaria y la financiera les quedan facturas por cobrar y algunas son dolorosas. Las inyecciones de dinero estatal en la economía (como los famosos 400 euros de los que nadie se acuerda y han supuesto casi un punto del PIB en déficit) se van a pagar ahora con planes de austeridad. Pero no están los tiempos para períodos de estabilización. Desde esta humilde tribuna invito a unos y a otros a que busquen soluciones imaginativas (a mí se me ocurren unas cuantas) para no parar el país a la vez que se recorta el gasto público. Y no me refiero a dejar de pagar el paro o a bajar las pensiones, sino a implicar a la banca y a las empresas en la financiación del futuro de España.

El batacazo de las bolsas de todo el mundo es ciertamente desolador. Tras el cierre de los mercados europeos, una mirada a las cotizaciones de los grandes bancos era hoy, 6 de mayo, como un parte de guerra. Todos se habían dejado una parte importante del plumaje y muchos de ellos sin saber muy bien por qué.

Permitanmé que les dé mi teoría. Los fondos de inversión y de pensiones de todo el mundo no perdonan a la banca que les haya puesto en situación delicada con la crisis financiera y parece que ha llegado la hora de la venganza. Los bancos van a pagar caro ahora lo que no pagaron antes gracias al apoyo de los gobiernos.

En mi modesta opinión, sólo así se explica que hayan caído igual los bancos alemanes que los españoles, cuando se supone que el riesgo de contagio de la crisis griega afecta a los españoles pero no a los germanos. Y ¿qué decir de los americanos? Bueno, los analistas se han apresurado a decir que sus caídas se deben a la exposición a la deuda griega. Vaya, que después de las hipotecas subprime, ahora resulta que la banca americana va a tener un problema de gran calibre por haber comprado deuda pública griega. ¡Poco creíble! Alcatel o las grandes constructoras españolas o francesas no han comprado deuda griega y también se han dejado plumas.

El problema, y también es mi opinión, es que muchos intentan buscar expliaciones lógicas y de largo o profundo alcance económico a lo que ocurre en las bolsas. Esta mañana, por ejemplo, el problema era la posibilidad de contagio en España. Cuando la cosa se extendió por Europa fue que el Banco Central Europeo no hacía caso al rumor (¿extendido por quién?) de que los tipos de interés iban a bajar más. Y como eso tampoco encajaba con la vuelta atrás del Ibex español, la explicación cambiaba: la culpa era otra vez de España, a la que el FMI pide que ajuste sus cuentas más deprisa.

Pero claro, la bolsa de Nueva York también cae, y más que las europeas: urge buscar una explicación. Como Grecia últimamente vale para todo, pues ala, será que los bancos americanos tienen mucha deuda griega. Pero eso tampoco sirve y los analistas lo saben. El índice estadounidense se recuperó en buena parte del batacazo y a esperar nuevos moviemientos y preparar nuevas hipótesis.

Ahora sólo quisiera que alguien me explicara cómo es posible que en mitad de todo esto ninguna autoridad competente proponga poner en su sitio a quienes están jugando a ganar mucho con el desastre. Solo un ejemplo. Anteayer, día 4, se movieron más de cien operaciones de compa-venta de acciones del Banco Santander que habían sido vendidas a crédito, es decir, sin tenerlas físicamente en el momento de firmar el contrato, pero a precios de 9,17 euros por título, pactados días antes, cuando las acciones se pagaban a 10,50 euros. Quien hubiera prometido esa venta tenía que comprar títulos por debajo del los 9,17 pactados para poder ganar. Esto es lo que se llama posiciones cortas o bajistas. ¿Seguro que no tienen que ver? Yo, personalmente, no me lo creo, sobre todo cuando me asomo a las cifras oficiales de la bolsa y veo cómo estos compradores y vendedores a crédito tienen firmados contratos en ese mismo banco que afectan a nada menos que 1.600 millones de acciones.

Menos mal que llega el fin de semana.

 

Ayer oí en una emisora de radio que a nuestro planeta Tierra le quedan sólo mil millones de años para calentarse tanto que haga imposible la vida humana en su superficie. Eso me llevó a pensar en que únicamente nos quedan 250 millones de elecciones generales antes de achicharrarnos. ¡Tampoco son tantas! Lo peor es que entre una y otra tenemos que sufir cada año las negociaciones de los presupuestos del Estado. Y eso si que aburre. Por muchas cosas que se digan entre sí los poíticos, la verdad es que en Esta España de hoy, con sus 17 comunidades autónomas, la capacidad del Gobierno es más bien escasa. Dicho esto, sólo me queda añadir que, efectivamente, no entiendo por qué siempre se habla de la ley más importante del año cuando realmente poco se puede hacer con ella en la mano.

Veamos cómo se  encajan los números. El Producto Interior Bruto (PIB) de España, que es el conjunto de la riqueza que se crea cada año en nuestro país, se sitúa más o menos en un billón (con b) de euros anuales. Los presupuestos del Estado prevén un gasto de unos 160.000 millones. Es decir, un 16% del total. Pero a esa cantidad hay que restarle muchas partidas. De ahí tienen que salir los gastos generados por obras de infraestructuras que se deciedieron en años anteriores como el AVE o las nuevas autovías. También hay que pagar a los parados. Los funcionarios y el resto del personal que trabaja para la Administración central también cobran del mismo saco. Las pensiones de los funcionarios jubilados, idem de idem. Los intereses de la deuda pública salen igualmente de Hacienda y, por fin, las comunidades autónomas también se reparten como la mitad del pastel para financiar las competencias transferidas (fundamentalmente Sanidad y Educación).

Una vez restado todo esto, al Gobierno central le quedan por administrar 50.000 millones de euros con los que se pueden tomar decisiones políticas. Una subida de pensiones por aquí, más infraestructuras por allá, más o menos gastos de defensa, más o menos policías en plantilla, apoyos decididos o no a programas de investigación, subvenciones a otros organismos y muy poco más. Es verdad que de cómo se gasten esos millones se puede deducir la ideología del Gobierno de turno, pero tampoco del todo, porque sin mayorías absolutas en el Parlamento hay que hacer componendas y pactos que a veces cambian las cosas. ¿Es esa la ley más importante del año? No sé que opinan ustedes, pero a mí no me lo parece.  

¿Es España un país con alto riesgo de quebrar y dejar de pagar la deuda pública a quienes hayan comprado letras del Tesoro? A estas alturas del campeonato no lo parece. España es un país solvente que paga sus deudas. Pero hay una cosa que algunos analistas utilizan para meter el miedo en el cuerpo de los inversores que se llama prima de riesgo (Credit Ddefault Swap en inglés) y que no es otra cosa que el precio que cobran los seguros por garantizar el cobro de la deuda de un Estado en caso de que éste no pudiera hacer frente al pago. ¿Es lógico que alquien piense realmente en serio que si uno compra un bono del Reino Unido tenga que pagar un 0,463% de seguro por si el Estado británico no paga? Pues ocurre. En España esa cifra está en el 0,686% y en Irlanda en el 1,244%, según datos de la consultora internacional Bloomberg.

La cifra de España es ahora ligeramente más alta que las de Italia y Austria y no faltan analistas que echan manos de datos de las famosas agencias de calificación (las que corean a los cuatro vientos los riesgos de las inversiones y a veces se les pasan por alto algunos pufos tan importantes como los de Lheman Brothers o Madoff). Las causas que apuntan estos superexpertos es que la diferencia entre lo que los Estados de Irlanda y España gastan y lo que ingresan va a ser muy grande el próximo año. Vaya, que el déficit público va a ser mayor y ese desequilibrio es un riesgo.

Se olvidan, sin embargo, quienes de esto hablan con tanta seguridad, que la deuda pública española acumulada, incluso sumando la que emitirá el Estado en 2010, apenas sobrepasará el 60% de la riqueza nacional de un año. Italia y Austria, con seguros más baratos, tienen unas deudas que superan con creces el cien por cien de la riqueza nacional anual. Y esto, ¿qué quiere decir exactamente? Pues que España puede pedir dinero a los inversores porque aún tiene margen para hacerlo. Italia y Austria ya no pueden aumentar mucho la cantidad que deben con lo que sus emisiones de deuda serán más contadas.

En fin, que como Irlanda y España van a pedir más dinero en 2010 (`porque pueden, insisto, sin saltarse de forma clara y notoria las recomendaciones de la Unión Europea), pues por qué no buscar una escusa para subirles el seguro de riesgo y fijarse sólo en el déficit del año próximo sin echar mano de lo que deben en total. Es como si alguien que debe un millón de euros y pide un crédito de 6.000 tuviera menos riesgo que quien debe 600.000 y pide 6.500 euros. Absurdo ¿no? Sí pero es un buen negocio para muchos, porque estos niveles de riesgo publicados por las agencias sirven para que los inversores logren que los Estados suban lo que pagan por su deuda pública. 

Halagar los oídos a los más próximos o a los más partidarios ha sido una tentación histórica que los políticos usan una y otra vez para ganarse aplausos y mantener votos fieles. Pero la estrategia no siempre es rentable ni buena para la sociedad a la que dicen representar quienes tales cosas realizan sin pudor alguno. Dos ejemplos distantes y muy distintos ilustrarán la cuestión. El primero se registra en España y tiene que ver con la Caja de Castilla-La Mancha (CCM). El segundo en Portugal, donde la campaña electoral ha puesto a España como protagonista.

En el caso número uno, el de la caja de ahorros castellano-manchega, la dirigente popular María Dolores de Cospedal, jefa a su vez del PP de Castilla-La Mancha, va y dice que la posible fusión de la caja con la Bibo Bizcaia Kutxa (más conocida como BBK) sería considerada como una moneda de cambio del Gobierno para lograr que el PNV le apoye en los Presupuestos del Estado. No dudo de que alguien querrá oir esas cosas, porque últimamente está de moda ser anti-algo, da lo mismo. Pero la lógica económica puede que diga otras cosas. Si esa fusión es la mejor a juicio de los técnicos que ahora tienen que gestionar la caja tras su intervención por el Banco de España, ¿qué impide que se lleve a cabo? La alusión pública de De Cospedal siembra la sospecha y eso sí enrarece un proceso en el que deben primar dos cosas: la supervivencia de la entidad y el interés de los clientes de la entidad, amén del de los trabajadores. Si empezamos así, las fusiones de cajas de ahorros serán imposibles porque todo el mundo verá fantasmas detrás cuando donde hay que buscar de verdad a los fantasmas y debajo de las alfombras es en las filas de los consejeros y directivos que han puesto a algunas entidades al borde del abismo.

El caso número dos es el de las elecciones portuguesas. Los dos principales candidatos, el actual primer ministro José Sócrates (socialista) y su oponente socialdemócrata Manuela Ferreira Leite iniciaron la campaña absolutamente igualados e incluso con ligeras ventajas para Ferreira en algunas encuestas. Ostentar el poder en una crisis quema mucho. Pero a esta última se le ocurrió la brillante idea de intentar halagar a los "nacionalistas" portugueses. Para ello utilizó al AVE Madrid-Lisboa, del que dijo que era una obra inventada por los españoles (los malos) para llevarse más fondos de la Unión Europea. Tampoco hay duda de que algunos habitantes del país vecino querrán oir cosas como esa. Hay periódicos todavía que critican a los ayuntamientos que dan la bienvenida a los turistas españoles. Pero cada vez más portugueses han entendido que una buena red de infraestructuras de transporte que les una con España les ayudará también a salir a Europa sin tener que dar la vuelta a la península ibérica en barco. Tras la afirmación, las encuestas se dieron la vuelta. Se volvió a la igualdad con ligera ventaja de Sócrates. Vaya, como antes de la crisis económica. Yo he vivido en Portugal y no me imagino a nadie que aborrezca de hacer el trayecto entre Lisboa y Madrid en menos de tres horas de tren. Cada vez más los portugueses nos han aceptado como vecinos y no como enemigos que les condenan a ser un país aislado del continente.

P.D. Perdón por el vacío de renovaciones de las últimas semanas. Ya no habrá más. Lo prometo.

 

Parece que últimamente el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha aficionado a meterse en laberintos de los que es difícil salir salir sin dejarse algunas plumas en las alambradas. La continuidad o no de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos) es uno de ellos. ZP promete cerrarla, también promete cumplir el programa electoral, una parte importante de su partido está en contra de un cierre por las bravas y ahora el PP de Castilla y León ha encontrado un motivo para hacer campaña en la región.

¿Tan difícil es decir abiertamente que el programa socialista de 2008 prevé el cierre de las centrales cuando acaben su vida útil? Eso quiere decir que si los técnicos del Consejo de Seguridad Nuclear han dicho que la central no ha agotado esa vida útil, que puede alargarse diez años más sin problemas con unas "pequeñas" inversiones de 50 millones de euros que ya tenían previstas sus propietarios (Iberdrola y Endesa), no hay contradicción alguna entre cumplir la recomendación del Consejo y el programa electoral.

¿Es todo esto un guiño por si acaso se pone fea la negociación de los presupuestos en octubre y hay que echar mano de promesas más duras para lograr los votos de Izquierda Unida y los Verdes? Si eso fuera así y al final se cerrara Garoña por una cuestión de negociación política de votos en el Congreso también sería un incumplimiento del programa electoral, puesto que se habría practicado una especie de eutanasia a una central que puede durar diez años más según los informes realizados por 250 ingenieros e inspectores que han trabajado a pie de obra en la instalación burgalesa hasta mayo.

Un argumento presuntamente técnico para sostener la opinión del cierre de Garoña es que sólo aporta el 1,4% de la energía producida anualmente en España. Pero aquí el porcentaje no es lo importante. La energía nuclear en su conjunto no llega al 20% del total de la producida por el sistema eléctrico español. Pero tiene una ventaja. Funciona siempre y mantiene lo que se llama la energía de base. Es decir, la que es necesaria para que el país funcione de día y de noche sin mayores problemas. Después, cuando vienen los picos de consumo en los días fríos de invierno o con los aires acondicionados de verano, entran en funcionamiento el restop de las fuentes disponibles: las centrales de gas fundamentalmente.

A estas alturas del campeonato no parece que enzarzarse en esta nueva pelea vaya a solucionar ninguno de los problemas reales que tienen muchos españoles y sólo sirve para que todos volvamos a asistir a una pelea estéril entre los dos grandes partidos políticosw españoles. Cada uno tendrá su opinión. Unos estarán a favor y oltros en contra de la energía nuclear, pero esta guerra, en este momento, no tiene mucho sentido. Mantener encendido permanentemente el 1,4% de la energía total producida en España custa más caro con cualquier otro medio que con Garoña. Esperemos, pues, y tomemos las decisiones con calma, porque al final podemos acabar pagándolo todos en el recibo de la luz.

El gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, se ha convertido últimamente en el azote del Gobierno. El último latigazo se lo ha dado con una frase laipdaria: "El margen de gasto público para luchar contra la crisis se ha acabado". Menos mal que a continuación ha añadido: "Esa es mi opinión". Vamos, que si se hace caso al gobernador, a partir de ahora el Gobierno tiene que dedicarse a administrar el dinero del que dispone, que es menos del previsto porque recauda menos impuestos, y así hasta donde llegue. Después, sencillamente se acabó.

Se puede entender que la autoridad monetaria tenga siempre en mente los problemas económicos futuros y piense que si el Estado gasta sin control nuestros hijos pagarán los intereses. Pero España no puede ser el único país occidental que se quede sin hacer nada. Además, el nivel de deuda pública española con respecto a la riqueza nacional es de los más bajos de Europa. Muy por debajo del que tienen países como Francia, Italia o la mismísima Alemania. Vaya, que aún hay margen.

Además, olvida el gobernador que mucha de la deuda púbica que soportan los países europeos está representada por bonos que han sido emitidos en momentos de tipos de interés altos. El nuevo endeudamiento español, a pesar de lo que vaticinaban algunos agoreros, se está vendiendo bien. La primera subasta de letras del Tesoro con el Gobierno remodelado ha logrado más de 4.000 millones de euros al 1,270% de interés, que es el más bajo de la historia de España. Eso quiere decir, sencillamente, que hay muchos inversores dispuestos a confiar en el Estado español como buen pagador y, además, sólo le exigen un interés de 1,27 euros por cada cien que invierten.

Y aún hay más. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, con una sonrisa de complicidad que suele mostrar muy pocas veces, ha dejado caer que pronto habrá un fondo de salvamento para bancos y cajas que puedan tener dificultades. Si se ha acabado el margen de gasto público para luchar contra la crisis, ¿que pinta un fondo nuevo para inyectar dinero a los bancos o cajas que quieran reconvertirse y fusionarse con otros? Si el dinero del fondo no viene de los propios bancos y cajas, la postura de Fernández Ordóñez es una contradicción en sus términos. En este comentario me faltaba añadir, igual que el gobernador del Banco de España, que "es mi opinión".

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